Opinión

El secretario de Estado de EU anunció en la Conferencia de Múnich que bajo el liderazgo de Trump se propone hacer a Occidente grande otra vez

Misión renovada

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Conferencia de Munich El secretario de Estado de EU, Marco Rubio, aprovechó el 14 de febrero, día del amor y la amistad, para tender la mano a Europa (EFE)

A finales del siglo XIX las potencias imperiales del momento, fundamentalmente europeas, decidieron en el marco de la conferencia de Berlín, entre 1884 y 1885, repartirse el mundo, particularmente África y Asia, para asegurarse su dominio y al mismo tiempo impedir un choque de trenes entre ellas.

Ello implicó que las posesiones coloniales repartidas, afianzarían el poder político, económico y comercial de los imperios, pero también desde un punto de vista civilizacional, asumirían la misión de sacar de la barbarie y el atraso a los pueblos y habitantes de las regiones subsumidas en función de la supremacía cultural, social y filosófica -autoasumida desde luego- de los imperios respecto de los territorios y pueblos colonizados.

No está de más recordar que el sentido de misión tiene originalmente una connotación religiosa, siendo probablemente el cristianismo y el islam las dos grandes religiones con un sentido profundo de conversión y superioridad inherente.

Para América Latina y el Caribe, el siglo XIX representó la emancipación de los imperios español y portugués principalmente, pero también el largo y aciago camino hacia la consolidación del Estado nacional. Es de sobra conocido el resultado de la misión civilizatoria del mundo occidental respecto de sus colonias con aspectos positivos en diversas áreas, pero también con una carga infame de dependencia, sumisión, atraso e inequidad.

La sucesión de las dos guerras mundiales en la primera parte del siglo XX daría paso al colapso de los imperios europeos y a la emancipación paulatina de las otrora colonias.

Con la creación de la Organización de las Naciones Unidas iniciaría un proceso encomiable, probablemente uno de sus logros más satisfactorios, que fue el impulso y consolidación de un amplio movimiento de descolonización. Cosa de tener presente que una de las seis comisiones de la Asamblea General de la ONU fue creada con el objetivo muy concreto de contribuir al esfuerzo descolonizador con base en reglas y consensos establecidos, hasta que el éxito de sus logros acabó dejando a esa comisión sin sustento.

A la fecha la ONU cuenta con 193 Estados miembros lo que refleja en muy buena medida los cambios experimentados en las relaciones internacionales en materia de emancipación, tomando en cuenta que tenía 51 en el momento de su creación en 1945.

Desde una perspectiva histórica, la aparición, surgimiento y colapso de los imperios es un fenómeno casi consustancial al desarrollo político, económico y social de la humanidad, por lo que no debía sorprender la repetición del mismo a lo largo del tiempo.

Sin embargo, más de ciento cuarenta años después de la conferencia de Berlín, ahora en Munich, en el contexto de la conferencia anual sobre seguridad que tiene lugar en esa ciudad alemana, parecería que se escucharan ecos de esos intereses imperiales que en su momento llevaron a la mesa de las negociaciones la propuesta de repartición y dominación del mundo entre los imperios con su respectiva misión civilizatoria, y desde luego con una división maniquea de buenos y malos.

No es fácil concluir que puede ser más delirante en ese contexto, si el planteamiento renovado de llevar a cabo una especie de división del mundo o si lo es más bien los personajes que lo proponen y quienes lo aplauden.

Si bien no fue el único personaje delirante en escena con ideas civilizatorias y de dominio, probablemente el discurso del secretario de Estado norteamericano sea el caso más emblemático.

Celebradas sus palabras con atisbo de euforia por los anfitriones del encuentro y buena parte de los llamados aliados europeos, el funcionario sugirió trazar el camino hacia un nuevo siglo de prosperidad -desde luego con la guía de su país-, pero con el deseo de que sea de manera conjunta con sus valiosos aliados y más antiguos amigos, es decir: con una “Europa orgullosa de su legado y de su historia… que posee el espíritu de creación y libertad que envío barcos a mares desconocidos y dio origen a nuestra civilización.”

Aunque el secretario se encargó de exponer en su discurso el vínculo italiano y español de sus ancestros, es difícil obviar como se apunta en su propia biografía (de fácil consulta en internet) que es un ciudadano estadounidense de origen cubano de Miami, Florida. Con orgullo le dijo a la audiencia reunida en Munich: “… aquí estoy, recordando, mi propia historia, que nuestras historias y nuestros destinos siempre estarán entrelazados. Juntos construimos un continente destrozado tras dos devastadoras guerras mundiales.”

Una vez establecida su identidad occidental les propuso: “no buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad y renovar la mayor civilización de la historia de la humanidad… La alianza que queremos -su país- es una alianza que no esté paralizada por el miedo. El miedo al cambio climático, el miedo a la guerra, el miedo a la tecnología…. Y sobre todo, una alianza basada en el reconocimiento de que nosotros, Occidente, lo que hemos heredado juntos es único, distintivo e irremplazable. Porque ese es, después de todo, el fundamento mismo del vínculo transatlántico.”

El secretario tuvo el tino de recordar al auditorio que todo eso es lo que se propone el presidente de su país bajo cuyo liderazgo será posible restaurar la grandeza perdida, una especie de hacer a Occidente grande otra vez.

Las palabras pronunciadas debieron ser un alivio para la sala, después de lo expuesto con tono rudo y vigoroso el año pasado por el vicepresidente norteamericano, quien hizo llorar al presidente de la conferencia ante la severidad de sus planteamientos de crítica a los países europeos.

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