Opinión

Brugada y Moro en la Magdalena

Clara Brugada, jefa de Gobierno de la CDMX

Conforme avanzamos se aleja y simultáneamente nos apropiamos de ella.

En 1516, Tomás Moro planteó la isla de Utopía como una crítica a la desigualdad de su tiempo. Medio milenio después, la Magdalena Mixiuhca materializa esa voluntad de orden y justicia bajo el rigor de un nuevo urbanismo social.

Este domingo, al inaugurar la Utopía Mixiuhca, ese emblemático “lugar del parto” por su significado en náhuatl, la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, no solo entregó infraestructura, fortaleció una política de economía del tiempo y cuidado.

Espacio en confluencia con una lógica medioambiental con 48 mil 500 metros cuadrados —más del doble de su superficie— de áreas verdes, así como la siembra de más de 55 mil plantas y 200 árboles, sin que hubiera tala de ningún tipo a pesar de las extrañas versiones en contrario publicitadas sorprendiendo a propios y extraños.

Se transforma el concepto de “espacio verde” estático en uno de ecología activa. No altera el suministro de agua ni representa riesgo de inundaciones en un espacio donde se carece de sistema de captación de líquido pluvial.

La política urbana deja de ser sumatoria de metros de concreto —en algunos otros momentos ello condujo a esquemas de fraudes inmobiliarios— para transformarse en gestión estratégica del tiempo y la dignidad.

Urbanismo social en diálogo directo con los preceptos de Moro: la arquitectura de la ciudad es, en última instancia, la arquitectura de la libertad humana. Al colocar el bienestar y los cuidados en el centro de la planificación, la Ciudad rompe con la inercia del espacio público como mercancía para proponer un modelo construido desde la vida cotidiana y las necesidades más íntimas de sus habitantes.

La Magdalena Mixiuhca es un pueblo originario donde nace una nueva concepción del urbanismo social, proyecto integral de cohesión social con atención de las causas estructurales de la desigualdad, violencia y abandono. La resignificación de lo público pasa por entender el tiempo que una madre recupera gracias a una lavandería pública o en la oportunidad de un joven de hallar en el deporte una alternativa. Esta Utopía es, en esencia, laboratorio del futuro y escuela de ciudadanía.

En sus 80 mil metros cuadrados, el trabajo del empeñoso secretario de Obras, Raúl Basulto, y la gestión de la alcaldesa de Iztacalco, Lourdes Paz, convergen para materializar una estética de lo público en nada envidiosa de lo privado. La belleza y funcionalidad no son lujos, sino derechos. Sus once ejes temáticos incluyen, por primera vez y en respuesta a las inquietudes de la posmodernidad, la atención de personas de la diversidad sexual, un gesto de actualización de la política social del siglo XXI, situada en el centro del debate contemporáneo: no hay justicia social sin reconocimiento de las identidades.

La economía del tiempo, pilar fundamental de la obra de Moro, encuentra una actualización ambiciosa en el proyecto de Brugada. Para el pensador renacentista, la reducción de la jornada laboral y la optimización de los servicios comunes permitían al ciudadano dedicarse al cultivo del espíritu. En la Mixiuhca, este principio se traduce en servicios que absorben tareas de cuidado históricamente esclavizantes de las mujeres, permitiéndoles ser dueñas de sus propias horas. La Utopía es motor de transformación personal y colectiva, punto de partida para repensar cómo habitamos el espacio compartido, en ese caso, por 83 mil habitantes de 23 colonias aledañas.

Nacidas hace 7 años en Iztapalapa y ahora con más de 15 millones de visitantes al año, las Utopías se exportan al resto de la metrópoli en un modelo donde el Estado tiene la capacidad de crear espacios de excelencia y acupuntura urbana.

Moro imaginó 54 ciudades utópicas regidas por la razón y la equidad, el proyecto encabezado por Brugada ya suma 17 y la meta es agregar 99 más en toda la capital.

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