
De los distintos funcionarios que han caído en desgracia en fechas recientes, tal vez el más representativo sea Marx Arriaga, recientemente destituido como director de Materiales Educativos de la SEP, pero al momento de escribir estas líneas, todavía atrincherado en sus oficinas y “en pie de lucha”.
¿Por qué digo que es el más representativo? Por varias razones, que reseñaré a continuación.
En primer lugar, porque Arriaga es parte del ala más radical y dura de la 4T. Es uno de quienes piensan que el Movimiento debe mantener su pureza y su dureza. Y es de los que entienden pureza como rechazo a lo que consideran como desviaciones de la línea correcta.
¿Quién decide lo que son desviaciones y lo que no? Los mismos puros, instalados en la certidumbre de que ellos tienen la razón, y de que no hay más ruta que la de ellos. En su visión purificadora, están dispuestos a condenar no sólo a los opositores al gobierno, sino también a los compañeros de ruta que no coinciden con ellos en tiempos, formas y hasta en los detalles. Ambos son igualmente objeto de persecución y repulsa. La escuela estalinista, pues.
Marx Arriaga dice hablar en nombre del obradorismo. Al hacerlo, da a entender que él, a diferencia de otros, sigue puntualmente la ideología y las intenciones del expresidente López Obrador. En otras palabras, desconoce como obradoristas a los otros componentes, mayoritarios, de la 4T y se acoge a la sombra protectora del Peje para afirmar que, en la disputa interna, él tiene la bendición tácita del caudillo.
En esa disputa, Arriaga llegó a confrontar directamente al secretario de Educación, al que acusa de neoliberal, y convocó a los maestros más radicales a formar Comités de Defensa de los libros de texto y de la Nueva Escuela Mexicana, de la que dice ser el padre. La rebelión surgió como respuesta a modestos intentos de hacer cambios a los libros, para eliminar algunos errores garrafales y excesos retóricos, así como introducir a más mujeres en la historia nacional.
No se trata, como dijo la presidenta Sheinbaum, de poner fin al concepto general de la Nueva Escuela Mexicana, implantado el sexenio pasado. Nada más hacer unos cambios cosméticos, para que no sean tan evidentes los errores o el maniqueísmo. Pero la lógica de Marx Arriaga, la de los puros y duros, está en el mantra de “no le cambien ni una coma”, que tan bien se aplicó en el pasado gobierno. Resulta que el joven Marx siente que él es el canon, y toda corrección es anatema, es desviación neoliberal.
El atrincheramiento en las oficinas, como si éstas fueran la fuente de autoridad (no ha sido el único en hacerlo), las declaraciones de sus simpatizantes, en el lenguaje de la CNTE más atrasada, y las amenazas no tan veladas para echar atrás las decisiones del gobierno federal, dan cuenta de una gran soberbia y falta de visión, pero también de la sensación de sentirse arropado por fuera.
La timidez con la que el gobierno ha tratado al funcionario insurrecto es indicativa del temor que hay a romper la más mínima lanza con López Obrador (aun cuando el apoyo del expresidente pueda ser más imaginario que real). Pero Sheinbaum tampoco puede echarse para atrás. Menos, cuando la gran mayoría de Morena rechaza actitudes divisionistas y extremas como las de Arriaga, y cuando hay tantos frentes abiertos. Arriaga se tiene que ir, para bien de todos, y no quedar en ningún lado más que en el Ejército Seudointelectual de Reserva (por usar un buen término de origen marxiano).
En este último sentido, el de la insurrección, caso de Marx Arriaga es también el más representativo: deja claro que el ala radical, pura y dura de Morena no dejará de moverse, estorbando el quehacer del resto.
Finalmente, Marx Arriaga también es representativo por los excesos de poner la ideología y la política por delante de todo. Él mismo dice que diseñó (¿él solito?) los libros de texto “desde el obradorismo”. No desde la pedagogía, sino desde una corriente política específica. La idea es generar desde la escuela una forma de pensamiento acorde con los puntos de vista del particular populismo mexicano: un mundo de lucha constante entre buenos y malos previamente definidos, explotadores y explotados, colonizadores y colonizados que se resisten. Todo, simplificado lo más posible, a partir de los manuales antiguos de un barniz de marxismo mal digerido (¿Alguien se acuerda del libro De Espartaco al Ché y de Nerón a Nixon?).
Marx, el verdadero, Karl, tenía como lema “De todo se debe dudar”. Falsos prosélitos como su tocayo tercermundista creen que tienen la verdad en la mano. No sólo eso: creen que la pueden imponer a la sociedad, y distorsionar el gusto por el conocimiento, al grado de hacer que la lectura por placer sea “burguesa” y por lo tanto objeto de escarnio y persecución… como en la revolución cultural china, que tanto daño le hizo a ese gran país.
Por lo mismo, termino esta columna con unos versitos que realizó en 2022 un tuitero del que soy amanuense:
Poema didáctico para leer sin placer, dedicado al camarada Marx*
Envueltos en su placer
Señoritos hedonistas
Leen para gozo tener
¡Malditos neoporfiristas!
Hay que tener noción,
Pero no de sentimientos:
¡De tasas de explotación
De cuatrocientos por ciento!
(*Arriaga)
fbaez@cronica.com.mx
Twitter: @franciscobaez