
Pergueñando información de aquí o de allá, tratando de comprender significado y consecuencias de la intervención militar estadounidense en Venezuela, encontré varias ideas y observaciones sueltas, que podrían ayudar a comprender.
Uno. Comienzo por lo obvio: estamos ante una intervención abierta y descarnadamente imperialista, ajena a cualquier legalidad, de cualquier orden o nivel. Ajena al derecho internacional, ajena a la constitución de los Estados Unidos, al margen de las Naciones Unidas y al margen del propio Congreso de los Estados Unidos. Quien mejor lo ha dicho, es el senador demócrata Mark Warner: “Nuestra Constitución pone las decisiones más graves sobre el uso de la fuerza militar en manos del Congreso por una razón.
El uso de la fuerza militar para impulsar un cambio de régimen exige el escrutinio más minucioso, precisamente porque las consecuencias no terminan con el ataque inicial… Si Estados Unidos se arroga el derecho a usar la fuerza militar para invadir y capturar a líderes extranjeros a los que acusa de conducta criminal, ¿qué impide a China reivindicar la misma autoridad sobre el liderazgo de Taiwán? ¿Qué impide a Vladimir Putin esgrimir una justificación similar para secuestrar al presidente de Ucrania? Una vez cruzado este límite, las reglas que frenan el caos global comienzan a desmoronarse, y los regímenes autoritarios serán los primeros en explotarlo”. El populismo avanza.
Dos. La ideología que enmarca y disfraza esta intervención es la del “Corolario Monroe” documento publicado hace poco por el Presidente Trump, y en el cual se entiende al continente americano como un territorio bajo la soberanía de los EU. La seguridad no radica solo dentro de las fronteras de su propio país, sino que se extiende en un más allá indeterminado. Esta intención tiene un hondo significado geopolítico, un mensaje universal sobre la legitimidad de las “zonas de influencia”. Como dijo Trump en su conferencia del sábado: “el objetivo es rodearnos de gobiernos seguros”.
Tres. Esa tesis tiene implicaciones universales y valída la ambiciones imperiales de otras superpotencias, pues reconoce que el mundo se constituye en esas zonas de influencia más o menos visibles, pero aún por determinar. Con tal visión, típicamente imperial, se legitima a su vez la intervención rusa en Ucrania y la de China en Taiwán. En conferencia de prensa, Putin lo fraseó así: “EU dice que gobernará Venezuela hasta hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”, y agregó: “¿Tiene Rusia derecho de secuestrar a Zelensky, gobernar Ucrania hasta que encuentre una transición segura y adecuada?”.
Cuatro. La intervención es portadora también de un componente ideológico y político inequívoco, en línea con lo que se entiende como “gobiernos seguros”. El abierto apoyo de Trump a Milei en Argentina y a Nasry Asfura en Honduras, tiene como propósito la instauración de gobiernos en América Latina, marcados por el signo de la extrema derecha. Y esto es una parte sustantiva de la intervención.
Cinco. El objetivo explícito y transparente, comunicado inmediatamente por el propio señor Trump, es la depredación, la extracción de los recursos naturales de Venezuela, el petróleo en primerísimo lugar, pero también las tierras y la infraestructura. Argumenta que esa riqueza “indemnizará” a Norteamérica de las decisiones de nacionalización y expropiación ocurridas antes y profundizadas por el chavismo. En diciembre, Trump alegó que “el dictador Nicolás Maduro debía devolver a Estados Unidos todo el petróleo, las tierras y otros activos que previamente nos robaron… Estados Unidos ha sido despojado de todos nuestros derechos energéticos, nos quitaron todo nuestro petróleo, hace no mucho tiempo y lo queremos de vuelta”.
Seis. Por sobre todas las cosas, la motivación explícita y transparente de la invasión es la de hacerse de los recursos petroleros del país, mientras que los derechos humanos, las libertades y la democracia quedan en un lejano segundo lugar. Alguna vez, los Estados Unidos quisieron proyectar la imagen de un imperio benevolente; ahora ni siquiera intenta ese ropaje.
Siete. Es extremadamente llamativo que el bombardeo y la intervención militar norteamericana apenas y recibió resistencia. El régimen dictatorial de Maduro reveló una pasmosa debilidad militar, unos cimientos económicos endebles, pero sobre todo, confirmó lo que las elecciones del año pasado: el desfonde de la base social que alguna vez soportó al régimen chavista.
Ocho. En los hechos y en los dichos, se destartala un orden internacional que buscó al menos —y con grandes trabajos— reglas, procedimientos e instituciones para la coexistencia internacional. ¿Recuerdan la intervención a Irak de principios de siglo? Bush, al menos, intentó colocar pruebas en la mesa, argumentos y mostrarlos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Trump no se tomó esa molestia jurídica y diplomática, y como hemos apuntado, se saltó toda ley y toda institución preexistente.
Nueve. Rusia y China habrán tomado nota: las reglas del sistema internacional han saltado por los aires. Las superpotencias, con los Estados Unidos en primer lugar, han perdido el compromiso con ellas, como si fueran un vestigio inútil heredado de la Segunda Guerra Mundial.
Diez. Resuena una de las varias advertencias del gran historiador Eric Hobsbawm: “…el desafío de nuestro tiempo es recuperar la idea y la situación en la que ninguna nación pueda emprender una acción militar si no existe un consenso internacional amplio y basado en razones graves”. Esto ha dejado de importar y no puede funcionar en el mundo populista del siglo XXI, donde una superpotencia dice “soy lo bastante fuerte para intervenir, luego intervengo”. Justo lo que pasa ahora, pero ordenado por la reconfiguración de “áreas de influencia” decididas por las propias superpotencias, en una especie de imperialismo regional (cada quien con su hemisferio).
En esas estamos, y es el fenómeno principal del nuevo desorden internacional.