
La semana pasada, la Convención Bancaria contó con la participación del filósofo de Harvard Michael J. Sandel, reconocido por centrar su trabajo en temas como la meritocracia, los límites morales del mercado y la relación entre justicia, comunidad y bien común. En un país donde solemos celebrar a quienes prosperan y ser más severos en el juicio hacia quienes no lo hacen, estos planteamientos no dejan de incomodar.
Durante décadas hemos asumido, casi como dogma, que el mercado asigna recursos de manera eficiente y que quien trabaja duro llega lejos. Pero Sandel lleva años cuestionando esa narrativa. En El liberalismo y los límites de la justicia, desmonta la idea de que somos individuos completamente autónomos, como si nuestras decisiones ocurrieran en el vacío. Para él, estamos inevitablemente moldeados por nuestra historia, nuestro entorno… y sí, también por la suerte.
El punto más incómodo de su argumento es la llamada “neutralidad” del liberalismo. La teoría dice que el Estado no debe decirnos qué es una vida buena; basta con garantizar reglas justas. Pero Sandel sugiere que esa neutralidad es más mito que realidad: toda sociedad, quiera o no, termina tomando postura sobre lo que valora. Y quizá —dice— sería más honesto discutirlo abiertamente.
Donde el debate se vuelve más picante es en la meritocracia. En La tiranía del mérito, Sandel lanza una idea que incomoda tanto a ganadores como a perdedores: el éxito no es solo esfuerzo; también es contexto, oportunidades y azar. No es lo mismo correr una carrera con pista libre que con obstáculos. El problema de ignorarlo es doble: genera arrogancia arriba y frustración abajo.
Desde la otra esquina, economistas como Milton Friedman —uno de los más influyentes defensores del libre mercado en el siglo XX y premio Nobel de Economía— responderían que el mercado no pretende ser moral, sino eficiente. Y que dejar al Estado definir el “bien común” puede ser más peligroso que útil. Sandel no niega la eficiencia del mercado —no es un romántico anticapitalista—, pero sí advierte de sus excesos: cuando todo se puede comprar, incluso los valores cívicos empiezan a cotizar.
La pregunta de fondo no es si mercado sí o mercado no. Es más incómoda: ¿qué cosas deberían regirse por la lógica del precio y cuáles no? ¿Salud, educación, justicia? ¿De verdad queremos que todo tenga etiqueta?
En México, donde la desigualdad no es estadística sino experiencia cotidiana, el debate tiene implicaciones prácticas. Hablar de mérito sin hablar de punto de partida puede ser políticamente rentable, pero socialmente miope. Tal vez por eso las ideas de Sandel resuenan: nos obligan a pensar no solo en crecimiento, sino en cohesión.
Si algo dejó su paso por la Convención Bancaria es una sensación rara —y necesaria—: la economía no es solo números, es también valores. Y quizá el verdadero indicador de desarrollo no sea cuánto crecemos, sino qué tan justa sentimos la carrera.
Al final, la provocación de Sandel no es técnica, es más bien una pregunta sencilla pero profunda: ¿queremos una sociedad donde solo importa quién gana… o una donde también nos importe que las reglas sean justas, que existan las mismas oportunidades y que quienes han tenido “éxito” reconozcan —y asuman— cierta responsabilidad con quienes no han tenido las mismas oportunidades?.