
Donald Trump vive desde hace tiempo en una realidad paralela. A tres martes para las elecciones intermedias, el magnate republicano se cree el presidente de EU más popular, el que posee el IQ más alto y el que merece más que nadie en el mundo el Premio Nobel de la Paz.
“Ningún presidente desde Lincoln ha sido tan brillante como yo”, ha declarado en más de una ocasión, y para quienes lo acusan de ser un narcisista megalómano responde: “A lo largo de mi vida, mis dos mayores activos han sido la estabilidad mental y ser realmente listo... Creo que no me calificaría como listo, sino como genio... ¡y un genio muy estable!”.
La realidad es otra. El índice de aprobación de Trump entre los estadounidenses es el más bajo desde que hay registros: 32 por ciento. En su primer mandato, su popularidad a tres semanas de las intermedias de 2018 era de 40 %, cuyo reflejo en las elecciones fue una pérdida para los republicanos de 41 escaños, gracias a lo cual los demócratas lograron recuperar el control de la Cámara de Representantes, aunque no pudieron arrebatar a los republicanos el control del Senado.
Históricamente, la regla en la política estadounidense es que un índice de aprobación presidencial inferior al 50 % suele traducirse en pérdidas considerables para el partido en el poder en el Congreso.
¿Superará el humillante récord de Obama?
En la era moderna, el récord de escaños perdidos lo ostenta Barack Obama, cuando llegó a las intermedias de su primer mandato, en 2010, con una aprobación del 45 %, que se tradujo en una sangría para los demócratas de 63 escaños y la pérdida del control de la Cámara de Representantes, así como 6 escaños en el Senado, que conservó a duras penas.
El descontento popular tras la Gran Recesión de 2008, el lento crecimiento del empleo y el rechazo de los votantes conservadores e independientes a la aprobación de la reforma sanitaria (Obamacare) dieron origen al fenómeno del Tea Party, que de todos modos no pudo evitar que el primer y único presidente negro que ha tenido EU volviera a ganar las elecciones en 2012.
En esta ocasión, los herederos del ultraconservador Tea Party que degeneró en MAGA, el movimiento de culto al líder Trump, tienen aún más dificultades para seguir dando alegrías al presidente y a los candidatos republicanos, ya que, al igual que el magnate convicto, viven también en una realidad paralela, rayana en el mesianismo, que cada vez convence a menos estadounidenses.
Para evitar el bochorno de Fox News —para la historia de la televisión queda el presentador que llegó a celebrar la presencia de miles de patriotas en la feria que montó Trump en el National Mall de Washington por los 250 años de EU, cuando la realidad es que estaba prácticamente vacío—, el presidente decidió hacer campaña para las elecciones del 3 de noviembre en estados profundamente rojos, donde sí consigue llenar sus mítines con seguidores fieles, que le ríen todas sus vulgaridades e insultos.
A los anales de la ignominia pasará cuando Trump, en un mitin durante la campaña para su primer mandato, empezó a imitar la forma de hablar y los gestos de un periodista del diario The New York Times con parálisis cerebral, mientras su público se reía y aplaudía.
Disparar desde la Quinta Avenida
Fue precisamente en su primera campaña cuando pronunció otra de sus frases célebres que retrató el nivel de lealtad de muchos de sus votantes: “Podría pararme en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien, y no perdería a ningún votante. Es increíble”.
Tras el revuelo mediático, el candidato Trump dijo que era una “broma” y que no diría algo así como presidente. Pero, cuando ganó las elecciones, no una, sino dos veces, siguió diciendo barbaridades.
Una de las más recientes ocurrió el 5 de octubre, durante un mitin electoral en Grand Island, Nebraska, otro bastión republicano donde el presidente tiene asegurados los aplausos y gritos de emoción.
En el mitin, Trump trataba de justificar el aumento del precio de la gasolina como “un precio muy pequeño a pagar por mantener el mundo seguro; por mantener nuestro país seguro”. Fue entonces cuando soltó la frase: “(Los iraníes) Pueden acabar con una ciudad. Dejen que acaben con Los Ángeles, dejad que acaben con San Diego. Este es un precio muy pequeño a pagar”. Los pocos abucheos que se escucharon brevemente fueron de inmediato sofocados por los aplausos de los seguidores.
Este sábado, Trump se encontraba a mitad de su discurso en un mitin en Clarksville, Tennessee, otro estado conservador, cuando declaró: “Es sorprendente. Puedo decir la cosa más estúpida y ustedes me aplaudirán”, presumió. Efectivamente, los presentes, entre risas, aplaudieron, a pesar de que, básicamente, estaba llamando idiotas a su público, en su mayoría con gorras MAGA.
En el mismo mitin, Trump se extendió largo y tendido sobre sus logros, aunque sean completamente absurdos, como presumir de que el golfo de México y el lago Ontario se llaman ahora, respectivamente, el golfo de América y el lago América. A lo que añadió, como si ello fuera a resolver los problemas del costo de vida de los estadounidenses o por empujarlos a la guerra de Irán (como le pidió el premier israelí Benjamín Netanyahu): “Nos hace falta ahora un mar, o un océano. ¿Qué tal un océano Trump?”, propuso sobre la posibilidad de renombrar el Atlántico o el Pacífico, de nuevo entre aplausos y carcajadas de sus seguidores, los mismos que luego pagarán más de gasolina para regresar a sus casas, pero que son incapaces de echarle la culpa a Trump.
“Esto es cosa de Biden”, aseguraba una señora embutida en un vestido con la bandera de EU y la cara de Trump, cayendo en la misma barbaridad que aquel seguidor durante un mitin en su primera campaña que culpó a Obama del 11-S cuando faltaban aún cinco años para presentarse como candidato presidencial.