
A los 16 años intentó suicidarse después de que su abuela materna falleció. Sin saber manejar su duelo, se refugió en el alcohol y después probó casi todas las drogas. Este joven, a quien llamaremos Abraham, abre su corazón y relata que los intentos de suicidio fueron dos, que incluso pensó “deshacerse” de sus padres.
Durante la conversación, este joven, fino en rasgos, culto, de hablar pausado, compara su vida con una novela con pasajes terribles, de los que habla Dante Alighieri en La Divina Comedia.
Después de varios meses deprimido y de tomar frecuentemente alcohol con sus amigos, con un “noviazgo tóxico”, pidió a sus papás que lo llevaran al psiquiatra “Ya había pasado varios años en el psicólogo y no me funcionaba nada”. Le prescribieron antidepresivos, ansiolíticos y unas pastillas que le ayudaban a controlar su impulsividad... pero comenzó a tomarlos como si fueran dulces.
En plena adolescencia, con dos padres profesionistas exitosos, inmersos en el trabajo y con un duelo que no supieron manejar como familia, Abraham aprovechó un día que estaba solo en casa y tomó una sobredosis de medicamentos para el corazón: sus papás lo encontraron casi muerto, mientras él sólo pensaba en estar con su abuelita, “porque yo sentía que nadie me amaba como ella...”.
El temor de sus padres los llevó a internarlo: “un día estaba tocando la guitarra, recuerdo que me sedaron, me pusieron una camisa de fuerza, me llevaron en una camilla y la voz de mi mamá diciéndome que me amaban y que todo iba a estar bien... Cuando desperté estaba en el psiquiátrico”.
Un sentimiento de odio a sus padres fue inmediato por haberlo internado, incluso, pensó muchas veces cómo matarlos, “fue todo una novela tipo Agatha Christie y mis pensamientos policiacos. Yo los odiaba por haberme ido a dejar ahí; en ese momento, no entendía que lo habían hecho por mi bien”.
La primera bolsa de mariguana entró a su casa porque un amigo la llevó, después ambos buscaron conseguir más, pero con el proveedor, El Jackson —un tipo que enganchaba con drogas a los jóvenes para después tener sexo con ellos— ofreció cocaína; ante la negativa de Abraham, el dealer le hizo un corte en el antebrazo y le colocó la droga... su cuerpo la absorbió. “Mi vida ya iba en picada, pero aquello me comenzó a gustar…”
Se fue más arriba y conoció al proveedor del Jackson. Abraham consumiría a diario drogas, de todo tipo: LSD, metanfetaminas, cristal, hachís. Con las drogas fue que intentó por segunda vez el suicidio.
Se drogaba hasta siete veces al día, con la “precaución” de no dejar huellas de lo que hacía en su habitación. El dinero lo conseguía de sus padres, con mil mentiras para obtenerlo, llegó al extremo de no dormir por tres o cuatro días y apenas se alimentaba.
Cuando su papá se enteró, le mintió y dijo que necesitaba varios miles de pesos para pagar sus deudas, con todo ese dinero compró suficiente droga, su intención era suicidarse “te soy franco, tuve efectos horribles, me estaba muriendo con esa sobredosis. No entiendo que pasó, nadie me encontró, y desperté al siguiente día”.
Acepta que la búsqueda espiritual no fue sencilla. Dudaba de la existencia de Dios, lo culpaba de todo lo que había vivido, e incluso, se atrevió a retarlo: quería que Dios demostrara su existencia, quitándole el deseo de matarse.
Su primer acercamiento a la iglesia, coincide con la petición de sus papás para acudir a un Centro de Integración Juvenil (CIJ), su encuentro con Dios, y el maravilloso trato de la gente del CIJ lo invitaron a permanecer ahí, concluir su tratamiento y a que ahora sea una especie de asesor para los jóvenes que como él, llegan ahí por primera vez.
Hoy Abraham y sus papás viven la calma luego de la tormenta, lograron crecer como familia y disfrutan una verdadera unidad. Atrás quedó aquel año de tanta crisis, de los 16 a los 17 años. Hace dos años y medio, tiene una novia y juntos formaron un dueto e incluso han tenido la oportunidad de viajar a otros países.
Después de todo lo vivido, de tanto caer y levantar, este joven de tez blanca, ceja poblada y sus expresivos ojos café, de pestañas largas, no ha perdido una peculiar sonrisa de inocencia. Su sonrisa es franca, de alguien que demuestra sentirse pleno y satisfecho con su vida y con lo que ha logrado, pero sobre todo y él lo dice, “poder ayudar a los demás, después de que Dios salvó mi vida”.
En retribución a todo lo bueno que ha ocurrido en su vida, en los últimos cinco años, él y sus papás crearon una asociación civil, desde la cual buscan ayudar al presente (“no al futuro”) de México, a los jóvenes que como él están perdidos en las drogas: se dedican a la reinserción social de jóvenes y trabajan con 200 jóvenes.
Abraham se levanta al finalizar la entrevista. A sus 21 años está en la música, regresó de la jungla de la que no todos salen. Sus papás están con él, esperaron pacientemente a que terminara la entrevista en las oficinas de los Centros de Integración Juvenil y se van juntos. Finalmente lograron integrarse como una verdadera familia, la que Abraham siempre deseó... y el amor de Dios en el corazón de los tres.
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