
Teatralizado, como ha sido siempre, con la fingida distancia del poder con cuya promesa quiso engañar a quien estuviera dispuesto a creer en su verbosidad mentirosa, el expresidente López ha tenido en poco tiempo dos salidas a escena a cuál más desafortunada. Una de ellas --además--, penosa y ridícula.
La primera fue para promover un mamotreto sobre la ficticia grandeza de una mitología propia, abudante en fantasías y mentiras insuficientes para sustentar una teoría con seriedad. No es una tesis, cuando más una tisis.
Sin embargo, esa farragosa y masturbante aparición en las plataformas ávidas de reproducir el chismorreo de su presencia, con la escenografía de su finca de exacto nombre, no causó ningún daño institucional. Fue, en todo caso un ridículo desplante de falsa intelectualidad.
Pero su segunda irrupción protagónica, sí hizo daño.
Afectó a su amiga y discípula orgullosa, CSP, quien es la presidenta (con A) de la república. Le ofreció al mundo el mal simbolismo de un poder compartido. O prestado, por más y como haya cumplido con el protocolo de (innecesario) respaldo personal a la presidencia.
Y aún propición algo peor: la vigencia de un poder paralelo , una sombra sobre la institución presidencial: la propiedad política e histórica de una corriente ideológica suya y de nadie más, a la cual todos (as) se deben y todos (as) se pliegan. Un cacicazgo divino.
Eso en cuanto a las repercusiones políticas de tan aventurado mensaje cuyo texto reprobado por el sentido común merecería –por otra parte-- una interpretación psiquiátrica.
¿Cómo entender una reprobación acompañada de consejos paternales cuyo seguimiento redundaría en el bienestar de la persona censurada por su conducta? ¿De dónde viene el súbito interés por el futuro del señor Trump?
“...presidente Trump: no caiga en la autocomplacencia ni escuche el canto de las sirenas. Mande al carajo a los halcones; usted tiene capacidad para actuar con juicio práctico. No olvide que la efímera victoria de hoy puede ser la contundente derrota del mañana. La política no es imposición”.
Nada más son 48 palabras estúpidamente enlazadas. ¿Tiene algún sentido recomendarle a Trump la humildad, el rechazo a la autocomplacencia? Lactancia pura.
Al parecer en esa esquizoide redacción al señor López le importa más el equilibrio de quien debería desatender un canto de sirenas (¿cuáles?) mientras atropella al Derecho Internacional para cuyo cumplimiento necesita imaginar las opiniones de Bolívar y Lincoln como si hablara con ellos confundiendo sus voces con la alharaca selvática de los saraguatos. Ya ni Maduro con los pajaritos.
Pero el extremo de la consejería del enanismo megalómaníaco se contiene en estas frases ridículamente insuperables, propias de un ególatra cuyo pensamiento pretende la medida de todas las cosas. Cree él:
“Soy mexicano con mucho orgullo, pero también latinoamericano. Apoyo incondicionalmente a mi presidenta Claudia Sheinbaum.
Por ahora no le mando un abrazo (por ahora, dice con el postigo entrecerrado, como si confiara en un mañana).
¡Ay! Tu. Córtalas.
Estos recuerdos le deben haber dolido como a novio traicionado. Tras los insultos a México, él --turiferario con amnesia--, incensaba al ofensor, lo lagoteaba y le entregaba el tributo del vencido.
“…En vez de distanciarnos, estamos optando por marchar juntos hacia el porvenir... también quise estar aquí para agradecerle al pueblo de EE.UU., a su gobierno y a usted presidente Trump, por ser cada vez más respetuosos con nuestros paisanos mexicanos...lo que más aprecio es que usted nunca ha buscado imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía... fallaron los pronósticos, no nos peleamos, somos amigos y vamos a seguir siendo amigos". Mentiras.
Pues quizá en aquel lejano julio de 2020 los pronósticos no se habían cumplido. Ahora se comporta como triste virgen violada. Cuando un listo se quiere pasar de listo, nada más se pasa de imbécil.
Como le dijo el Rey Juan Carlos a Hugo Chávez:
¿Por qué no te callas?