La batalla artillera y aérea contra el Cártel Jalisco Nueva Generación, resuelta a sangre y fuego con el insustituible auxilio de drones y espías de los Estados Unidos (¿quién ayuda a quién?) nos recuerda --voluntaria o involuntariamente-- la llamada guerra de Calderón tan censurada y demonizada en discursos y panfletos electrónicos morenistas cuando se condenaba la acción militar directa contra el crimen organizado, cuyo paso siguiente fue una tolerancia abrazadora sin disimulo (soltar al capito --Chapito-- cuando ya se le había capturado en medio del “culiacanazo”, por ejemplo), cuyas consecuencias ahora vemos y padecemos, doscientos mil muertos después, nos lleva de regreso a años atrás hacia esa nebulosa región conocida como el pasado o lo pretérito, cuyos contornos se nos adivinan difusos, en un viaje inclemente cuyo curso ha superpuesto otra realidad, otro espejismo, otra memoria resucitada del olvido, por eso desde ahora y quien sabe por cuánto tiempo más recordaremos el futuro como hermano gemelo de las cosas pasadas.
“Quisiera no tener memoria --dice Elena Garro en su gran novela “Los recuerdos del porvenir” -- o convertirse en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme”.
Pero no sólo en la beligerancia contra el crimen se expresa nuestra vocación inconfesable de volver al pasado con los ojos dizque puestos en el futuro.
Por un lado, una cadena; por el otro, una falsedad impuesta por (otra vez) lo anterior, en este caso el precedente (presidente), más cercano.
Obviamente la presidenta de la república lo niega, pero no es la suya palabra infalible ni verdad de acatamiento obligatorio. Podemos creer o dudar. O negar.
No queremos progresar ni sabemos cómo vivir sin el ancla de un tiempo pretérito del cual somos hijos o al menos entenados sujetos con cadenas al pasado.
No solo se imita, copia, reproduce o resucita la estrategia antes descrita como el garrotazo contra el avispero; no, también en otras materias sin fragor militar ni soldados muertos en medio de sollozos del generalato se regresan relojes y calendarios, como es el caso de la estructura político electoral cuya reforma nos lleva de viaje --en medio de protestas de especialistas, funcionarios de antaño y hasta aliados de hogaño-- a los esplendorosos años del control priísta de la vida pública --y más--, cuando hasta el sistema electoral podía caerse sin mayores consecuencias inmediatas y las elecciones un trámite, no un requisito republicano imprevisible.
El fundamento de un sistema representativo y federal es la limpieza de la representación; la efectividad y calidad del sufragio, cosas ya perdidas quizá para muchos años por venir, firmemente asentados en anteriores modelos, porque la sobrerrepresentación mañosa actual en el Congreso y la poda (¿joda?) institucional en la organización, calificación y legalidad del sistema electoral con las arcas públicas en favor de los programas clientelares (a fin de cuentas compra anticipada de votos), pervierte un sistema gracias al cual los vencedores de hoy preparan la siguiente etapa de la conquista política: el arrasamiento de los (pocos) opositores, la tierra quemada, la limpieza “étnica”; su anulación, la mutilación de sus posibilidades para condenarlos a un enano y crónico porvenir bajo la simple fórmula: todo conmigo; nada contra mí. No hay más ruta que la nuestra, como decían los viejos comunistas. Todo sea por la causa.
Nadie crece, nadie sube porque el gobierno lo controla todo, los jueces electorales, los organizadores, el Instituto, los tinterillos, los diputados, los senadores, los presidentes municipales, los cabildos y las sacristías del poder; los memes y los bots; las redes y los medios formales. Nadie protesta, todos callan y alzan los hombros como antes, en aquel pasado de infalible perspicacia electoral: --¿Y para qué voto si ya se quién va a ganar? Por un tiempo el país jugó con cartas democráticas. Fallida o no, hubo en la alternancia y sus modalidades, tiempos gozosos y errores de menor cuantía. Pero alguien sentado en la derrota sembró falacias e inventó fraudes electorales existentes sólo en su rencor perdidoso en medio de una escenografía de carpa con la entronización de un “presidente legítimo” autodesignado y auto coronado a la manera de Zúñiga y Miranda.
Y desde ahí vienen la tirria y el encono contra las instituciones a las cuales era necesario y después obligatorio y más tarde hereditario mandar al demonio, al diablo, al reino luciferino. El futuro nos empuja al ayer. Por eso estas palabras salen sobrando: “Yo como presidenta estoy obligada a enviar una reforma que contenga lo que me pidió la gente (¿cuál gente?) y lo que vemos en las encuestas (¿cuáles encuestas?), sino pues estaría negando nuestro origen, lo que somos. Yo estoy obligada a hacerlo, para mí es un asunto de principios, que no cuesten tanto las elecciones, que no haya estas listas de cúpulas de partidos, eso no lo quiere la gente. Estoy obligada a enviarlo.
“‘Oye, ¿que es partido de Estado? No. “Oye, quitamos la autonomía al INE. No”. Las explicaciones no convencen ni siquiera a los rejegos aliados cuyo destino se juega al volado con una moneda de lados iguales. Muy caros les van a costar ahora los parásitos minoritarios. Las amibas destruyen hígados y estómagos. Fagocitan el organismo donde se alojan, producen hemorragias internas. --¿Qué prefieres?, le preguntaron a un líder parlamentario: ¿Alianza o reforma? Y respondió alianza, pero hoy los coaligados han construido una nueva forma de cohesión, de ligadura: mantenerse atados para oponerse.
Son aliados y adversarios al mismo tiempo y no importa si defienden su sobrevivencia (el dinero estatal y las canonjías plurinominales) con mentiras o falacias. De todos modos, cada parte empuja y defiende sus falsedades.
La madre de todas las batallas no se dará entre adversarios (y esa es quizá la única diferencia con el pasado); se va a dar entre aliados. Si los partidos Verde y del Trabajo pierden la apuesta podrían perder la vida. Si la presidenta ve a su iniciativa morder el polvo, perderá autoridad política por arrobas. De nada le servirá repetir, como ya dijo: yo ya cumplí (al presentar la iniciativa).
No. Cumplirá si logra la reforma como quería el autor de tan caprichosa transformación electoral, no con el fracaso tras la presentación.