Opinión

El circo global del Súper Bowl

Presentación de Bad Bunny en el Super Bowl (EFE/Chris Torres)

La cultura es lo que permanece cuando todo lo demás se olvida, escribió Edward T. Hall. Pocas frases describen mejor lo ocurrido en el Súper Bowl LX, un evento que hace tiempo dejó de ser solo un partido de fútbol americano para convertirse en el ritual mediático más influyente del mundo contemporáneo. Antes que competencia deportiva, el Súper Bowl es una vitrina donde convergen consumo, identidad, espectáculo y poder simbólico. El juego funciona como pretexto para una puesta en escena que revela correlaciones culturales mucho más profundas. No es exagerado decir que hoy el Súper Bowl opera como una suerte de termómetro civilizatorio.

La edición LX, celebrada el domingo, volvió a confirmarlo. Más de 135 millones de personas lo siguieron en todo el mundo, rompiendo récords de audiencia. El costo de un anuncio de treinta segundos alcanzó, en algunos casos, los diez millones de dólares, consolidando al evento como una plataforma de validación cultural, donde marcas, discursos y narrativas buscan legitimarse ante una audiencia global. El impacto económico acompaña esa dimensión simbólica. México exportó a Estados Unidos cerca de 110 mil toneladas de aguacate para la jornada, equivalentes a unos 250 millones de piezas, con una derrama estimada en más de 300 millones de dólares. El ritual también se come.

En ese contexto apareció Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, como protagonista del espectáculo de medio tiempo. La apuesta fue clara: un recorrido cargado de símbolos latinoamericanos y en español, una decisión que desplazó el centro cultural del evento sin aspavientos ni declaraciones explícitas. El gesto, por sí mismo, fue el mensaje. La presencia de invitados como Karol G, Cardi B y Pedro Pascal reforzó la idea de una latinidad globalizada, ya no periférica, sino central en la industria cultural. Lady Gaga funcionó como figura de enlace, un puente entre el pop estadounidense tradicional y la herencia caribeña, certificando la traducción de lo latino al lenguaje dominante del espectáculo global. El cierre, cuando Bad Bunny mencionó uno a uno a los países del continente, subrayó una afirmación elemental pero incómoda para algunos: América es un continente, no un país, y su mayoría es latina.

Desde la lógica del marketing, la jugada fue quirúrgica. La NFL proyectó una imagen de apertura y ruptura controlada con el establishment. En el plano sociopolítico, la elección de Bad Bunny anticipaba la polémica. Su historial de críticas al ICE y su oposición pública a Donald Trump lo convertían en una figura ideal para generar conversación sin desbordar los márgenes del sistema.

Esta figura del artista que incomoda bajo reglas conocidas no es nueva en la cultura estadounidense. Elvis Presley escandalizó a la moral conservadora desde la televisión abierta; Bob Dylan electrificó el folk y traicionó las expectativas políticas de su generación. Ambos fueron absorbidos por la industria mientras encarnaban una rebeldía simbólica. Bad Bunny ocupa hoy un lugar similar: una transgresión cuidadosamente administrada.

Su propio discurso artístico está atravesado por contradicciones. Canciones como “Yo perreo sola” colocan en primer plano la agencia femenina, mientras otras letras reproducen esquemas tradicionales del reguetón, en los que el deseo y las mujeres aparecen cosificados. Al mismo tiempo, temas como Andrea denuncian la violencia estructural contra las mujeres. En el plano estético, el artista ha desafiado los códigos de la masculinidad dominante, denunciando la transfobia y explorando una ambigüedad de género poco habitual.

Tras el espectáculo, Donald Trump reaccionó desde Truth Social calificando el show como uno de los peores de la historia y cuestionando el uso del español. La crítica, lejos de desactivar el mensaje, lo amplificó. El Súper Bowl LX cerró, así, como un éxito de marketing y conversación pública: un cruce cultural donde la rebeldía fue visible y perfectamente contenida.

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