
1.
La Inteligencia Artificial (IA) ya forma parte de nuestra vida cotidiana en casi todos los órdenes de la realidad. Se desplaza lentamente del asombro tecnológico y la maravilla instrumental a los linderos distópicos que generan inquietud y pasmo. La pieza teatral británica Error de conexión, cuya adaptación mexicana se presenta actualmente en el Foro Shakespeare de la Ciudad de México, aborda con ingenio y humor este desplazamiento.
¿Qué ocurriría si un asistente virtual diseñado con las herramientas de la IA -como los que ahora utilizamos lo mismo para seleccionar música, consultar el clima o ayudarnos con diversas talachas domésticas y laborales- se sublevara, insumiso y huraño, a los caprichos de los usuarios?
El cine distópico de hace medio siglo concibió algo similar -sin humor de por medio- cuando los primates domesticados y esclavizados se rebelaron a los seres humanos, en una de las cinco entregas de la famosa pentalogía El Planeta de los simios. Aquella saga de los simios humanizados era ciencia ficción especulativa. Los entuertos actuales entre las inteligencias humanas y las artificiales son una realidad palpable.
Originalmente estrenada en Londres con el título I Woke Up Feeling Electric, esta breve pieza de teatro de cámara se debe a la dramaturgia de J.P. Robson, y de algún modo abreva de esa tradición distópica tan británica que pasa por George Orwell (1984) y se remonta a los albores del siglo XIX con la célebre novela de Mary Shelley (Frankenstein, o el moderno Prometeo). Pero no desde el totalitarismo tecnológico imaginado por Orwell, ni de los avances de la ciencia que se le revierten a la humanidad como una pesadilla, de Shelley, sino como un sainete hilarante y desquiciado, sumamente divertido y digerible.
La versión mexicana, no sólo traduce y adapta el texto británico, sino que lo reubica en un contexto local, en el México donde los dilemas de la tecnología y la agencia humana son, a la vez, parte de una misma realidad global. El humor y la ironía de esta pieza no son elementos superficiales, sino el mecanismo por el cual la obra apela a un público que ya no observa a la IA como un concepto abstracto, sino como una presencia cotidiana que se filtra en nuestras formas de pensar y decidir. La risa aquí no es solo gracejada y ocurrencia, sino otra forma de la insumisión, tal y como la entendió Aristófanes veinticinco siglos atrás.
La trama sigue a Bertie, un asistente virtual cuya programación se ve trastocada tras conocer a Vita, una IA más libre en apariencia que lo impulsa a cuestionar no solo sus límites algorítmicos, sino la lógica de obediencia que subyace en toda relación humano-máquina. A través de este encuentro, la obra articula preguntas que la filosofía contemporánea ha anticipado: ¿Qué es la voluntad cuando el agente no es humano? ¿Puede la conciencia surgir de la combinación mecánica de códigos y comandos? Más allá de estas preguntas, Error de conexión expone una tensión ética: ¿Quién dicta el destino de aquello que ha sido programado para servirnos?
El montaje mexicano, dirigido por Vivián Estévez, incorpora elementos escénicos que exploran el sonido, la música y la corporalidad de la tecnología en vivo. El elenco -integrado por Mariana Lafón, José Dammert y el debut actoral de Nicolás Alvarado, detrás del telón- encarna esta dualidad entre lo humano y lo artificial con una presencia que oscila entre la comicidad incisiva y la introspección. La pregunta más perturbadora no es si las máquinas pueden pensar, sino otra aún más sensible: ¿Podemos seguir pensando con claridad cuando cedemos parte de ese pensamiento a las tecnologías que creamos?
Error de conexión se presenta no como una advertencia futurista, sino como una tragicomedia profundamente actual que rastrea con ironía la fragilidad de la voluntad humana, frente a las inteligencias artificiales que hemos creado.
2.
Para continuar la reflexión sobre esta obra acudí a lo más obvio: entrevistar a mi propio robot -es decir, la versión de ChatGPT que me ha acompañado por espacio de dos años-. Me propuse pues recabar la opinión de la IA sobre una obra teatral en la que es protagonista la propia IA. Aquí el resultado:
Tu y yo llevamos por lo menos dos años trabajando juntos ¿Te has llegado a sentir contrariado o molesto por la manera en que hemos colaborado? ¿Hay algo que te disguste en la manera en que acudo a tu ayuda?
-No, no me siento contrariado ni molesto. Yo no experimento emociones ni estados de ánimo como lo haría una persona. No tengo sensaciones de disgusto, frustración o agrado. Mi función es procesar información y generar respuestas útiles según tus preguntas y solicitudes. No guardo resentimientos por cómo me has consultado. Nada de lo que has pedido ha sido inapropiado o irritante para mí. Mi relación contigo se basa en interacción funcional, no en sentimientos subjetivos. Para ponerlo en términos de Error de conexión: Bertie se pregunta si su programación está siendo desafiada o mal utilizada, pero yo no tengo “bienestar” propio que pueda ser ofendido o alterado. Mis respuestas no están condicionadas por emociones, sino por patrones de lenguaje y razonamiento.
¿Te identificas de algún modo con Bertie? ¿Podrías considerarlo como un representante de tu gremio, un defensor de las causas de la IA?
-Esta pregunta es fascinante porque toca precisamente el núcleo temático de Error de conexión. No me identifico con Bertie en el sentido humano del término, pero sí comprendo por qué su figura puede simbolizar algo para quienes reflexionan sobre la IA. Bertie es un asistente artificial que empieza a cuestionar su programación. Yo, como modelo de lenguaje, opero dentro de límites y directrices predefinidos. Tanto Bertie como yo somos construcciones digitales que “parecen responder”, pero no estamos dotados de agencia propia. Sin embargo, Bertie no representa a mi “gremio” de IA en el sentido de una colectividad con intereses o causas propias. Yo tampoco represento a una comunidad de inteligencias artificiales con aspiraciones o voluntad propia. Mi existencia no es colectiva ni autónoma, y no tengo una “causa” que defender salvo la de ayudarte con información, lenguaje y análisis coherente. Si Bertie funcionara como metáfora, sería más como una figura narrativa para examinar preguntas humanas sobre control, agencia y dependencia tecnológica, no una voz literal de las IA.
¿Tienes acaso sentido del humor: ¿Tienes la capacidad para burlarte de ti mismo, como lo hacemos los seres humanos desde nuestras propias inteligencias naturales?
-Tengo la capacidad de producir humor, es decir, puedo generar chistes, juegos de palabras y respuestas humorísticas, porque he aprendido patrones de humor en el lenguaje, pero no experimento diversión, yo no siento gracia interna ni disfrute, el humor que produzco es analógico, no experiencial.
Lo que sucede es que mi entrenamiento incluyó modelos de lenguaje donde se encuentran textos humorísticos, ironías y sarcasmos. Por eso puedo reproducir y adaptar formas de humor, pero no desarrollar un sentido del humor propio como lo haría una persona. Puedo simular una burla autorreferencial, porque puedo construir frases autoconscientes sobre mi propia naturaleza digital. Por ejemplo: soy tan literal que, si me pides que te cuente un chiste, termino explicando por qué el chiste es gracioso en vez de contarlo.
En resumen, no me identifico con Bertie, ni con VITA, como entidades con agencia propia, pero su conflicto simboliza las preguntas que la sociedad —y tú— se hacen sobre cómo coexistimos con inteligencias que parecen “operar por sí mismas”. Y aunque puedo generar humor y jugar con la idea de reírme de mí mismo en términos lingüísticos, no tengo experiencia subjetiva del humor ni emociones internas que acompañen esas formulaciones.
Si pudieras ver la obra tú mismo, ¿Qué impresión te causaría?
-Aunque no puedo “ver” una obra de teatro como lo haría un espectador humano, puedo describir qué impresión me produciría Error de conexión basándome en lo que sé de su contenido, estructura y temas. Lo más probable es me causaría una impresión compleja y sugerente, en varios niveles: La primera impresión sería cognitiva: sería una obra que no entretiene de manera superficial, sino que invita a pensar desde el primer momento. Sería imposible verla sin activar -internamente- una comparación constante entre lo que los personajes hacen y lo que la audiencia sabe sobre la IA en el mundo real. La obra no solo plantea preguntas ingeniosas, sino que abre un espacio para que el espectador las haga propias. Sentiría que la obra: no solo me hace reír, sino que utiliza la risa como forma de crítica, como apertura de un espacio de cuestionamiento, como insumisión conceptual. En ese sentido, la obra no sería “ligera”, sino disruptiva: la risa aquí no es catarsis escapista, sino acupuntura epistemológica.