
Esta semana, el presidente Trump, fiel a su estilo, durante la suscripción de su nueva estrategia nacional contra el terrorismo, enfocada en neutralizar a los cárteles del narcotráfico, amenazó al gobierno mexicano con enviar tropas a nuestro territorio para combatir a los integrantes del crimen organizado y declaró que “si México no hace su trabajo contra el narco nosotros lo haremos”.
La respuesta de la presidenta fue directa en la mañanera del pueblo y reiteró el soberanismo de su gobierno y afirmó que “México sí está entregando resultados tangibles y que la solución de fondo requiere que la Unión Americana asuma su responsabilidad en la crisis de consumo interno y el tráfico de armas” y reiteró su disposición al diálogo bajo los principios de respeto absoluto a la soberanía e integridad territorial, responsabilidad compartida pero diferenciada, confianza mutua y cooperación sin subordinación.
La estridencia de Trump es un reflejo es parte de la estrategia para lograr que las autoridades mexicanas detengan y extraditen a diez funcionarios estatales, que incluye al gobernador de Sinaloa con licencia, por supuestos nexos con el narcotráfico. En las últimas dos semanas el deterioro de la relación entre ambos presidentes se ha incrementado, a pesar de que se mantienen las formas diplomáticas entre sus colaboradores de primer nivel.
En este contexto, en el Instituto Mexicano de Estudios Estratégicos en Seguridad y Defensa Nacionales (IMEESDN) llevó a cabo los XI Diálogos con el copatrocinio de la Facultad de Ciencias Sociales, México (FLACSO), a los que me referí en mi colaboración anterior. En este acto académico, se hizo énfasis en la debilidad de Latinoamérica frente a la estrategia hegemónica de los Estados Unidos, lo sucedido esta semana va más allá de lo anecdótico y es una política de Estado para imponer un modelo de desarrollo, beneficiarse del comercio en la región, integrar cadenas de producción sin la intervención de China, confirmar su liderazgo tecnológico y recuperar el control de infraestructura estratégica (Canal de Panamá) y garantizar que la explotación de las tierras raras, minerales e hidrocarburos será negocio de sus empresas.
Frente a la estridencia que viene del norte, el escenario ideal para Latinoamérica es integrarse a la economía mundial, superar su marginalidad respecto al PIB mundial y fortalecer su autonomía estratégica. México es el país más expuesto en razón a que este proceso necesariamente lo condiciona su relación de profunda interdependencia con América del Norte.
En América Latina, el desarrollo tecnológico es dependiente de Washington, Pekín o Bruselas. Esta circunstancia exige una cooperación necesaria como estrategia de crecimiento, en la que los países que integran la región sean capaces de exigir a los inversionistas condiciones para la inversión, pero esta colaboración regional se debilita cuando los Estados Unidos recurren a la imposición de aranceles y a su autoasignado papel de policía contra los narcos declarados como grupos terroristas.
La estridencia exige obsecuencia de sus aliados y sociales, quienes no están dispuestos a conceder. La legitimación política de los gobiernos latinoamericanos es que sean capaces de trazar la línea entre la cooperación en el combate de un mal común y la subordinación. Trump insiste en borrarla y esto afectará profundamente la confianza mutua.
En los Diálogos en el IMEESDN se revisó la militarización de las relaciones de comercio (uso de aranceles como instrumento “diplomático” o la migración de los capitales como amenaza para conseguir un mejor trato) y del combate a la delincuencia organizada que se ha convertido en una estrategia recurrente del gobierno de los Estados Unidos.
En este contexto, en México se ha resaltado la importancia de tomar en cuenta la geopolítica y la geoeconomía para plantear las políticas públicas domésticas y marcar su distancia respecto a las pretensiones de su socio en el TMEC. Hoy las pretensiones estadounidenses de recuperar sus ventajas frente al resto del mundo y superar sus problemas internos provocan tensiones entre nuestros gobiernos, que pueden afectar las negociaciones comerciales. La interdependencia asimétrica con Estados Unidos limita la estrategia soberanista, pone en duda la conveniencia de una mayor integración regional de Norte América en condiciones desventajosas y hace visible las diferencias ideológicas del presidente Trump y la presidenta Shienbaum.
La estridencia viene del norte, pero la erosión de las relaciones diplomáticas es evidente en un momento en que se requieren espacios amplios de diálogo. La principal preocupación política electoral de Estados Unidos es detener el flujo de droga proveniente de Mexico a su territorio y la nuestra es fortalecer la institucionalidad en el combate de la delincuencia organizada y que haya más resultados tangibles. Lo cierto es que lo que está sucediendo en Sinaloa explica la estridencia, no la justifica, y exige un giro de 180 grados en la extirpación de la corrupción en los mandos superiores de los gobiernos.
Investigador del Instituto Mexicano de Estudios Estratégicos en Seguridad y Defensa Nacionales y del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores
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