Opinión

El aniversario olvidado

Plaza de Toros México (Graciela López Herrera)

Si las cosas hubieran seguido el curso normal, con la sangre coagulada, los vestidos lavados, los bordados de oro, la música y la tarde azul; los pregones, la banda de potente trompeta, el clarín imperioso y los parches definitivos; el sombrero en la arena y el preciso bisturí en la enfermería; si sangrara en el destazadero el pellejo del toro desollado, si aún se pidieran milagros en la capilla, si el capellán bendijera el domingo, si hubiera algo en los cajones de madera, si se oyera el bufido nocturno, si durmieran los soldados en el cuartel y los marinos en el mar, si los niños tuvieran vacaciones y la Magdalena fuera a los toros, mañana habría fiesta.

Las casas y edificios, cuyo lento avance devoró a la Ciudad de los Deportes, sentirían desde temprano, a la hora del caldo en las fondas y el sol en las bardas, los humeantes vapores de la birria o la fritanga carnicera de los peroles mantecosos de buches, cueros y macizas de cerdo y escucharían el condimento cantor de los sabores celestiales de la cecina enchilada.

Bajo una estatua de bronce en la calle Rodin, invisible y olvidada estaría la rota cazuela del Negro Muñoz. Más allá gritaría “El paisa y por otro rincón “El charro” y su achicalada.

Junto, la invención trigarante: cecina, chicharrón y longaniza en el triunvirato de la gastronomía de chiles en asamblea; morita, cascabel y dios sabe cuánto. Fórmula secreta del taquero. Bajo techo, el mural ahora invisible de los famosos. Hosco Juan Belmonte, flaco y largo Manolete. Carlos Arruza con una regadera, Fermín Espinosa una pata y una cola y una multitud colorida frente a cuyo fresco beben los parroquianos y recrean faenas nunca vistas, pero sueñan de oído y no hace falta si vieron o no a Gaona: hubieran querido verlo, esa es toda la verdad de canario y plata.

Porque hubo un tiempo (lo ha dicho el poeta Cardona Peña) cuando los cosos mexicanos ardían como “ascuas, empapados de petróleo emotivo, como antaño los festivales de Tezcatlipoca”.

Si las cosas hubieran seguido su curso normal. Si la mezcla entre lo woke y la estulticia no nos hubiera invadido, si el pan nada más fuera pan; si el vino, vino solamente; si cuatro patas se le vieran al gato sin buscarle los tres pies, las cosas --obviamente-- no serían como ahora las vemos y padecemos, cada vez más vacías, más desvencijadas, menos deseosas de llegar arriba porque en lo de abajo, sin comprender la verdadera raíz, se han encontrado las oportunidades de riqueza mezquina, mando y poder de todo un movimiento oscilante entre el paternalismo inepto y la amputación transformadora.

Sin la mezcla con lo políticamente correcto y el evangelio torpe, no dominarían la mendacidad y la conveniencia coyuntural. Si la historia fuera magisterio no pretexto de lo mal entendido, si se hubieran educado en algo superior al griterío callejero, la manifestación y el bloqueo, no serían --como son-- alquimistas rudimentarios del resentimiento y la venganza.

Por eso en torno de la plaza México, cuyo aniversario número 80 nadie va a conmemorar, aunque muchos lo recuerden, nada ocurrirá de lo arriba dicho.

La fiesta de toros con su arte y su peligro; su crueldad y su llamado selvático de cazadores medioevales, (y de nuevo cito a CP), ha sido discriminada por aquellos cuyas vidas “han estado ajustadas a una educación que, por años, pretende apagar el fogonazo de lo primitivo”. Especialmente los extranjeros y sus imitadores locales.

Pero en algo erró el poeta cuando auguró un rechazo popular si se cerraban los cosos. Eso ya ocurrió y nadie protestó.

Las plazas, como único ojo de un cíclope vencido sobre el pasado, van a cerrar todas tarde o temprano y nadie lo podrá evitar. El animalismo de cachorros en carriola y pedantes de mascota emocional en los aviones, creen haber ganado mientras levantan mierda de perro en una bolsita de plástico.

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