Opinión

Un compromiso de caballero

Jorge Kahwagi Gastine durante la entrega del Premio Crónica
Jorge Kahwagi Gastine durante la entrega del Premio Crónica (Isaac Esquivel Monroy)

Detrás de nosotros la llamarada del sol incendiaba el mural del jaguar y la serpiente. La dualidad. La noche y el día, símbolos (hoy como nunca) de la vida y la muerte. Los colores frenéticos, vibrantes hasta en el azul profundo de la noche y la luna partida a la mitad, rugosidad de la pintura de las constelaciones; la garra y la escama; la zarpa y el colmillo, dominaban --como ahora-- el vuelo y el suelo, la luz y la tarde.

Por ahí, por el vestíbulo del auditorio Jaime Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología, caminábamos en espera de los invitados.

Jorge Kawage Gastine, siempre elegante, siempre caballero y caballeroso, había abierto los brazos y en generoso saludo repetimos la broma de cada encuentro.

–Mira nada más ¡que elegancia!, me decía sin motivo. No había nada, pero sí el pie para responderle:

–Nada más trato de igualarte, mi querido Jorge.

–Pues persevera, persevera... ya pronto...

Tras el palmoteo de las espaldas me llevó a caminar con él por los pisos de pulida y brillante madera. Al fondo el murmullo de los niños visitantes al Museo.

Era la primera entrega de los “Premios Crónica” en Chapultepec. En otros años se había organizado en el Club de Banqueros ubicado en la añosa Escuela de Niñas de Santa María de la Caridad fundada por el gran virrey Don Antonio de Mendoza en el siglo XVI.

–¿Sabes?, me dijo en tono de confianza, yo siempre voy a impulsar estos premios porque es necesario reconocer el talento, la dedicación de tantos mexicanos de gran valía para el país.

–¿Por nacionalismo?

–Si quieres es mi forma de ser nacionalista y orgulloso, pero en el fondo prefiero ser agradecido. Agradecerle al país lo mucho que nos ha dado a todos. Reconocer la cultura, la inteligencia, el trabajo ajeno, el triunfo de los demás; estimular con el ejemplo, sobre todo. No podemos vivir nada más en el señalamiento de los errores, de las fallas. Lo debemos hacer con el periódico, pero además con un espacio para las cosas positivas que son tantas. La ciencia, la educación, el arte, la comunicación. Todo eso somos y todo eso debemos acrecentar.

Ahí estaban el sol y la luna. La claridad y la sombra.

Durante años Jorge repitió su ritual de reconocimiento.

Rectores de instituciones superiores, maestros, científicos, artistas y comunicadores supieron de su generosa palabra y su desinteresado respaldo tanto en los Premios Crónica como en la Fundación Premios Crónica. Las páginas del diario se hermanaron con los legajos académicos del Colegio Nacional. La cultura y la creación hallaron siempre espacio, cobertura y apertura.

A lo largo de los años el diario, donde he tenido el privilegio de acompañarlo hasta el día de su viaje y espero seguir, ha mantenido una línea de información constructiva sin la fácil estridencia de la denuncia interesada o sin fundamento, sin amarillismo, con seriedad y decoro, Crónica mantiene esa misma idea invariable: el servicio a la sociedad; no al escarnio ni al halago servil.

Cuando la pandemia cimbró a todas las editoras, Jorge se sostuvo en una idea: pase lo que pase no dejaremos de salir.

Con la tenacidad de la convicción; no del capricho, financió los momentos difíciles. Inyectó recursos, generó confianza y mantuvo el barco a flote. Cuando fue necesario reducir las ediciones impresas por dificultades del mercado de fin de semana, le hice una advertencia. Me rechazó con vehemencia.

–Jorge, si dejas de imprimir muchos dirán que pronto dejarás de salir,

–Nunca voy a hacer eso. Jamás.

Y eso quedaba claro cada doce de diciembre. La gran reunión con los trabajadores, con los compañeros en los talleres de Azcapotzalco. Al pie de la rotativa, con gusto de gremio y familia; con sonrisas y oraciones, la virgen estaba ahí.

Así en la tierra como en el cielo.

Tendencias