
“Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba». Heródoto
Los conflictos en Medio Oriente, Ucrania y otras tensiones globales recientes han dejado de responder a la lógica tradicional de inicio y cierre del ciclo de las guerras. La violencia deja de ser un episodio excepcional y se convierte en un estado sostenido que cambia de intensidad según las coyunturas políticas, militares y económicas. Las treguas aparecen como pausas breves dentro de un mismo ciclo, más que como pasos hacia una paz estable. El reciente alto al fuego entre Tailandia y Camboya ilustra esta dinámica. Tras años de conflicto fronterizo, un acuerdo mediado por actores internacionales buscó detener la escalada. Sin embargo, en cuestión de horas surgieron denuncias cruzadas, movimientos militares y acusaciones de violaciones al pacto. El cese de hostilidades solo se sostuvo tras reuniones de emergencia entre mandos militares. Dicho fenómeno se repite en distintos puntos del mundo. Estudios del Ceasefire Project, iniciativa conjunta del Centre for Humanitarian Dialogue y el Centre for Security Studies en Zúrich, organismos que buscan entender el papel de los altos al fuego y la transición de la guerra a la paz, han proporcionado investigaciones y herramientas que muestran que una gran parte no llega a formalizarse por escrito y que muchos se rompen en los primeros meses. Incluso los acuerdos humanitarios, pensados para reducir la violencia de forma inmediata, suelen ser seguidos por nuevas fases de enfrentamiento. La paz parcial funciona como un intervalo inestable dentro de guerras prolongadas. La idea clásica de transición entre guerra y paz, basada en tratados definitivos que clausuran los conflictos, ha perdido fuerza. En la tradición jurídica internacional se asumía que un acuerdo cerraba el origen de la guerra e impedía su reactivación por las mismas causas. Hoy, en cambio, los procesos de negociación rara vez resuelven las disputas políticas de fondo. Las hostilidades se reanudan bajo nuevas formas, con actores similares y objetivos persistentes. En Ucrania, la guerra mantiene una dinámica de desgaste prolongado. Las líneas del frente se estabilizan y se activan de forma intermitente, con ataques a infraestructura energética, ofensivas limitadas y respuestas militares constantes. La población civil sigue expuesta a cortes de energía, desplazamientos y una presión económica sostenida. El conflicto se integra así en un patrón de desgaste más que de resolución. El foco más reciente de tensión se concentra en la confrontación entre Irán y Estados Unidos en torno al estrecho de Ormuz, corredor clave para el comercio global de petróleo. La región ha registrado incidentes militares, maniobras de disuasión y episodios de alta tensión que afectan la seguridad del tránsito marítimo. El día de hoy, la agencia iraní Fars informó que sus fuerzas dispararon contra una fragata estadounidense, hecho negado por el Departamento de Defensa de Estados Unidos. A su vez, reportes de medios internacionales señalan que un buque estadounidense habría sido obligado a retroceder en la zona, lo que incrementa la incertidumbre operativa en el área y eleva el riesgo de interrupciones en el flujo energético. Como consecuencia, el petróleo ha registrado un incremento significativo. Por citar un ejemplo, el barril Brent ha oscilado entre 113.66 y 114.14 dólares, niveles que reflejan la sensibilidad del mercado ante cualquier señal de inestabilidad internacional. Este aumento impacta directamente en los costos de transporte, producción y alimentos a escala global. En México, el efecto se traduce en combustibles más caros y presión inflacionaria sobre bienes básicos