
Como parte de la renovación de Disney, la empresa se ha dedicado a llevar a versiones live action algunas de las historias por las que alcanzó el máximo éxito en su historia en cine animado. Desde hace un lustro ha venido desarrollando un plan de remakes, a través del cual ha explotado la expectativa de los fanáticos que esperan ver a sus personajes preferidos encarnados en personas reales y apoyados con animaciones digitales de las más avanzadas tecnologías.
Sin embargo, los resultados de esas adaptaciones han tenido impactos diversos, han dividido a las audiencias. Por un lado, han tenido filmes que han logrado enternecer y conectar con las nuevas generaciones como Maléfica (2014) o Christopher Robin (2018); pero por el otro han tenido películas desilusionantes como La cenicienta (2015), El libro de la selva (2016), La bella y la bestia (2017) y Dumbo (2019), no por la calidad de producción, sino por no tocarse el corazón para dejar a un lado la esencia de los mensajes que las películas animadas habían desarrollado para llevarlas a un punto en que la corrección política ha venido a empañar la creatividad.
Dentro de las cosas que también han afectado el éxito (de calidad fílmica, que no en el sentido comercial), está la incapacidad que ha tenido Disney para tomar riesgos narrativos, en cuestión de estilo y forma, o incluso respetar los de los filmes animados. No obstante, hay esperanza. Con la llegada de Aladdín, este fin de semana, tenemos el mensaje de que no todos los capitanes de barco quieren seguir el mismo puerto.
El cineasta Guy Ritchie ha jugado muy bien sus cartas creativas y se ha dejado llevar por la imaginación y el espíritu infantil para contar una historia que conecte con la infancia y no ha tomado atajos innecesarios. De hecho, a diferencia de directores como Tim Burton, que se olvidó de su personaje central para enfocar la historia al desarrollo emocional de otros personajes con un mensaje forzado sobre las ambiciones, Ritchie usa el contexto de la corrección política para enriquecer a sus personajes (como el empoderamiento de la mujer), y aunque no deja de sentirse el esfuerzo por incluirlo, sí amalgama perfecto con la historia.
En el filme de Ritchie no hay rastro de sus mejores trabajos. No se percibe el homor negro de Snatch (2000) o Juegos, trampas y dos armas humeantes (1998); ni la desenvoltura desquiciada y emocionante de Sherlock Holmes (2009) o Agente C.I.P.O.L. (2015). Pero sí hay un respeto al género que aborda. Lo que hace con Aladdín es una carta de admiración al espíritu infantil.
La historia es conocida. Aladdin (Mena Massoud) es un adorable pero desafortunado ladronzuelo enamorado de la hija del Sultán, la princesa Jasmine (Naomi Scott). Para intentar conquistarla, acepta el desafío de Jafar (Marwan Kenzari), que consiste en entrar a una cueva en mitad del desierto para dar con una lámpara mágica que le concederá todos sus deseos. Allí es donde Aladdín conoce al Genio (Will Smith), dando inicio a una aventura como nunca antes había imaginado.
El resultado es una divertida aventura que aprovecha muy bien la tecnología al servicio de la fantasía. Es ambiciosa, pero reflexiva. Will Smith, sin duda alguna, es el mejor personaje del filme al ponerle su propia personalidad al personaje del genio; Massoud se muestra como un actor muy físico y Naomi no sólo enamora, sino que tiene mayor fuerza al darle un propósito que solamente el de ser una princesa, sino que le hacen ver que también puede tener la capacidad de gobernar.
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