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Detrimento en el espíritu emprendedor en México: una tragedia silenciosa para el tejido económico

Es una realidad ineludible y profundamente lamentable que el ecosistema empresarial mexicano atraviesa por un periodo de contracción y desánimo. Al analizar la demografía corporativa de nuestro país en la coyuntura actual, nos enfrentamos a un fenómeno que no solo es estadísticamente preocupante, sino estructuralmente dañino: la población de empresarios en México es cada vez menor. Este declive, que erosiona de manera silenciosa pero constante el tejido productivo de la nación, nos obliga a plantearnos interrogantes fundamentales sobre el futuro económico y la vocación de nuestras nuevas generaciones.

Para abordar este tema con la rigurosidad académica que exige, es imperativo desmenuzar las implicaciones macroeconómicas, el papel de las instituciones educativas y los cambios socioculturales en torno a la figura del empresario.

Acerca de que, si es esta contracción beneficiosa para la economía la respuesta, desde cualquier escuela de pensamiento económico, es un rotundo y categórico no. La disminución en la tasa de creación de nuevas empresas y el cierre de las ya existentes representa una herida directa al motor de la economía nacional.

Las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs) constituyen la columna vertebral de la generación de empleo en México, aportando más del 70% de los puestos de trabajo formales y una proporción vital del Producto Interno Bruto (PIB). Cuando la población de empresarios se reduce, las consecuencias son inmediatas y sistémicas.

El hecho de que cada vez haya menos empresas formales se traduce en una menor recaudación fiscal, lo que limita la capacidad del Estado para proveer bienes y servicios públicos.

Por otro lado, ante la falta de empleadores formales, la fuerza laboral se ve empujada hacia la economía informal, un sector caracterizado por la baja productividad y la ausencia de seguridad social.

El empresario es, por definición, un agente de cambio que introduce nuevos procesos, productos y eficiencias. Sin esta figura, la economía se vuelve estática y pierde competitividad a nivel global.

Por lo tanto, celebrar o ignorar la disminución de la clase empresarial es un error de diagnóstico gravísimo; es observar cómo se seca el pozo del cual bebe el desarrollo nacional.

Otra interrogante nos lleva a las aulas universitarias. Históricamente, las universidades han sido las incubadoras naturales del talento empresarial. Sin embargo, hoy observamos una preocupante desconexión. ¿Ya no están surgiendo emprendedores de las universidades?

El problema no radica en una falta de talento o de capacidad intelectual de nuestros jóvenes, sino en un cambio en las expectativas y en la percepción del riesgo. Las aulas siguen produciendo mentes brillantes, pero el ecosistema que las recibe fuera del campus es profundamente hostil. Hoy en día, el recién egresado realiza un análisis de costo-beneficio donde la ecuación del emprendimiento en México resulta deficitaria.

Nos enfrentamos a un entorno caracterizado por una sobrerregulación asfixiante, una burocracia punitiva en lugar de facilitadora, y una carga fiscal que castiga al que produce en la formalidad.

Finalmente, debemos abordar la dimensión sociocultural de esta tragedia. ¿Ya no quieren los jóvenes ser exitosos empresarios? El deseo de éxito y de independencia financiera sigue existiendo, pero la figura del “empresario tradicional” ha perdido su atractivo y, tristemente, su respeto en ciertos sectores de la sociedad.

En los últimos años, hemos sido testigos de una narrativa pública que, en muchas ocasiones, estigmatiza la generación de riqueza y confunde al empresario legítimo con el rentista o el mercantilista de compadrazgos. Si a un joven se le enseña, directa o indirectamente, que ser empresario es sinónimo de explotación o que el éxito financiero es moralmente cuestionable, es natural que su vocación se apague.

Aún más grave es el impacto de la inseguridad y la falta de Estado de Derecho. En vastas regiones del país, el empresario exitoso no es visto como un líder a emular, sino como un blanco para la extorsión o el crimen organizado. El éxito empresarial, que debería ser motivo de orgullo público, se ha convertido en algo que debe ocultarse por motivos de supervivencia.

La disminución de la población empresarial en México es, en efecto, un tema profundamente triste. Un país sin empresarios es un país sin proyecto de futuro. No podemos aspirar a superar nuestros retos históricos de pobreza y desigualdad si castigamos, burocrática y socialmente, a quienes tienen la audacia de invertir su capital, asumir riesgos y generar empleo.

Revertir esta tendencia no es tarea exclusiva de las universidades, sino un imperativo de política pública y un esfuerzo cultural. Requerimos urgentemente reconstruir la certidumbre jurídica, simplificar el marco regulatorio y, sobre todo, reivindicar la figura del empresario como el verdadero motor del progreso económico y social de México.

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