Opinión

Geopolítica (y maravilla) del regreso a la Luna

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Hito para la humanidad Fotografía tomada de la cuenta oficial en X de la NASA @NASA donde se observa la cara visible de la luna al costado derecho y la cara oculta del lado izquierdo (NASA/EFE)

Uno mira a la Luna, piensa que en su órbita hay cuatro seres humanos, y se maravilla de ello. Luego se da cuenta que esa bonita sensación no la tenía desde hace más de medio siglo, y no le queda más que preguntarse por qué pasó tanto tiempo.

Fue tanto el tiempo, que perdimos varias cuentas. El vuelo de Artemisa II es la décima exploración tripulada que llega a la órbita lunar. Las otras nueve fueron del proyecto Apolo; la primera, en el lejanísimo 1968; la última, en el casi tan lejano 1972. De ellas, seis culminaron en alunizaje. La memoria no recordaba tantas.

¿Qué fue lo generó ese hiato de más de 50 años? ¿Por qué hubo en Estados Unidos un frenesí de 31 misiones espaciales tripuladas entre 1961 y 1972? La respuesta está en la geopolítica. La Unión Soviética había sido la primera en lanzar con éxito a seres humanos al espacio exterior y demostraba, con ello, ser capaz de competir con Estados Unidos en lo que se consideraba era la punta de la tecnología.

El 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin surcó el espacio; en junio de ese mismo año, John F. Kennedy propuso a Nikita Jrushov hacer un esfuerzo conjunto para ir a la luna, pero el premier soviético se negó. En el contexto de la Guerra Fría, aquello era un reto que, en palabras posteriores de Kennedy, “queremos aceptar, no estamos dispuestos a posponer, y pretendemos ganar”. Era, según las palabras del presidente de EU, una batalla entre “la ruta de la libertad” y “la ruta de la tiranía” para tomar el liderazgo en logros espaciales “que en muchas maneras es clave para nuestro futuro en la tierra”.

Pasó que Estados Unidos superó a la Unión Soviética en esa carrera; después, que la URSS colapsó, y que el programa Soyuz -diseñado originalmente para llevar cosmonautas a la luna- se convirtió en otra cosa: un mecanismo para transportar tripulaciones de diversas nacionalidades a las estaciones espaciales Salyut, Mir e ISS. Rusia tiene planes para reemplazar el Soyuz con un tipo de nave más moderno, el Orel, pero se tardarán, porque los esfuerzos financieros de Moscú están en la absurda guerra contra Ucrania.

La breve era de la hegemonía unipolar coincidió con el fin de la carrera espacial de naves tripuladas. Los esfuerzos se dirigieron más hacia la investigación del universo por sondas no tripuladas: Mars-Rovers, Cassini, el telescopio Hubble, que siguen los pasos del Voyager I (lanzado en 1977), el único objeto hecho por humanos que ha alcanzado el espacio interestelar.

¿Y ahora, por qué el nuevo impulso? Porque el mundo está dejando de ser unipolar. China alza la mano, y no sólo en cuestiones comerciales. Es el único país que ha logrado alunizar en el lado oscuro y traído muestras de esa zona, tiene su propia estación espacial (la Tiangong), ha lanzado su propio robot explorador a Marte y, en 2015, sus líderes declararon la intención de que sus taikonautas logren un alunizaje para 2030.

El programa Artemisa es la respuesta estadunidense al reto de la nueva potencia emergente. Empezó a desarrollarse durante el primer gobierno de Trump, y no se detuvo con Biden. No casualmente, tanto los americanos como los asiáticos se dirigen al mismo punto de la luna: el polo sur. Ahí pretenden alunizar. Sucede que, porque allí nunca toca el sol, existen depósitos de agua que facilitarían la construcción de una base permanente en nuestro satélite natural. Para allá van los dos. Estados Unidos no quiere perder la primacía y, por lo visto, todavía lleva ventaja.

Una primera pregunta es si el dedicar tantísimos recursos al armamentismo y a la guerra no le quitará esa ventaja a Estados Unidos, cada vez menos dispuesto -bajo Trump- a invertir en ciencia. Una segunda es, si, en vez de darse ínfulas de grandeza nacional, se buscara una cooperación internacional, qué tan rápido podría avanzarse en ese terreno del conocimiento y la exploración científica, y otras áreas ligadas a él.

Artemisa II ha devuelto a muchos la mirada científica hacia los cielos. No importa que el método de vuelo sea esencialmente el mismo de hace medio siglo (utilizar la gravedad de los cuerpos celestes como catapulta, tras un fortísimo impulso inicial) o que la velocidad y distancia máxima alcanzadas apenas sean marginalmente superiores a las de entonces. La mera idea de estar físicamente de vuelta es excitante. Además, es bonito el nombre: Artemisa era la hermana gemela de Apolo, en la mitología griega. Uno es el sol y la otra es la Luna. Apolo le dio nombre al tercer grupo de misiones tripuladas de la NASA, incluyendo la más famosa de todas ellas.

Mirar hacia arriba sirve también para darnos cuenta de lo pequeños que somos. Si la Vía Láctea tiene una circunferencia del tamaño de Estados Unidos (continental), nuestro sistema solar es del tamaño de un pulgar humano. El viaje a la luna es entre dos pliegues de la huella digital. La sonda Voyager I, la que más lejos ha viajado, apenas llegó a la muñeca de la mano: 22 horas luz. Y se ha tardado 49 años en hacerlo. Y la Vía Láctea es una entre billones de galaxias.

Pensar en eso debería darnos un escalofrío, como el que seguramente tuvo Galileo cuando vio, con su rudimentario telescopio, estrellas que eran invisibles al ojo humano desnudo, que existían sin que las viéramos. Tal vez entonces, cuando se dio cuenta, con toda claridad, de que el universo no estaba hecho por Dios para nosotros, entendió que escudriñarlo sería una tarea interminable y fascinante.

Twitter: @franciscobaez

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