Columnistas Jalisco

Universidad Panamericana

El Retorno de los Alquimistas: Volatilidad, desorden monetario y el fetiche de los metales

Resulta fascinante, por no decir inquietante, observar cómo la modernidad financiera, con sus algoritmos de alta frecuencia y su fe ciega en la digitalización, termina arrodillada ante el mismo fetiche que desvelaba a los faraones: un metal amarillo, inerte y, en términos estrictamente industriales, de una utilidad más bien discreta.

En las últimas semanas, el oro y la plata no solo han recuperado su brillo, sino que han desatado una coreografía de volatilidad que ha dejado a los analistas financieros buscando adjetivos en el diccionario de la psiquiatría.

Para entender el presente, hay que recordar la soberbia del pasado. No hace mucho, los bancos centrales decidieron que el oro era una “reliquia bárbara”. Durante la década de los 90 y principios de los 2000, instituciones como el Banco de Inglaterra vendieron sus reservas a precios que hoy calificaríamos de “liquidación”. ¿El argumento? La volatilidad. El oro no paga dividendos, decían; su precio oscila demasiado para un balance serio, insistían.

Oro y plata

Sin embargo, esa misma volatilidad que ayer era excusa para el desprecio, hoy es el síntoma de una enfermedad mayor: la erosión de la confianza en el papel moneda. Los bancos centrales han vuelto a comprar oro no porque el metal haya cambiado su naturaleza química, sino porque ellos han destruido la naturaleza fiduciaria del dólar. La volatilidad del oro no es más que el espejo que refleja el temblor de las manos que imprimen billetes.

Y si la economía es una ciencia de expectativas, la política de Donald Trump es un ejercicio de pirotecnia. Dos factores han catapultado la demanda de metales preciosos hacia niveles de histeria colectiva: el ataque frontal a la independencia de la Reserva Federal (Fed) y el desmantelamiento del libre comercio.

El asalto retórico, y administrativo, contra Jerome Powell ha sembrado una duda que hace dos décadas era impensable: ¿Es el dólar una moneda gestionada por criterios técnicos o un juguete de la política electoral? Cuando el mercado sospecha que las tasas de interés se deciden en un mitin y no en una junta de gobierno, el capital huye hacia lo que no se puede imprimir. El oro ha subido porque la credibilidad de la Fed ha bajado.

Por otro lado, los ataques al libre comercio y la imposición de aranceles como arma de negociación han fragmentado el mundo en bloques. En una economía globalizada, el dólar era el lubricante; en una economía de trincheras, el oro es el único lenguaje que todos los bandos aceptan.

La plata, por su parte, ha seguido al oro con su habitual entusiasmo maniacodepresivo. Si el oro es el refugio del miedo, la plata es el refugio de la ansiedad industrial. La volatilidad reciente en su precio refleja la contradicción de un metal que quiere ser activo de reserva pero que sigue encadenado a una cadena de suministros global que el proteccionismo de Trump amenaza con romper.

Tal vez estamos asistiendo al funeral de la estabilidad de la posguerra. Los bancos centrales que hoy acumulan oro a precios de récord no lo hacen por estrategia, sino por pánico. Han comprendido que, en el circo romano de la política estadounidense actual, la independencia bancaria es una ilusión y el libre comercio una nostalgia.

La volatilidad de los metales preciosos no es un error del mercado; es la señal más clara de que el sistema monetario internacional está buscando un ancla en medio de una tormenta de vanidades políticas. Al final, parece que los “alquimistas” modernos no lograron convertir el papel en valor eterno; solo lograron que el oro, en toda su volatilidad, sea lo único que parezca real.

*Mtro. Luis Alberto Güémez Ortiz / Universidad Panamericana (UP)

Tendencias