Opinión

Esquizofrenia, sismos y víctimas

Al mediodía, al menos cuatro personas en situación de calle siguen durmiendo en el atrio de la iglesia de Coyoacán (Iván Guevara Ramírez/Iván Guevara Ramírez)

La tarde dominical parecía tranquila. Al activarse por tercera vez en el año la alerta sísmica, a partir de un incidente mortal contra un enfermo y del programa en construcción respecto de las personas en situación de calle, no dejo de preguntarme cómo la enfrentan personas con esquizofrenia.

¿Intensa amenaza por la hipersensibilidad? ¿Confusión alucinada por la sobrecarga sensorial? La calle es el último refugio de quienes han sido expulsados de todos los sistemas: familiar, laboral, económico, conyugal. El más trágico, el de la cordura.

La esquizofrenia callejera representa el síntoma de los límites de la arquitectura social con grietas estructurales. Siguen deambulando algunas de ellas y ellos entre esos intersticios.

La semana pasada uno de ellos, por definición carente de conciencia sobre la manera como los demás perciben sus exabruptos, fue asesinado en la CDMX. Un detenido.

A nivel global, la crisis de los “sin techo” ha alcanzado dimensiones de emergencia humanitaria silenciosa. La ONU estima más de 100 millones de personas carentes de un hogar y mil 600 millones en viviendas inadecuadas. México no es ajeno a esta inercia, con una población nacional en situación de calle que, según cifras oficiales, ronda las seis mil personas. Muchas de ellas padecen enfermedades mentales de por vida.

El censo más reciente de la Secretaría de Bienestar e Igualdad Social revela casi 2 mil 900 personas en la vía pública de la capital nacional, el 35 por ciento en la alcaldía Cuauhtémoc. El fenómeno es más vasto.

Quienes viven en situación de calle enfrentan una exclusión multifactorial. La salud mental es el desafío más crítico. Esquizofrenia, trastorno bipolar o psicosis no tratadas transforman la calle de un espacio de tránsito en una celda sin muros. Agreguemos mujer, migrante, indígena, consumo problemático, manipulación por delincuentes. Los nombres y silencios de la tragedia se esconden en los rincones.

En este contexto, la instrucción de la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, por abordar el problema desde una perspectiva humanista es necesaria y reivindicativa. La ruta inició con una reunión interinstitucional estratégica encabezada por Araceli Damián, secretaria de Bienestar e Igualdad Social, donde se discutió un nuevo modelo de atención integral ante un desafío transversal que requiere salud mental, gobernabilidad y justicia social.

Al poner el énfasis en las y los más vulnerables, especialmente aquellos con padecimientos mentales, se transita de una política de “limpieza” a una de “cuidados”. No se trata de quitar a las personas de la vista para no incomodar, sino de integrarles a un sistema que reconozca su dignidad. La apuesta es ambiciosa porque implica desafiar el estigma y la inercia de una burocracia que tradicionalmente ha visto a la población de calle como un problema de orden público y no de salud.

Este cambio de paradigma es parte del acercamiento territorial característico del trabajo de Brugada. El programa Casa por Casa en zonas periféricas y complejas como Topilejo es ilustrativo. Permite identificar focos de abandono ignorados cuando se hace política de escritorio. “Escuchar y atender lo que impacta en la vida diaria de sus habitantes”, señala la mandataria.

La estrategia se complementa con una visión tecnológica para devolver la tranquilidad a las comunidades apartadas. En esa zona de Tlalpan la cobertura en videovigilancia pasó de 238 a 507 cámaras un incremento en un año.

Jean-Jacques Rousseau sugería la obligación del cuerpo político de preservar a sus miembros. Esta noción extendida al siglo XXI implica salud mental o su alivio relativo. Existen pasos para saldar la deuda histórica con las y los habitantes más invisibles. Los desafíos incluyen a toda la comunidad. La esquizofrenia callejera es un grave extremo de la desigualdad. Sacude nuestra comodidad, más que cualquier alerta dominical.

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