
Aunque he mejorado, soy un mal espectador de series. Me pierdo, no me dejo atrapar o simplemente no me gustan, pero fuera de algunas pocas (mi última preferida, “Gringo Hunters”, de la brillantísima pluma del legendario Yorch Dorantes) la verdad es que soy mas de libro que de pantalla.
Confieso lo anterior con cierta pena y sin arrogancia alguna.
Llegué a la lectura de una manera natural, nacido en los patilludos años setentas, recuerdo a mi papa llegando cada semana con varias revistas, entre las que siempre estaban el “Proceso”, “La familia Burrón”, y en muchas ocasiones también el “Quehacer Político” e “Impacto”. Puedo afirmar que aprendí a leer con esos textos, y hasta la fecha recuerdo sabrosas frases de la Borola Burrón como aquella de “su boca es la medida, joven” cuando se refería a un personaje particularmente tragón.
En casa de mis abuelos paternos llegaba el “Selecciones” y compraban “Contenido”.
También había algunos libros en casa, y mi familia se preocupó porque tuviéramos enciclopedias, esa forma arcaica de la Wikipedia, que se compraban a plazos. Entre ellas recuerdo la “Quillet” y “El Tesoro de la Juventud”. Recuerdo también “El misterio de las catedrales” del alquimista Fulcanelli, así como una infumable novela costumbrista llamada “El señorito Octavio”, y un almanaque de 1869.
Así, leer fue para mí algo que vi en casa y a lo que naturalmente me incliné.
Por alguna razón que no recuerdo fui derivando hacia las lecturas literarias, desde “Los de abajo”, libro tan mexicano como universal, hasta “Corazón, diario de un niño” y su travesía de los Apeninos a los Andes.
Leer novelas es algo que nunca he dejado de hacer. La última “Todas las almas”, de esa pluma de estilo privilegiado que fue la de Javier Marías; tampoco he dejado los cuentos, que siempre se agradecen por su cortedad. Tal vez mi favorito hoy sea Manuel Mújica Lainez, aunque sigo masticando “El astillero” de Onetti.
Y las dos primeras novelas del detective Belascoarán Shayne, de Taibo, me atrapan, aquella pregunta “¿está usted seguro, mi General?” me sigue erizando la piel. Igual gocé con “Ensayo de un crimen”, de Usigli.
También tengo el virus de la lectura poética, y en estos días brinco de Pellicer a González Martínez, tan distintos entre si, pero hermanados en lo insustituible. Villaurrutia y Owen me son entrañables, mientras que Borges me conmueve por su hondura, de quien no puedo leer “La lluvia”, sin recordar la voz deseada de mi padre, que aún no vuelve y sigue muerto.
En teatro, me he divertido con Shaw y asombrado con Chejov y Garro (“Un hogar sólido” me voló la cabeza).
Pero creo que mi género favorito son las memorias. Mi recuerdo, que no engaña pero que oculta, dice que las primeras que leí fueron el “Ulises criollo”, de Vasconcelos, ese hombre infectado de grandiosidad, que no de grandeza, y que como nadie utilizó el adjetivo descalificativo; después he leído lo mismo memorias de jueces ingleses, mexicanos y americanos, que ese volumen interesantísimo de Maragaret Thatcher, que tanto provecho dan a cualquiera que se dedique a la política práctica.
Las memorias de guerra de Churchill son, sin duda, un paseo trepidante. “Cartucho”, de Campobello, me asombró por la mirada infantil que narra la crudeza de nuestra Revolución.
En estos momentos leo “Las sombras largas”, memorias de ese ser literario que fue José Juan Tablada. El fin del porfirismo, el viacrucis de Madero y las transformaciones de un personaje medio olvidado pero inolvidable. Desde el librero, “La estatua de sal”, de Novo, me observa esperando su próximo turno.
Mi vista no es buena. Nunca lo fue del todo y ahora menos, lo que vivo sin queja y aceptando que los colores poco a poco se hacen más sutiles; pero esto me ha hecho selectivo y ahora soy mucho más cuidadoso para seleccionar aquello con que desgastaré las miradas que me quedan, pues no es cosa de después dolerse de haber leído lo que nunca debió llegar al papel (o al lector digital).
Así, básicamente soy un lector con particular gusto por los libros usados, esos que ya pasaron por uno o dos dueños, de los que no me siento propietario sino mero poseedor temporal, sabiendo que unos ojos mejores que los míos, en treinta o cuarenta años, también gozarán con su lectura.