
El crucero MV Hondius no iba a ser el típico viaje de turistas haciéndose fotos de sí mismos en las atracciones del barco y en los diferentes puertos. Era un crucero de ornitólogos haciendo fotos a aves en diferentes puntos del hemisferio sur, muy difíciles de ver en otras latitudes.
A siete kilómetros del centro de Ushuaia , está el basurero que recibe los residuos de la ciudad argentina más austral del mundo. El último lugar que pisaría cualquier turista es, sin embargo, un punto de peregrinación de amantes y observadores de aves de todo el mundo.
Como paparazzis a la caza de una celebridad, Leo Schilperoord y su esposa Mirjam Schilperoord-Huisman se acercaron al basurero para tomar fotos a la estrella de las aves carroñeras que allí se acercan y que rara vez se observa: el matamico blanco, llamado así por su cuello blanco y reconocible por su franja de plumas naranjas en la cabeza. Antes de abordar el barco, realizaron un extenso viaje por carretera por el sur de Chile y Argentina, que comenzó el 27 de noviembre de 2025 .
El 1 de abril, el matrimonio de ornitólogos neerlandeses embarcó en el MV Hondius junto a otros 150 turistas, casi todos ellos ornitólogos de 23 nacionalidades. Allí los esperaban 63 miembros de tripulación, entre ellos el capitán Jan Dobrogowski, de nacionalidad polaca.
La ruta de 46 días incluía escalas en la Antártida, las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur, Tristán de Acuña, Santa Elena y Cabo Verde antes de llegar a las islas Canarias.
El pasajero oculto

El pequeño crucero de lujo de la empresa neerlandesa Oceanwide Expeditions zarpó desde el extremo sur de Argentina para cruzar el Atlántico Sur. A bordo iban casi 150 personas de 23 nacionalidades. Lo que nadie podía sospechar en ese momento es que Leo (y probablemente su esposa Mirjam) habían subido al barco con el hantavirus.
Aunque se desconoce aún cómo pudo contagiarse y exactamente en qué lugar, el basurero de Ushuaia es el escenario más probable, no solo porque pasaron horas caminando por el lugar, sino porque no solo lo visitan las aves carroñeras , sino también los roedores, entre ellos el ratón colilargo, común en el sur de Argentina y con una peculiaridad: es portador del hantavirus (llamado así porque fue descubierto por primera vez cerca del río Hantan, en Corea del Sur).
En el sur de Argentina se desarrolló la variante conocida como Andes (o Andes Sur), la más peligrosa de todas por ser la única que puede transmitirse de humano a humano.
La motosierra de Milei
Otro factor que pudo desencadenar el brote letal de hantavirus fue la decisión del gobierno de Javier Milei de recortar drásticamente el presupuesto para el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), cuya consecuencia, denunciada por los investigadores argentinos, fue la reducción al mínimo de las brigadas zoosanitarias, encargadas de vigilar y controlar las colonias de animales reservorios de virus, como los ratones colilargos.
¿Cómo pudo producirse el contagio?
A falta de que concluya la investigación epidemiológica, la hipótesis más factible es que el contagio se produjo mediante la inhalación de partículas virales que flotan en el aire.
Un roedor portador (que no desarrolla la enfermedad) elimina el virus a través de orina, heces o saliva. Cuando estos desechos se secan, el virus permanece viable en el ambiente durante varios días en estado de hibernación, esperando a que alguna perturbación (una pisada, el viento…) forme una nube de micropartículas en el aire. Si un humano en ese momento respira el aire contaminado, las partículas virales ingresan por la nariz o la boca y llegan a los alvéolos pulmonares.
Aunque normalmente todos los virus tienen un periodo de incubación máximo de 42 días (de ahí el período de cuarentena para vigilar si una persona es portadora), en el hantavirus los primeros síntomas pueden aparecer a los 28 días.
El 6 de abril, cinco días después de que zarpara el crucero de Ushuaia, Leo comenzó a presentar fiebre, dolor de cabeza, dolor estomacal y diarrea. Los primeros síntomas son parecidos a una gripe o gastritis por intoxicación alimentaria, pero en el caso del hantavirus los síntomas se agravan en un intervalo muy corto de tiempo, degenerando en el llamado Síndrome Cardiopulmonar por Hantavirus.
El “paciente cero” murió el 11 de abril por dificultad respiratoria incompatible con la vida.
La negligencia del capitán
A pesar de que no se podía saber entonces que el fallecido murió por hantavirus, el hecho de que fuese por insuficiencia respiratoria aguda y repentina, y con el trauma aún presente de la pandemia de COVID (que mató a más de siete millones de personas por enfermedad respiratoria), era suficiente señal para dar la voz de alarma, ordenar el confinamiento en camarotes y poner rumbo a un puerto con conexión aérea internacional.
El capitán hizo lo contrario. Lanzó un mensaje tranquilizador de que no había riesgo al señalar que la muerte fue por “causas naturales” y “no infecciosa”. Esto hizo que los pasajeros y la tripulación bajaran la guardia por completo: los pasajeros continuaron comiendo codo con codo en el comedor y asistiendo a eventos y en grupo sin cubrebocas, mientras el cuerpo del neerlandés de 69 años permanecía en un camarote a la espera de ser repatriado.
La sensación de falta absoluta de riesgo llegó al punto de que muchos pasajeros abrazaron a la viuda de Leo para darle el pésame, y el barco atracó en la isla de Tristán de Acuña, a medio camino entre Buenos Aires y Ciudad del Cabo. El crucero permaneció fondeado del 13 al 16 de abril, y allí desembarcó un ciudadano británico residente. Otras cinco personas —tres argentinos y dos chilenos— subieron al barco sin ser informados de que en el interior había un fallecido en extrañas circunstancias.
Colapso y muerte de la “paciente uno”
Poco antes de que el crucero llegara a la isla de Santa Elena, a 2700 kilómetros al norte de Tristán de Acuña (ambos territorios británicos de ultramar), Mirjam, la viuda de Leo, empezó con problemas gastrointestinales, y para el 24 de abril, cuando llegaron a puerto, los síntomas se agravaron tan rápidamente que ese mismo día fue llevada de urgencia en un avión a Johannesburgo (Sudáfrica). En la misma terminal aérea colapsó y murió en un hospital el 26 de abril.
Esta segunda muerte encendió todas las alarmas internacionales y se ordenó el confinamiento del crucero: ninguna persona podía pisar tierra firme. Solo se permitió el desembarco del “paciente cero” para su repatriación.
Mientras tanto, del cuerpo de su esposa, convertida en la “paciente uno”, se extrajo materia viral de sus pulmones colapsados. El 2 de mayo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio la voz de alarma al mundo: el virus que la mató fue el hantavirus. Probablemente, ella fue contagiada por su marido y desarrolló más tarde la enfermedad mortal.
Ese mismo 2 de mayo, nada más declarar la OMS el brote de hantavirus, murió una pasajera alemana a bordo del barco. En el trayecto de Santa Elena a la isla Ascensión, un pasajero británico tuvo que ser evacuado y trasladado a una unidad de cuidados intensivos en Johannesburgo. Sus resultados de laboratorio dieron positivo por hantavirus, dijo Foster Mohale, portavoz del Departamento Nacional de Salud de Sudáfrica. El estado de la persona “estaba mejorando”, dijo la OMS el martes (fecha sin especificar, se asume que es el 5 de mayo).
No es COVID, pero…
El 4 de mayo, tras completarse la secuenciación genética, se confirmó el peor de los temores: la variante de hantavirus es la Andes Sur, la más peligrosa y la que se transmite de humano a humano.
Tras la alarma internacional, la OMS tuvo que enviar un mensaje asegurando que no nos enfrentamos a una epidemia (una región afectada) y mucho menos a una pandemia (infección global), sino a un brote localizado (un crucero). Además, recordó que el virus SARS-CoV-2 que aterrorizó al mundo se propaga fácilmente por vía aérea, mientras que el hantavirus Andes requiere un contacto muy cercano.
En consecuencia, la OMS considera el brote “grave, pero contenido”. Sin embargo, la vigilancia debe ser extrema y el rastreo obligatorio de todas las personas que han estado en contacto con los contagiados.
El caso más relevante fue el de una azafata neerlandesa del vuelo que trasladó a la “paciente uno” a Johannesburgo y que presentó síntomas leves. Tras ser enviada a un hospital de Ámsterdam, dio negativo en la prueba de hantavirus. Otras dos españolas que viajaban en el vuelo de KLM están bajo observación en un hospital de Barcelona, sin que hayan presentado síntomas.
Seis pasajeros contagiados
El 6 de mayo, con el crucero fondeado frente a Praia, en Cabo Verde, dos miembros de la tripulación con síntomas fueron trasladados de urgencia a Ámsterdam: el médico del barco (neerlandés) y el guía de la expedición (británico).
Un suizo que desembarcó del crucero antes de que se declarara la alerta presentó fiebre y malestar después de llegar a Suiza, por lo que fue ingresado en el Hospital Universitario de Zúrich.
La evolución de estos tres contagiados fue de estable a buena, al igual que la del pasajero que fue trasladado a Estados Unidos, mientras que el de peor condición era el británico ingresado en Johannesburgo.
El sexto caso se presentó ese mismo domingo en el avión medicalizado que trasladó de Tenerife a París a los cinco pasajeros franceses. Uno de ellos comenzó a presentar los síntomas iniciales del Síndrome Cardiopulmonar por Hantavirus: fiebre y malestar general.
Fin de la odisea
Tras convertirse en noticia mundial a su pesar, el MV Hondius atracó en un puerto de la isla de Tenerife, una de las siete islas Canarias, luego de que el gobierno de Pedro Sánchez autorizara la evacuación y repatriación de 94 pasajeros, entre ellos 14 españoles, y para el lunes está previsto que lo haga el resto, hasta evacuar a los 147 pasajeros y tripulantes.
Ahora comienza el periodo de 42 días de cuarentena, como solicitó el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien siguió la delicada operación de aislamiento y repatriación desde Tenerife junto a las autoridades sanitarias españolas.
Concluye así la odisea del barco de lujo que prometía un paraíso paisajístico y ornitológico y acabó convertido en una pesadilla biológica. Sin embargo, tendrán que pasar entre cinco y seis semanas para ver si el mundo puede bajar la alerta sanitaria y no aparece ningún caso más.
Por último, las circunstancias deberían obligar a gobiernos ultraliberales como el de Milei a invertir menos en viajes presidenciales (38 viajes internacionales con récord de 17 a Estados Unidos) y más en ciencia y en control epidemiológico, sobre todo a sabiendas de que el hantavirus Andes es endémico en el sur del país.