Columnistas Jalisco

Nombrar la ausencia

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Hay preguntas que no deberían permanecer años sin respuesta. ¿Se encuentra aún con vida? Si es así, ¿dónde y cómo está? En México, miles de familias conviven diariamente con esas preguntas que se instalan en su vida cotidiana y reorganizan sus decisiones, tiempos y expectativas. Esto es así porque la desaparición de un familiar no sólo se lleva a una persona. También introduce una espera prolongada que no encuentra cierre.

Con el paso del tiempo la ausencia se vuelve rutina. Hay días de búsqueda, días de trámites y días de silencio. Hay aniversarios que no se celebran y fechas que no se pueden cerrar. La vida sigue, se dice, pero lo hace de una manera extraña, como si el tiempo hubiera quedado suspendido en un punto que nadie logra atravesar. No es una pausa total, sino un avance irregular, marcado por el desgaste y la incertidumbre.

Estamos acostumbrados a pensar la desaparición como una tragedia humanitaria o como un fracaso del Estado. Y lo es. Pero también es algo más difícil de nombrar: un problema de sentido. Es decir, el problema de qué hacer cuando alguien no puede ser ubicado ni entre los vivos ni entre los muertos o cuando las categorías para nombrar dejan de funcionar.

Las sociedades necesitan clasificar. Necesitan decir aquí termina una historia, aquí comienza otra. Así, por ejemplo, la muerte, por dolorosa que sea, permite dar cierre. Hay un cuerpo, un ritual, una despedida. Sin embargo, la desaparición niega esto. No hay cuerpo, no hay certeza, no hay final. La persona desaparecida queda atrapada en una zona que no encaja en ninguna categoría conocida. Ingresa en ese umbral que el sociólogo Gabriel Gatti llama estado liminal.

Por eso la desaparición le incomoda tanto al Estado. Porque no puede ser archivada sin ejercer violencia simbólica: violencia hacia las familias, hacia la comunidad, hacia la misma persona desaparecida. La desaparición incomoda porque obliga a convivir con una pregunta abierta. Frente a esa incomodidad, aparecen las salidas falsas como declarar la muerte sin pruebas, reducir el caso a una cifra o insinuar culpas para justificar el olvido. Son intentos de cerrar lo que no se puede cerrar.

Sin embargo, la persona desaparecida no se borra. Al contrario, su nombre regresa una y otra vez en una denuncia, en una ficha, en una lona sostenida en una marcha o en una fotografía gastada por la intemperie. La persona no está, pero su ausencia insiste. Se repite. Y en esa repetición se vuelve reconocible.

Se llega así a una paradoja: el desaparecido existe socialmente no por su presencia, sino porque su ausencia no se resigna al silencio. Cada búsqueda reactiva su identidad. No como certeza, sino como pregunta. No como respuesta, sino como herida abierta. Una herida que no pertenece sólo a las familias, sino que se inscribe en el espacio público y nos interpela.

Esa es la razón profunda del conflicto entre las familias y las instituciones. El Estado necesita cerrar casos para poder continuar. Necesita fichas, dictámenes, actas. Las familias no pueden hacerlo mientras no haya verdad. Entre ambas posiciones se abre un vacío estructural: una zona gris donde el expediente no termina de cerrarse y el duelo no puede comenzar. Ese vacío no se resuelve con procedimientos administrativos; más bien se prolonga como fuente permanente de tensión social.

En ese contexto, las madres buscadoras hacen algo más que buscar restos. Se niegan a aceptar un cierre sin verdad y con su insistencia obligan a la sociedad a mirar lo que preferiría olvidar. Las madres (hermanas, esposas, hijas) no sólo piden justicia, sino que al mismo tiempo sostienen una pregunta abierta y mantienen viva una ausencia que el sistema intenta normalizar. En ese gesto, interrumpen la rutina institucional y desplazan los límites de lo que puede darse por concluido.

El sociólogo alemán Niklas Luhmann sostenía que las sociedades sólo pueden funcionar cuando logran nombrar y registrar a las personas en categorías definidas. La desaparición rompe esa posibilidad. Produce una figura difícil de manejar. Alguien con nombre, historia y vínculos, pero sin un lugar claro en los registros, los expedientes o las decisiones institucionales.

Tal vez por eso la desaparición no termina nunca. No porque falten memoriales o discursos, sino porque no hay palabras suficientes para nombrar la ausencia. Mientas no podamos responder quién es alguien cuando no está, la desaparición seguirá siendo una grieta profunda en la forma en que entendemos la vida, la muerte y el sentido. Y mientras esa pregunta permanezca abierta, ninguna respuesta institucional será suficiente.

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