
Una de las grandes cualidades (que son muchas) del cine de Ignacio Ortiz es la de saber utilizar el concepto del destino con sensibilidad y destreza. Décadas atrás, como coguionista de La mujer de Benjamín, se desarrollaba la historia de un hombre condenado por la desesperación que toma la decisión de secuestrar a la mujer de quien está enamorado.
Ya como director, más tarde nos mostró magistralmente en Cuentos de hadas para dormir cocodrilos (2002) la manera como hechos históricos del país como la Guerra de Reforma o la Revolución Mexicana modifican los destinos de un hombre y sus familiares marcados por una maldición que recrean la historia de Caín y Abel.
En Mezcal (2005), otro de sus filmes cumbre, Ortiz se inspira (que no adapta) en la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, para presentarnos una serie de personajes que se congregan en una mítica cantina de pueblo a conversar o liberar sus penas bajo los efectos del alucinante mezcal; ahí, utiliza el alcoholismo y un día de tormenta para unir sus historias en una noche de consuelo y rencores profundos sin escapatoria.
Y qué decir de la forma en que maneja a los personajes de El mar muerto (2010), que tienen que expiar los pecados que cometieron. Ninguno tiene escapatoria de sus historias. Y así ocurre en Traición (2018), la más reciente película de Ignacio Ortiz que llega este fin de semana a las carteleras nacionales.
En esta ocasión nos cuenta una historia de amor fraternal en la cual tanto la joven Misela como su padre están condenados a traicionar al otro para sobrevivir. Ortiz utiliza tres momentos de tiempo para presentarnos las motivaciones y construcción de los personajes, nos va dejando indicios hasta llevarnos al momento de la verdad.
En un momento vemos al Félix de niño, a través del cual Ortiz rinde homenaje a su amor por el cine cuando lo ubica como proyeccionista de un cine itinerante. A esa edad va descubriendo los valores que más tarde lo llevarían a tomar decisiones que marquen su camino.
En otro momento vemos a Félix viejo, en medio de la sierra, siendo buscado por su hija que espera que le diga dónde está enterrada su madre. Félix se hizo rico cuando encontró paquetes de droga caída de un avión accidentado, por lo que se oculta para que los matones no lo encuentren. Cuando padre e hija se vuelven a ver, el pasado (ese tiempo intermedio que Ortiz maneja para contarnos el nacimiento de Misela, y la historia de Félix con la madre de ella) los secretos guardados hacen que Misela sospeche que su padre mató a su mamá. El resultado de este encuentro es un destino trágico y lleno de un desahogo emocional digno de destacar.
Como hizo en Cuentos de hadas para dormir cocodrilos, en este filme utiliza el contexto social, marcado por la violencia y el narcotráfico para crear una atmósfera de tensión y no de morbo maniqueista. Lo utiliza para construir las motivaciones humanas que se empeñan en tener claridad sobre su pasado, en este drama que tiene aires de western y tragedia griega.
Gran reconocimiento para las actuaciones de Juan Manuel Bernal, quien da vida a Félix en su edad adulta y anciana, con un carisma natural y personalidad llena de misticismo, así como Noé Hernández, el malévolo y elegante capitán que persigue la vida de Félix para recuperar su droga, impone en cada escena en la que aparece. Por su parte Diana Ávalos también sale airosa en medio de tremendas actuaciones.
Se trata de un destacado filme cuya riqueza está en la revelación de los secretos. En la construcción de un destino. En la compleja relación que pueden llegar a tener un padre y su hija cuando una decisión tomada en un instante condena los caminos sin importar los sentimientos. Una de las películas mexicanas más destacadas en lo que va del año.
No hay nada de malo en hacer remakes. Lo que es imperdonable es el cinismo con el cual se retoma una historia con la idea de hacerla un éxito comercial. Que el cine también es un negocio, es una obviedad; sin embargo, hasta en niveles comerciales se necesita tener sensibilidad y corazón. La incursión de Sony en la producción de cine mexicano podría entenderse como el triunfo de historias sin riesgos; es la aceptación de la incapacidad de ser originales. El morbo comercial llevará al espectador a ver la versión mexicana de aquella comedia que Adam Sandler y Drew Barrymore protagonizaron 15 años atrás, como ocurrió con La boda de mi mejor amigo, aunque las versiones mexicanas no tengan la más mínima intención de enriquecer aquellas comedias románticas. La historia de Como si fuera la primera vez no cambia: Luci (Ximena Romo) tras un accidente, no puede recordar más allá de un día, Diego (Vadhir Derbez) es un biólogo marino al que su carrera lo lleva a República Dominicana, donde conoce a Luci y se enamora de ella, pero debe enfrentar su padecimiento. En lugar del rostro de Sandler vemos el de Vadhir Derbez, quien vuelve a demostrar su incapacidad de interpretar cualquier cosa, ni siquiera muestra un poco del “humor” de su papá; Ximena Romo pasa desapercibida. No hay química entre ellos. No hay una sola escena memorable. No hay sentido. De lo peor del año.
Copyright © 2019 La Crónica de Hoy .

