
La evidencia de la capacidad hegemónica del gobierno de Donald Trump inicia la reconfiguración del escenario petrolero mundial en una sacudida indicativa del péndulo de la historia orientándose a las derechas en una nueva intervención demostrativa de los límites de las soberanías nacionales latinoamericanas.
La escena es inquietante. Nicolás Maduro es escoltado por agentes de la DEA al llegar al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn. Manos esposadas al frente. En inglés dice: “Good Night, Happy New Year”. No dice “Viva Venezuela soberana”, no reivindica “la unidad del chavismo” ni acusa “secuestro” o cualquier otro delito. Sorprende la elevación de los pulgares ¿en aprobación?… o en señal de una inexistente victoria al menos psicoemocional.
Su tamaño físico parece inversamente proporcional a su inteligencia político comunicativa demostrada ante el ausente cobijo del poder bolivariano. En el diálogo y en los gestos del mandatario depuesto por voluntad —narcoasuntos, violación de tratados internacionales y principios básicos globales— de la Casa Blanca se asoma la extraña punta de un iceberg.
Las fuerzas bolivarianas, antes muy visualmente dispuestas, no lograron defender a su líder; su gobierno no ha dado a conocer el número de fallecidos; ausente alguna explicación de la movilización generalizada nacional esperable respecto de la extracción militar invasiva de un dirigente tan popular como querido de acuerdo con la versión durante años, más de 12 de los 25 del chavismo en el poder. A Maduro no parece haberlo salido a defender su pueblo masivamente.
Pekín y Moscú observan con la ardiente y fugaz advertencia retórica y operativamente constipada ante el poder estadounidense. Cuba, Colombia, Nicaragua y la totalidad de los países se contentan con hacer reivindicaciones por la soberanía, el derecho internacional. La inmensa mayoría se abstiene de la defensa específica de Maduro.
En 1987 fui enviado por el IMER a cubrir la crisis panameña derivada de un intento de golpe de Estado contra Manuel Antonio Noriega. Dos años antes de la invasión estadounidense decidida por George Bush. El instrumento de despliegue de fuerzas especiales extractivas es semejante al de este 2026 ante la incapacidad de las fuerzas locales de contener la abrumadora potencia de los Estados Unidos.
Frente a la capacidad del hegemón, hablador pero también cambiante y capacitado para la determinación, la respuesta del gobierno de México fundamentada en principios, sobria en la forma y consciente de los riesgos es probablemente la única con futuro. La Presidenta Claudia Sheinbaum condenó categóricamente la intervención armada y defendió la soberanía de los pueblos. No hubo matices tácticos ni silencios estratégicos. Requerida sobre las afirmaciones de Trump sobre el predominio presunto del narcotráfico en México afirmó “tenemos muy buena relación en términos de seguridad y otros temas”. Punto.
La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, al calificar la entrada de tropas estadounidenses como una violación flagrante del Derecho Internacional y la soberanía venezolana, posiciona su propia voz como parte del discurso nacional y el ejercicio de una voluntad comunitaria predominante aquí.
La posición mexicana no idealiza al régimen depuesto. Tampoco busca beligerancia. Izquierdas convencionales de los años 60 y 70 no podrán exhibir esta vez la misma determinación movilizadora masiva. Se es parte del gobierno.
“Good Night, Happy New Year” inaugura un nuevo orden, anuncia riesgo de normalizar el apetito hegemónico estadounidense y reanuda la serie de evidencias históricas según las cuales la determinación expropiatoria puede encubrirse con cualquier razonamiento, por lo cual es lo más recomendable hacerse a un lado, no de quien se quiso hacer el “big boy” —Maduro aludido por Trump— sino de quien peligrosa y realmente lo es.