
Somalilandia (reconocido por un solo país)
Suena a parque de atracciones de Somalia, pero a los somalíes no les hace ninguna gracia, ya que el autoproclamado país se quedó con un tercio del territorio del país que da forma al llamado Cuerno de África.
El 18 de mayo de 1991, el antiguo protectorado británico de Somalia del Norte proclamó unilateralmente su independencia de Somalia (el antiguo protectorado italiano, en el sur) y pasó a llamarse Somalilandia. La justificación fue el miedo a que el conflicto civil desatado por los señores de la guerra, tras la caída del dictador Mohamed Siad Barre, se extendiera al norte, más estable y sin una economía tan desastrosa, pese a que el “tirano de Mogadiscio” se ensañó particularmente con los clanes del norte.
Pese a que en al menos un caso la ONU sí reconoció la autodeterminación de un territorio oprimido por el poder central —la excolonia portuguesa de Timor Leste fue invadida por Indonesia, pero acabó siendo reconocida en 2002 por todo el mundo, empezando por los propios indonesios—, la comunidad internacional no reconoce la independencia de Somalilandia, por respeto al “principio de intangibilidad” —o en latín uti possidetis iuris: “derecho a poseer lo poseído”—, que forma parte central de los estatutos de la Unión Africana y establece que las fronteras de un Estado recién independizado deben ser exactamente las mismas que las fronteras administrativas que existían antes de su independencia (en el caso africano, las que trazaron las potencias coloniales).
Todo cambió el pasado 26 de diciembre de 2025, cuando Israel se convirtió en el primer país miembro de la ONU en reconocer oficialmente a Somalilandia como un Estado soberano e independiente, pese a las duras críticas de la Unión Africana.
En términos geopolíticos y económicos se trató de una jugada maestra de Benjamín Netanyahu. Por un lado, sumó un aliado con un puerto estratégico para el control de la salida del mar Rojo al océano Índico y para vigilar muy de cerca a su enemigo declarado, los hutíes de Yemen, quienes desde sus bases en la costa norte del golfo de Adén llegaron a lanzar misiles al Estado judío y a secuestrar barcos de bandera israelí, en solidaridad con sus hermanos chiitas iraníes. Por otra parte, suma un nuevo país musulmán que establece relaciones diplomáticas y se une al club donde ya están Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos (todos árabes) y Turquía, Azerbaiyán y Albania (no árabes).
En junio de este año, Somalilandia inauguró en Jerusalén su primera y única embajada en el mundo, la primera, además, de un país árabe, para satisfacción de Netanyahu y su estrategia de dividir a los musulmanes.
Transnistria (reconocido por ningún país)

Si Somalilandia suena a parque de atracciones, Transnistria es lo más parecido a un parque de atracciones, pero soviético.
El 2 de septiembre de 1990, la estrecha región de la República Soviética de Moldavia situada al este del río Dniéster y de habla rusa se declaró entidad soberana dependiente de Moscú, pero independiente de Chisinau, la capital moldava de habla y cultura idéntica a la de la también comunista Rumanía.
Tras la desintegración de la URSS, el 26 de diciembre de 1991, las tensiones acumuladas entre la nueva República de Moldavia y los separatistas estallaron en la Guerra de Transnistria en marzo de 1992.
Pero la nueva Federación Rusa jugó sucio y empezó a pasar armas a los separatistas prorrusos “por debajo de la mesa”. En el territorio de Transnistria estaba estacionado el 14.º Ejército de Guardias Soviético (que tras la caída de la URSS pasó a control de Rusia) y se unió a los rebeldes con artillería pesada. El conflicto armado terminó el 21 de julio de 1992 con la firma de un acuerdo de alto el fuego en Moscú. Fue en este momento cuando se estableció la zona desmilitarizada protegida por fuerzas de paz rusas, consolidando la separación física real y definitiva de Moldavia que se mantiene hasta hoy.
Pese al descarado intervencionismo ruso, ni siquiera el presidente Vladimir Putin tiene interés en convertir a Transnistria —del tamaño de Tlaxcala y apenas 380 mil habitantes, encajonada entre Moldavia y Ucrania y sin valor estratégico alguno— en un Estado independiente. La razón es que dicho reconocimiento acercaría definitivamente a Moldavia a la Unión Europea o, peor aún, pediría la anexión con Rumanía.
Ninguna otra nación ha reconocido a Transnistria. Sin comercio alguno con el exterior ni posibilidad de pedir préstamos bancarios, encontró su única fuente de ingresos en una peculiaridad que la convierte, probablemente, en el país más friki del mundo: es un monumento vivo de la época soviética, con estatuas y bustos de Lenin por todas partes, y algunos de Stalin.
Hay tanques de la Segunda Guerra Mundial expuestos en plazas públicas, los murales de trabajadores sonrientes con hoces y martillos, y las estrellas rojas decorando las farolas están impecablemente cuidados y pintados, como un decorado mantenido a propósito para el visitante, donde todo es falso, incluso las monedas, que por falta de metal son de plástico de colores.
República Turca del Norte de Chipre (reconocido por un solo país)

Chipre es el único país del mundo cuya bandera es la forma del país, y al mismo tiempo es una falacia porque no controla su parte más característica: el estrecho cuerno de territorio que apunta al país causante de la partición, Turquía.
En ese territorio se asienta otro país zombie, curiosamente por una sucesión de hechos parecidos a los de Transnistria, país con el que comparte, además, otras dos coincidencias: también tiene el tamaño de Tlaxcala (algo menos de 4,000 kilómetros cuadrados) y poco más de 300 mil habitantes.
Desde tiempos de la República de Venecia, la isla estaba bajo su control, pero habitada por grecoparlantes de religión cristiana ortodoxa. Todo empezó a cambiar cuando el Imperio Otomano invadió la isla en 1570 y empezó a poblarla poco a poco de turcos musulmanes. En total los colonizadores turcos estuvieron 343 años, 43 más que los españoles en México, antes de ser expulsados; sin embargo, Chipre nunca se “turquizó”, sino que permaneció mayoritariamente grecoparlante.
La decisión del Imperio Otomano de aliarse con Alemania y el Imperio austrohúngaro, derrotados por los rusos, ingleses y franceses, fue el fin del mayor imperio musulmán de la historia y la pérdida de todo su territorio, Chipre incluido, excepto la actual Turquía. Los británicos, expertos depredadores de tierras como ninguno, se adueñaron de Chipre hasta 1960, en pleno periodo de descolonización impulsado por la ONU.
La dictadura militar griega intentó anexionar la isla mediante un golpe de Estado contra el gobierno legítimo de Nicosia en 1974, ocasión que aprovechó Turquía para invadir el tercio oriental de la isla donde se concentra la minoría turcochipriota. El segundo (y casi desconocido) Muro de la Vergüenza en Europa (aparte del de Berlín) sigue en pie en Chipre, con la isla partida en dos, incluida Nicosia, la única ciudad del mundo reclamada como capital por dos países: Chipre, reconocida por todos los países del mundo excepto Turquía, y la República Turcochipriota, reconocida solamente por Turquía.
El ejemplo extremo de la distopía territorial es Varosha, la ciudad que fue el balneario más lujoso del Mediterráneo en los años 70 y quedó atrapada en el lado turco de la isla tras la invasión, y hoy es la mayor ciudad fantasma del mundo, después de Prípiat, la ciudad cercana a la central nuclear de Chernóbil.
Palestina (reconocido por 157 de los 193 países y vetado por una sola potencia en la ONU)

El Estado de Palestina simboliza el mayor fracaso y la mayor tragedia de la diplomacia internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no solo porque se niega la existencia de un pueblo, sino porque Israel, que nació por el complejo de culpabilidad de los europeos por el Holocausto nazi, se ha convertido en el mejor alumno para cometer un genocidio contra un pueblo, solo que ahora retransmitido en directo por televisión e internet, y con la complicidad del imperio de turno: Estados Unidos.
Aunque es reconocido formalmente por 157 de los 193 países miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), lo que representa más del 81% de la comunidad internacional, el resto se niega a reconocer su existencia y consiente que viva ocupado por Israel en condiciones infrahumanas, como Argentina, Países Bajos, Italia, Japón, Corea del Sur, Estados Unidos y, de forma sangrante, Alemania, que cree que así expía su culpa por su pasado nazi, en el que asesinó a seis millones de judíos, cuando en realidad está permitiendo que se repita la misma historia.
De hecho, Palestina es el único estado del mundo invadido, humillado y destrozado por otro Estado, con la aquiescencia del resto de gobernantes del mundo, como Donald Trump y su familia, que sueña con convertir la franja de Gaza en un negocio turístico familiar, o incluso líderes musulmanes como el turco Recep Tayyip Erdogan, que patalea por el “genocidio israelí contra los palestinos”, pero al final le interesa más mantener relaciones diplomáticas con Israel, en un ejercicio de hipocresía difícil de explicar.
Bajo el amparo de Trump, el gobierno radical de Netanyahu no solo niega la creación de un Estado palestino, sino que arma a los colonos judíos en Cisjordania para matar a los nativos palestinos y quitarles sus pobres fuentes de ingresos, y bombardea y niega cualquier ayuda básica para sus pobladores en Gaza para que mueran o huyan de sus tierras, con el objetivo de crear el Gran Israel, de igual manera que Hitler soñó con “limpiar” media Europa para crear su espacio vital donde expandir su imperio ario.
La diferencia de lo sucedido hace poco más de un siglo y ahora es que quien denuncie el genocidio en marcha en los territorios ocupados y quien proteste por la muerte de más de 15 mil niños, por ejemplo, es culpable de ser antisemita, aunque la opinión pública mundial ya no se trague eso de que el pueblo judío tiene derecho a masacrar a otro pueblo porque es el pueblo elegido.
Las autoridades israelíes deberían reflexionar sobre por qué la bandera palestina es la más universal, o sobre cómo los turistas israelíes se han convertido en parias en medio mundo.