Opinión

La Ciudad de México recuperó el silencio apenas sonó el silbatazo final.

El silencio después de la ilusión

México volvió a quedar eliminado en los octavos de final de una Copa del Mundo.
México vs Inglaterra México volvió a quedar eliminado en los octavos de final de una Copa del Mundo.

La Ciudad de México recuperó el silencio apenas sonó el silbatazo final. Las calles que durante semanas encontraron en el Mundial una excusa para abrazarse, cantar y volver a creer regresaron a esa calma que sólo aparece después de la derrota. El ruido desapareció de golpe.

La tristeza resulta conocida. México volvió a quedar eliminado en los octavos de final de una Copa del Mundo. Esta vez ocurrió en el Estadio Azteca, en el escenario donde el futbol mexicano ha construido sus mejores recuerdos y donde imaginó, durante un mes, que también podía escribir una historia diferente.

No obstante, la selección superó casi todas las expectativas. Antes del torneo abundaban las dudas. Existía escepticismo sobre la capacidad del equipo para competir con los mejores, sobre el ambiente que encontraría en casa e incluso sobre la posibilidad de reconciliarse con una afición que había pasado años entre la indiferencia y el desencanto. Nada de eso ocurrió. México realizó una fase de grupos impecable, recuperó la identidad competitiva y disputó un partido digno frente a Inglaterra. Por largos lapsos dio la impresión de que el desenlace podía romper con la pesada inercia de siempre.

No alcanzó. El resultado final recordó que el futbol mexicano todavía carga con barreras que no ha conseguido superar. La eliminación volvió a llegar en la misma ronda.

Javier Aguirre también cierra un ciclo. Su lugar en la historia del futbol mexicano parece asegurado. Ningún entrenador nacional acumuló una trayectoria semejante. Dirigió tres Copas del Mundo, rescató procesos en circunstancias complejas y siempre consiguió construir grupos sólidos. Pocos técnicos entienden tan bien el vestidor, la presión y la naturaleza emocional de un torneo corto. Aguirre representa al gran gestor, al bombero que aparece cuando el incendio amenaza con consumirlo todo.

Al mismo tiempo, su legado exhibe el límite histórico del banquillo mexicano.

Los tres Mundiales terminaron exactamente en la misma estación. En los tres apareció la dificultad para modificar el rumbo del partido desde la banca. Cuando el encuentro exigió imaginación, variantes tácticas o una solución inesperada, las respuestas nunca llegaron. Aguirre siempre entendió el plan inicial. Nunca encontró la manera de alterar el libreto cuando el rival logró descifrarlo.

Las sustituciones volvieron a reflejar ese problema. En otros Mundiales aparecieron Luis Hernández y el Bofo Bautista. Ahora llegó el turno del Memote. Ninguna modificación consiguió alterar el desarrollo del encuentro. México volvió a quedarse sin respuestas desde la pizarra en el momento donde los grandes equipos suelen decidir su destino.

También persistieron viejos hábitos dentro del campo. La desconcentración apareció, otra vez, en el instante menos oportuno.

Después del primer gol inglés llegó casi de inmediato el error de Mora. Su juventud permite mirar ese episodio con esperanza. Tendrá muchos años para regresar a escenarios semejantes y convertir esa experiencia en aprendizaje. Pocas escuelas resultan más exigentes que una eliminación mundialista.

Mucho más difícil de explicar resulta la equivocación de Edson Álvarez. Con un hombre más sobre el terreno, cuando el partido exigía serenidad e inteligencia para administrar la ventaja numérica, apareció una acción impropia de un futbolista con su recorrido internacional. Precisamente por su experiencia, por su liderazgo y por la jerarquía que representa dentro del grupo, era el jugador que menos podía permitirse un error de esa naturaleza.

Las eliminaciones mexicanas suelen contener episodios semejantes. Un instante de desconcentración termina por derrumbar el trabajo de muchos minutos. El patrón se repite con demasiada frecuencia como para atribuirlo únicamente al azar. Existe ahí un problema competitivo que trasciende generaciones, entrenadores y estilos de juego.

También conviene reconocer lo que sí cambió.

Julián Quiñones disputó un Mundial extraordinario. Sus cuatro anotaciones lo colocan en un sitio que ningún futbolista mexicano alcanzaba desde Francia 1998. Erick Lira confirmó que pertenece a esa categoría de mediocampistas capaces de aparecer en cada rincón del campo, recuperar balones, iniciar ataques y sostener el equilibrio colectivo. Roberto Alvarado ofreció probablemente el mejor torneo de su carrera con tres asistencias decisivas. Raúl Jiménez volvió a demostrar que todavía posee el talento y la personalidad para competir al máximo nivel con tres goles fundamentales.

Todos ellos explican buena parte del crecimiento futbolístico que mostró la selección durante estas semanas.

Existe, sin embargo, una transformación todavía más importante.

La afición mexicana volvió a sentirse identificada con su selección.

No ocurría desde hace muchos años. Quizá desde Brasil 2014 no aparecía una conexión emocional tan profunda entre el equipo nacional y las tribunas. El desencanto acumulado durante la última década pareció desaparecer por algunas semanas. El Estadio Azteca recuperó su condición de punto de encuentro. La Copa del Mundo organizada en casa ayudó a construir ese ambiente. También influyó el rendimiento del equipo, que ofreció compromiso, orden y competitividad. La combinación devolvió algo que parecía perdido: la ilusión de que apoyar a la selección todavía valía la pena.

Ese reencuentro constituye el principal patrimonio que deja este Mundial. Los resultados deportivos terminan por archivarse. Las estadísticas encuentran pronto un lugar en los libros. Las emociones permanecen durante mucho más tiempo.

México tendrá que analizar con serenidad todo aquello que impidió romper la barrera de los octavos de final. También necesitará proteger lo que sí consiguió recuperar. Una selección sin conexión con su gente siempre juega en desventaja. Una selección respaldada por una afición que vuelve a creer encuentra un punto de partida mucho más sólido para construir el siguiente ciclo.

Habrá tiempo para discutir procesos, generaciones y cambios estructurales. Llegará el momento de preguntarse qué necesita el futbol mexicano para convertir un torneo prometedor en una verdadera hazaña.

Hoy todavía no.

Hoy la Ciudad de México permanece en silencio. El Mundial terminó para la selección nacional. Las calles volvieron a la normalidad. El Azteca quedó vacío. La ilusión encontró, una vez más, el mismo muro de siempre.

La diferencia consiste en que, por primera vez en mucho tiempo, esa ilusión existe de nuevo. Y quizá, cuando las heridas cicatricen, ese sea el punto desde el cual el futbol mexicano pueda empezar otra vez.

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