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Entre la apatía fiscal y el rigor de los mercados

La economía mexicana se encuentra en un punto de inflexión crítico. La pregunta sobre si México perderá el grado de inversión en este 2026 ha dejado de ser un ejercicio puramente académico para convertirse en la principal preocupación de los comités de inversión y las mesas de análisis financiero.

Para responder con rigor: la pérdida del grado de inversión no es una fatalidad inminente e inevitable en el horizonte inmediato de 2026, pero el margen de error se ha reducido a un milímetro. Conservar la nota crediticia soberana es una probabilidad complicada pero real, aunque dependerá de decisiones fiscales e institucionales urgentes que el Estado mexicano ya no puede postergar.

El elemento central de la vulnerabilidad macroeconómica actual reside en el frente fiscal. El cierre proyectado del déficit público en un 4.1% del Producto Interno Bruto (PIB) para 2026 confirma que los intentos de consolidación fiscal posteriores al ciclo político-económico 2024-2025 han resultado insuficientes y faltos de profundidad estructural.

Las agencias calificadoras (Fitch, Moody’s y S&P) no evalúan intenciones políticas, sino trayectorias financieras: un déficit del 4.1% en un entorno de crecimiento económico moderado manifiesta debilidades estructurales como la rigidez del gasto corriente debido al crecimiento inercial de las pensiones no contributivas, el costo financiero de la deuda pública y los programas sociales que han blindado el presupuesto contra reducciones efectivas.

Por otra parte, PEMEX continúa representando una grave contingencia financiera. La asunción constante de sus vencimientos de deuda por parte de la Secretaría de Hacienda distorsiona el balance público. Habrá que considerar también que la deuda pública bruta se mantiene bordeando el 50-53% del PIB, un nivel que, si bien sigue por debajo del de otras economías emergentes, muestra una tendencia ascendente insostenible a mediano plazo sin una reforma hacendaria profunda.

Es claro que a la fragilidad fiscal se suma un entorno exterior volátil ya que el establecimiento de revisiones o evaluaciones anuales para el T-MEC ha alterado de manera sustancial la sensación de certidumbre que históricamente blindó a la economía mexicana. El atractivo fundamental de México para el “nearshoring” no dependía únicamente de la cercanía geográfica con Estados Unidos, sino de la certidumbre jurídica a largo plazo que otorgaba un tratado comercial con reglas estables durante periodos prolongados.

Las agencias calificadoras incorporan en sus modelos la solidez institucional. La combinación de incertidumbre en el acceso al mercado norteamericano y reformas internas que alteran la certidumbre jurídica eleva la prima de riesgo soberano, reduciendo el diferencial crediticio que mantenía a México holgadamente en el escalón de “grado de inversión”.

Conservar este grado de inversión en 2026 no requerirá sentidos discursos ni una retórica de austeridad, sino hechos financieros y económicos contundentes antes del cierre del segundo semestre del año y deberá incluir (entre otros): un plan de consolidación fiscal de mediano plazo fidedigno. Una reestructuración operativa y financiera de Pemex para detener las transferencias directas y reabrir esquemas de asociación público/privada en exploración y producción para aliviar la carga de las finanzas públicas. Finalmente alcanzar la institucionalización de la certidumbre en el T-MEC al lograr convertir los procesos de revisión anual en ventanas de certidumbre operativa mediante el cumplimiento estricto de los capítulos laborales, ambientales y de energía.

Pudiéramos considerar entonces que la pérdida del grado de inversión en México durante 2026 no es un destino inevitable, pero sí un riesgo latente de altísima probabilidad si prevalece la inercia actual.

El déficit estimado del 4.1% del PIB demuestra que el margen fiscal se ha agotado, y la revisión continua del T-MEC exige un mucho mayor pragmatismo económico. Mantener la nota soberana en territorio de grado de inversión dependerá exclusivamente de la capacidad política para asumir costos en el corto plazo a cambio de preservar la estabilidad financiera del país a largo plazo. Los mercados, en 2026, ya no nos otorgan más periodos de gracia.

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