Lo sucedido recientemente en la UNAM no es ninguna coincidencia, al contrario, pareciera que alejarse de las humanidades y lo social es una demanda impuesta por el sistema que nos moldea como mexicanos.
Hace poco ocurrió algo similar en la Universidad de Guadalajara. Las plazas para estudiar letras no se habían llenado, la gente, inmediatamente, colocó la mirada en la licenciatura relativamente nueva de Escritura Creativa, porque, claro, nadie quiere ser lector, pero todos quieren ser escritores, ¿no?
Antes de Escritura Creativa estuve en la carrera de derecho, porque ser abogada es un “orgullo”, porque todas las familias necesitan a alguien en el mundo de las leyes, porque me iba a sentir una mujer independiente y fuerte.
En el examen de admisión preguntaban a qué carrera iba cada quién. Una mujer al frente soltó: ¿Y quiénes van para derecho? Un 80% de las manos en ese salón se alzaron. Suspiré, pensando en la cantidad de competencia que había, no sólo para estudiar la carrera, sino para ejercerla. “Pero ¿qué más da? Si la tirada es poner un despacho” repetí en mí mente una idea que estaba lejos de ser mía.
Logré ingresar. Mi madre se sentó juntó a mí en la madrugada, buscó los resultados. Estábamos nerviosas. ¿Y si no? ¿Y si tanto estudio no servía para nada? ¿Y si les fallaba? Sí entré, junto a otros cientos de aspirantes.
El salón estaba atiborrado, éramos alrededor de 50 personas. En cada espacio había un futuro abogado. Empecé a sentir que sobraba que, por más que mi ropa fuera formal, yo no encajaba en ese mundo. Que no me interesaba pasar la constitución mexicana a mano. Que la frase de un profesor de “Este mundo es de los vivos, de los que saben avanzar” no me supo a nada.
El sueño de la abogacía duró dos años en mi cabeza, y tres semanas en la realidad. Hablé con mis padres. “No pienso seguir, voy a estudiar escritura creativa” ¿Existe acaso una mayor decepción para un padre que su hija pase de abogada a escritora? Quizá no.
En el examen de admisión nadie iba a escritura creativa, nadie conocía la carrera, yo iba para la segunda generación. El puntaje era alto, similar al de derecho, pero a nadie parecía importarle. Esa noche mi madre no me acompañó a ver los resultados, lo hice sola. Sí quedé. Lo comuniqué al día siguiente.
Mis padres me dedicaron un amago de sonrisa. “Pues ahora a ver de qué vas a trabajar” Y esa fue la sentencia que marcaría toda mi licenciatura. Las clases iban desde cuento, literatura mexicana, novela, poesía, ensayo, entre otros, y, regularmente, yo alzaba la mano en busca de un camino (aunque fuese sinuoso) pero que pudiera seguir. “¿En qué podemos trabajar?” cuestionaba a las y los profesores. Estos apretaban los labios.
“Pues, en distintas cosas: investigación, maestros, todo lo relacionado a la comunicación” Yo, por mi parte, fruncía el ceño como si se tratase de una criatura despreciable que buscaba, a toda costa, una respuesta tajante que dijera “Vivir de tus escritos, claro” Pero nadie lo creía. Es decir, ¿quién entra a escritura creativa pensando que puede vivir de escribir? Bueno, pues yo.
El tiempo avanzó, a nadie parecía importarle realmente qué harían tras salir de la carrera. “Quizá ponga un lugar de uñas” señaló una compañera cuando yo, desesperada e irritada como de costumbre, pregunté sus planes; otra, se encogió de hombros mientras aseguraba que con sus padres siempre tendría un lugar.
Los semestres se diluían mientras yo pasaba noches en vela pensando, siempre pensando, en qué iba a hacer. ¿Cómo le iba a demostrar a mi padre que no me había equivocado? ¿Que podía dedicarme a la escritura? Concursos, pensé. Tenía que ganar concursos.
Los concursos, las becas, los estímulos literarios son aliados de algunos escritores, pero, al parecer, no los míos. Gané algunos, pero jamás bastó para convencer a mis padres de que mi carrera bastaba, que había un futuro.
Los últimos semestres me ausenté de las clases en busca de un trabajo. Encontré en el periodismo lo que no encontré en la escritura por años: un aliado confiable. Una profesión. La escritura, por supuesto, es una profesión, pero pareciera que se construye sobre otras bases y que no se sostiene por sí sola.
El periodismo entonces, sostiene esa escritura.
Al día de hoy ninguno de mis compañeros de licenciatura, un total de cuarenta y pocos, no se dedican a la escritura como profesión, porque es una carrera que se estudia “por gusto”. No podría estar menos en desacuerdo. La licenciatura de escritura creativa, como todas las demás, está para ejercerse, para llevar la pasión a la rutina y que se convierta en un sustento económico. Es difícil, sí, pero no imposible.
Entonces, volviendo al por qué quedan muchas vacantes, porque, como dijo alguna vez el escritor Hiram Ruvalcaba, la escritura es una carrera de resistencia, y no todos quieren ni están dispuestos a ello.