Opinión

Javier Marín y Gaudí

Javier Marín y Gaudí

1.

En marzo de 2025 el Patronato de la Junta Constructora de la Catedral de Sagrada Familia en Barcelona -obra emblemática e inconclusa del célebre arquitecto Antoni Gaudi (1852-1926)-, anunció a los tres seleccionados para participar en el concurso internacional por el cual se comisionará a un artista contemporáneo para intervenir y concluir la Fachada de la Gloria, la tercera de las tres que delimitan al mayor icono arquitectónico de la capital catalana.

Se anunció entonces que dos españoles, Miquel Barceló y Cristina Iglesias, y un mexicano, Javier Marín, resultaron los artistas preseleccionados. Una noticia mayor para el arte de nuestro país que ha pasado un tanto inadvertida. Entiendo que en las próximas semanas los tres artistas presentarán sus propuestas, tras lo cual el Patronato seleccionará al artista o los artistas que finalmente ejecutarán la obra. Antes de que termine la primavera conoceremos los resultados. Cabe señalar que el concurso fue por invitación, no mediante convocatoria abierta. Digno de celebrar que sus organizadores hayan volteado la mirada a México.

El encargo consiste en proponer una solución escultórica para el acceso principal del templo concebido en su conjunto por Antoni Gaudí. La Fachada de la Gloria representará el camino de la humanidad desde el pecado y la vida terrenal hasta la redención y la gloria celestial. Se trata del gran pórtico teológico del templo, pendiente de concluir desde hace más de un siglo. Un desafío extraordinario, pensado para conmemorar el centenario luctuoso del gran arquitecto catalán.

La fachada de la Gloria incluirá una extensa decoración escultórica con más de cien figuras que simbolizarán la historia de la humanidad desde Adán y Eva hasta el Juicio Final, incluyendo representaciones del cielo y el infierno. Además, se contempla la construcción de una escalinata, cuyo diseño y ejecución están siendo negociados con el ayuntamiento y los vecinos del lugar.

La singularidad del concurso se explica por una circunstancia histórica. A diferencia de las fachadas del Nacimiento y de la Pasión, de la fachada de Gloria no hay documentación o instrucciones de Gaudí a posteriori. Esa escasez ha obligado a la Junta Constructora a trabajar durante años con comisiones internas -teológicas, artísticas y técnicas- encargadas de definir un marco interpretativo que oriente cualquier intervención contemporánea, y evite decisiones arbitrarias.

La historia del templo ayuda a dimensionar la magnitud y trascendencia del encargo. Las obras comenzaron el 19 de marzo de 1882 bajo la dirección de Francisco de Paula del Villar. En 1883, tras su renuncia, Gaudí asumió el proyecto y transformó radicalmente su escala y lenguaje arquitectónico. Desde entonces, la construcción ha atravesado generaciones, interrupciones y debates, hasta convertirse en uno de los emblemas arquitectónicos más reconocibles del mundo. Su condición de patrimonio mundial inscrito por la UNESCO refuerza el carácter excepcional de cualquier intervención.

Vale la pena recordar para este caso el precedente de la fachada de la Pasión. En 1986 la intervención escultórica fue confiada a Josep María Subirachs. Su lenguaje anguloso y expresionista generó un debate intenso sobre la legitimidad de introducir una estética contemporánea en una obra asociada al imaginario de Gaudí. Con el tiempo, esa intervención fue asimilada, pero el episodio dejó una lección institucional: cualquier decisión estética en la Sagrada Familia se convierte en discusión pública.

La fachada de la Gloria representa la última gran fase monumental del conjunto. A diferencia de las otras fachadas, cuya iconografía se consolidó hace décadas, esta sección concentra hoy la tensión entre archivo y presente. No existe un “manual” completo dejado por Gaudí. Existen intuiciones, bocetos parciales, principios estructurales y un programa teológico amplio que ha debido reinterpretarse a la luz del siglo XXI. Esa condición convierte al concurso no sólo en una competencia artística, sino en una operación hermenéutica.

2.

En ese escenario se inscribe la participación de Javier Marín. No se trata de una cuota geográfica. El escultor mexicano llega a este punto con una trayectoria internacional consolidada y con experiencia en obras monumentales insertas en espacios públicos complejos.

Marín (Uruapan, Michoacán, 1962) se ha consolidado como uno de los escultores mexicanos de mayor proyección internacional en las últimas décadas. Su obra ha sido exhibida en museos y espacios públicos de México, Europa, Asia y América. Sus piezas monumentales han cruzado los dos océanos estableciendo un diálogo perdurable entre la escultura -de aliento clásico y entonación contemporánea- el paisaje urbano, la plaza pública y el tránsito humano.

Su lenguaje escultórico es reconocible. Trabaja con barro, bronce, cera, resinas y materiales híbridos. Pero más allá de la técnica, lo que define su propuesta es la exploración de la anatomía como territorio simbólico. Sus figuras -cabezas desproporcionadas, torsos fragmentados, cuerpos ensamblados, estatuas ecuestres de matices cromáticos inusuales- no buscan la perfección clásica, sino la intensidad expresiva: un homenaje deconstruido y sumamente personal al temperamento barroco del arte en Occidente.

En sus piezas hay costuras visibles, cicatrices, desproporciones deliberadas. La fragmentación no es un defecto, sino una declaración estética. El cuerpo humano en Javier Marín aparece como ruina en proceso continuo de redención. Esa tensión produce una monumentalidad que no es grandilocuente, sino orgánica. Hay, en efecto, una permanente tensión entre lo mineral y lo orgánico en sus obras, entre el volumen rígido y la materia fluida, entre lo pétreo y lo espiritual, entra la quietud y el movimiento. Una coreografía escultórica para la danza infinita de los cuerpos.

Este repertorio bien podría dialogar con el programa iconográfico de la Fachada de la Gloria. Javier Marín posee la experiencia, la técnica y le lenguaje escultórico capaz de sostener un diálogo innovador con la obra cumbre de Gaudí. Lo respalda su trabajo monumental en el retablo mayor y presbítero de la Catedral de Zacatecas, una de las piezas más sorprendentes de lo que podríamos llamar como el nuevo barroco mexicano.

Marín, quiero pensar, no replicaría estilos desde la literalidad, ni pretendería mimetizarse con Gaudí hasta desaparecer como autor. El reto será otro: traducir la visión de la monumentalidad contemporánea que lo caracteriza a un marco teológico y espacial cuidadosamente delimitado por el proyecto mismo. No suena fácil, pero se antoja como una tarea asequible para uno de nuestros mayores escultores. No bastará con trasponer la potencia formal de su obra previa al nuevo proyecto, deberá a su vez resultar legible en el idioma litúrgico del templo y, al mismo tiempo, en el idioma urbano de la ciudad cosmopolita que lo rodea.

3.

La noticia trasciende el ámbito estrictamente artístico: tiene implicaciones directas para la proyección internacional de México y para el horizonte de su diplomacia cultural. Que un escultor mexicano figure entre los convocados para intervenir uno de los templos más emblemáticos de Europa no es un gesto menor, sino un reconocimiento a la creatividad mexicana, capaz de establecer un puente entre nuestros particularismos locales y la cultura global.

En tiempos en que la presencia exterior de un país se mide también por la densidad de sus creadores, esta participación confirma que el arte mexicano no ocupa un margen, sino que dialoga en el centro de las conversaciones culturales contemporáneas.

Lo internacional -cuando es verdadero- no funciona como pasaporte sino como espejo. En la circulación global del arte contemporáneo, un artista mexicano no abandona su país: lo reinterpreta en cada espacio donde expone. México no se diluye; se filtra en la manera de modelar la materia, en la densidad dramática del gesto, en cierta conciencia barroca que reconoce la historia de México y su vínculo histórico con Europa en cada pliegue.

La participación de Javier Marín en este concurso confirma que el arte mexicano forma parte activa de las conversaciones centrales del siglo XXI. No se trata de una anécdota nacionalista, sino de una inserción en un proyecto arquitectónico que es patrimonio de la humanidad. La visibilidad internacional no es solo prestigio; es responsabilidad. Implica demostrar que la tradición escultórica mexicana puede dialogar con uno de los templos más emblemáticos de Europa sin perder identidad ni rigor contemporáneo.

El concurso de la Fachada Gloria es, en última instancia, una negociación entre memoria y futuro. Si Javier Marín resultara elegido, su intervención no sería únicamente una obra escultórica, sino un gesto de traducción cultural: del barro al bronce, del cuerpo a la piedra, de México a Barcelona.

En ese tránsito, lo internacional dejaría de ser etiqueta para convertirse en diálogo real. Y la fachada, más que una conclusión arquitectónica, sería la expresión más acabada de una nueva era donde los viejos nacionalismos y las fronteras rígidas se diluyen, en el océano de la interculturalidad decolonial.

Tendencias