
El 3 de enero parece ser una fecha simbólica para la relación entre Estados Unidos y América Latina. Durante la madrugada del pasado sábado, el gobierno norteamericano capturó en Caracas al presidente venezolano Nicolás Maduro como resultado de la Operación Resolución Absoluta. 37 años antes, en 1989, militares estadounidenses lograron, después de casi dos semanas de haber iniciado la Operación Causa Justa, detener en la Ciudad de Panamá al líder panameño Manuel Noriega, jefe político de facto de aquél país. Los paralelismos entre ambos hechos trascienden la fecha: el involucramiento de ambos personajes con grupos dedicados al narcotráfico, la táctica de extracción buscando no generar un conflicto armado con población civil, el rechazo internacional generalizado por lo que evidentemente constituye violaciones al derecho internacional, el alivio de algunos sectores en el mundo que veían en ambos líderes a dictadores de facto, el traslado inmediato de los detenidos a centros de reclusión para su posterior enjuiciamiento, o el trasfondo de intereses económicos y comerciales norteamericanos en la región, son algunos de ellos.
Sin embargo y a pesar de las similitudes, las diferencias entre ambos casos, particularmente en lo que se refiere a las secuelas en la región y en otros puntos del planeta, deben motivar la reflexión, el análisis y la construcción de escenarios. La invasión a Venezuela para detener a Nicolás Maduro y procesarlo en Estados Unidos no solo implicará un cambio de gobierno que, por lo que hoy se puede prever en el corto plazo, no implicará la llegada de un nuevo grupo al poder, sino la alternancia hacia una presidencia encabezada por Delcy Rodríguez, una de las principales funcionarias del madurismo, sino también el control económico de los recursos energéticos del país sudamericano. Empero, y profundizando un poco en la geopolítica, la aventura del gobierno estadounidense puede ser la activación de un gatillo que dispare las ansias expansionistas de países como Rusia y China en los casos de Ucrania y Taiwán, quienes hoy podrán alegar el ejemplo que les ha puesto Donald Trump. Eso, cuando lo de Noriega, nunca fue un riesgo.
Más aun, cuando en 1989 las fuerzas militares norteamericanas aterrizaron y desembarcaron en Panamá, el presidente George Bush no tenía el menos interés en extender la estrategia a otros países. Hoy, sin el menor pudor, Donald Trump ha anunciado que esto no ha terminado y que si otros países, concretamente Cuba y Colombia, continúan confrontando los intereses de Estados Unidos, Díaz-Canel y Petro pueden seguir la misma suerte que Maduro. Algo similar, aunque con distintos argumentos – no obstante que el expansionismo y el control económico son las mismas causas de fondo – sucede con el interés estadounidense por hacerse del control de Groenlandia y ante lo que Dinamarca ya ha anunciado el reforzamiento de medidas de seguridad. El sábado 3 de enero, Donald Trump no solo capturó a Nicolás Maduro bajo el argumento de su liderazgo del llamado Cártel de los Soles – aunque él mismo ha reconocido que el interés primigenio es controlar el comercio del petróleo venezolano, particularmente con su archienemigo China –, sino que se atrevió a pasar por encima de la comunidad internacional y de parte importante de la opinión norteamericana. Si en este caso las consecuencias del acto no son los suficientemente fuertes, nada impide que Trump avance en su ánimo expansionista.
El caso de nuestro país merece una reflexión por separado. Nuestra próxima colaboración versará sobre este asunto, pero desde ahora podemos señalar algunos aspectos generales que desde la madrugada del sábado han cambiado el ánimo de la política nacional. Un sector importante del oficialismo ha reaccionado con inconformidad y preocupación, lo mismo por una cercanía ideológica con el chavismo-madurismo y una fobia por el espíritu imperialista norteamericano, que por mirar que parte importante del bloque de la izquierda latinoamericana cada vez se hace más pequeño. Por otra parte, hay quienes saben que las acusaciones por narcoterrorismo a Maduro les pueden alcanzar los aparejos, tanto en lo que hace a fentanilo, como a huachicol fiscal y huachidisel. La realidad es que imaginar en México una incursión militar como la que se llevó a cabo en Venezuela es de sumo complicado, pero las implicaciones pueden anticiparse de otras maneras y con consecuencias quizá menos estridentes, pero tal vez igual de efectivas para torpedear la línea de flotación de un movimiento que en apariencia es hegemónico, pero que cada día muestra más fisuras. La sangre política ha llegado al agua y los tiburones ya la pueden oler.
Profesor y titular de la DGACO, UNAM
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