
La ola patriótica que levantó el presidente ruso Vladimir Putin tras ordenar la invasión de Ucrania, el 24 de febrero de 2022, se ha vuelto en su contra y se estrella contra los muros del Kremlin, tras estancarse el frente de batalla, mientras los nuevos drones ucranianos llegan cada vez más lejos en la vasta Rusia.
Tras más de cuatro años de guerra -cuando los jerarcas militares rusos prometieron a Putin que la toma de Kiev era “cuestión de pocos días”, una vez ordenada la invasión- el creciente malestar de los rusos ante una guerra que se estancó en el frente oriental y que empieza a sentirse con fuerza en la economía logró filtrarse y esquivar la censura en las redes, con críticas que empezaron a navegar sin filtros en internet en el último año.
Consciente del peligro de que se le escape de las manos el discurso bélico y la opinión pública se vuelva en su contra, Putin ha optado por hacer lo que mejor le sale: frenar en seco una potencial rebelión popular con más represión y la construcción de lo que denuncian sus detractores en el exilio, una nueva “cortina de hierro”, solo que esta no es física, con muros y alambradas, sino cibernética.
El acceso a las aplicaciones de mensajería global se ha restringido y a menudo se producen interrupciones generalizadas, incluso cortes totales, del servicio de internet.
En el lenguaje del régimen autoritario ruso, los eufemismos son otra herramienta más para tener a la población desinformada y para ocultar la realidad. De igual manera que la guerra de Ucrania no se llama así oficialmente, sino “operación especial” para acabar con el “gobierno neonazi” de Volodimir Zelenski, la censura en internet se denomina “trabajo operativo para prevenir ataques terroristas”.
Otra justificación poco creíble fue la lanzada por el Ministerio de Defensa, que emitió un comunicado en febrero asegurando que los cortes de internet en la telefonía celular desorientan a los drones de ataque ucranianos, aunque sus ataques han continuado incluso en zonas donde se ha cortado internet.
Pero no se puede engañar todo el tiempo y la paciencia se agota, sobre todo cuando se cuela la noticia en las redes de que una de las pocas empresas exitosas desde hace tres años en Rusia son, además de la armamentística, la funeraria.
“Internet patriota”
Las autoridades rusas acusan a las empresas de mensajería internacionales de ignorar las leyes nacionales de protección de datos. La gota que colmó el vaso fue la cancelación de WhatsApp, bloqueado en abril de este año. Pero la censura comenzó desde el comienzo de la guerra.
Facebook fue prohibido en Rusia el 4 de marzo de 2022, apenas unos días después del inicio de la invasión a Ucrania. El regulador ruso de comunicaciones, Roskomnadzor, bloqueó el acceso alegando “discriminación contra medios rusos” y posteriormente el gobierno declaró a Meta (la empresa matriz de Facebook e Instagram) como organización “extremista”.
La red social X (antes Twitter) comenzó a ser restringida en Rusia también en 2022. Roskomnadzor limitó su acceso porque la plataforma se negó a eliminar contenidos que el gobierno consideraba “ilegales” o “propaganda falsa”. Desde entonces, el acceso a X ha sido intermitente y controlado, con bloqueos parciales y ralentización del tráfico.
Luego siguió el turno a Snapchat (bloqueado), Youtube y TikTok, ambas con acceso limitado y contenido censurado.
Pero no solo las plataformas extranjeras han sufrido censura y bloqueo. Todas las webs mínimamente críticas o acusadas de difundir propaganda antipatriota están bloqueadas, así como los portales de noticias, entre ellos Novaya Gazeta, uno de los periódicos más prestigiosos e independientes, Eco de Moscú, emisora de radio histórica, cerrada en marzo de 2022 tras ser acusada de difundir “información falsa” sobre la invasión, y Meduza, portal que tuvo que exiliarse a Letonia, tras ser declarado “agente extranjero”.
El caso Telegram
La plataforma de mensajería más popular en Rusia pasó de ser el medio de propaganda favorito de Putin a ordenar su bloqueo en 2018 en el momento en que surgieron críticas por su autoritarismo. Pero los millones de usuarios lograron la manera de sortear la censura recurriendo a una red privada virtual (VPN en inglés). Ante el fracaso, el Kremlin levantó la prohibición de la plataforma del polémico Pavel Durov, conocido como el “Zuckerberg ruso”, pero en 2026 está nuevamente bajo ataque, con multas y restricciones, aunque sigue siendo muy usado en Rusia gracias a su popularidad y a las herramientas para evadir la censura.
El siguiente objetivo del Kremlin es bloquear directamente las VPN, mucho más difícil, ya que los proveedores de este servicio son plataformas con sus matrices fuera de Rusia. Esto puede cambiar a favor del gobierno gracias a una nueva tecnología llamada Inspección profunda de paquetes (DPI): tecnología que analiza el tráfico de internet y detecta patrones típicos de VPN para interrumpir la conexión.
Además, ordenó recientemente a los proveedores de internet que identifiquen y bloqueen direcciones IP y servidores asociados a VPN.
En paralelo, como parte de la iniciativa para lograr una “internet soberana”, el gobierno está promoviendo una aplicación de mensajería rusa respaldada por el Estado llamada MAX; de momento con escaso éxito.
Sin embargo, los rusos están tan adaptados a la era digital y a internet que las restricciones y el bloqueo cibernético les resultan chocantes.
“Tiene menos que ver con la libertad de expresión y más con la costumbre”, señaló a la BBC la activista Yulia Grekova. “La gente se ha acostumbrado a pagar y pedir taxis con el móvil. Se pasan el día en el autobús chateando con sus amigos. Son muy pocas las personas que no usan internet móvil para trabajar, acceder a servicios públicos y mantenerse en contacto con la familia. Por eso hay tanta indignación. A todos nos afecta”, agregó.
Nueva ola de represión
En las últimas semanas, las fuerzas del orden han llevado a cabo una nueva oleada de detenciones y redadas políticas de alto perfil.
El martes pasado, funcionarios del Comité de Investigación de Rusia allanaron las oficinas de Eksmo, una de las editoriales más grandes del país, y detuvieron a varios empleados, tras una investigación penal iniciada hace un año sobre lo que las autoridades alegan que es un caso de “propaganda LGBTQ”.
Mientras continúa el ataque contra la prensa, las autoridades también están reviviendo viejos símbolos de represión política.
La Academia del FSB ruso, donde Putin se formó como agente de la KGB, fue rebautizada en honor a Féliks Dzerzhinski, el temido fundador de la policía secreta soviética. El derribo de la estatua de Dzerzhinski frente a la sede de la KGB en 1991 fue uno de los actos simbólicos que marcaron el fin de la Unión Soviética.
No muy lejos de la sede de la exKGB, la estación del metro Taganskaya reinauguró en mayo de 2025 la estatua de Stalin, tras haber sido retirada en 1966 durante la campaña de desestalinización, mientras desaparecen poco a poco las estatuas de Lenin en todo el país.
El mensaje de Putin está claro: el nuevo zar ruso, que aspira a reconstruir el imperio cueste lo que cueste -fuentes independientes estiman en 200 mil muertos en cuatro años de guerra en Ucrania- no busca implantar el modelo autoritario del fundador de la URSS, sino el totalitario de su sanguinario sucesor.