Opinión

Lobito se atrinchera en el Congreso y se queda sin curul

Policías resguardaron el Congreso de la Ciudad de México (Camila Ayala Benabib)

Dicen que en el Congreso de la Ciudad de México no hay sorpresas… hasta que las hay. Y esta semana la protagonizó Víctor Hugo Lobo Rodríguez, quien dejó de despachar como diputado suplente cuando Gerardo Rodríguez García decidió volver por lo que legal y políticamente le pertenecía: la curul de diputado propietario.

El episodio, más allá del trámite parlamentario, tuvo tintes de tragicomedia política. Lobo hijo no sólo perdió el asiento que ocupaba por encargo, sino que intentó aferrarse a él poniendo candados en las puertas del pleno de Donceles y llamando incluso a la fuerza pública. Hubo forcejeos, hubo golpeadores y hubo un intento burdo por impedir el acceso de Rodríguez García. Al final, no le funcionó: el propietario entró y recuperó su lugar.

La escena dejó claro que esto no era una simple sustitución administrativa. Fue un golpe directo a la estructura que su padre, Víctor Hugo Lobo Román, había intentado mantener con alfileres. Él vio cómo se le escapaba uno de los últimos espacios desde los cuales buscaba conservar influencia en una demarcación que durante años fue su bastión, pero que hoy le resulta cada vez más ajena.

Lobo Román aplicó la vieja fórmula del “Juanito”: colocó a su hijo como diputado plurinominal suplente y, una vez iniciada la Legislatura, presionó a Gerardo Rodríguez García para que abandonara la curul inmediatamente después de rendir protesta. La idea era simple: imponer a su “Lobito” por la puerta de atrás y consolidar un escaño familiar.

La diferencia es que, esta vez, la maniobra no prosperó. Rodríguez García no aceptó el papel de comparsa y regresó a reclamar su espacio. Al parecer ya nadie le teme a “los lobos”. Y con su regreso no sólo desmontó una operación política, sino que dejó al descubierto un esquema de nepotismo que ya no encuentra la tolerancia de otros tiempos.

El mensaje fue contundente: los apellidos, por sí solos, ya no pesan como antes. En Morena, donde Lobo Román presume su nueva militancia, el capital político hoy se mide en lealtades vigentes y capacidad real de operación, no en recuerdos ni en viejas glorias heredadas.

El exalcalde está debilitado: sin operadores visibles, con escaso margen de maniobra y con una influencia que se diluye frente a nuevos liderazgos en Gustavo A. Madero. Lo que antes era control territorial hoy es nostalgia política.

La política, como la vida, castiga la repetición de fórmulas agotadas. Y cuando eso ocurre, ni los apellidos ni las curules prestadas alcanzan para sostener un poder que ya empezó a irse.

Por cierto:

1. Éxito. En los pasillos del Metro no solo se mueven trenes: ahora también circula la salud mental. Sin hacer mucho ruido, el STC puso en marcha brigadas itinerantes de atención psicológica en 23 estaciones, con módulos móviles que recorrerán la red durante varias semanas. Más que un gesto simbólico, el mensaje es claro: el estrés, la ansiedad y la depresión ya no son temas invisibles en el transporte público. Mientras algunos siguen discutiendo si el Metro necesita más dinero o no, otros ya entendieron que también hay que cuidar a quienes lo usan todos los días. Un paso pequeño en infraestructura, pero enorme en sensibilidad social.

Vivo la noticia, para contarle la historia

@juanmapregunta

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