Nunca se había construido esta euforia.
Y cuando digo nunca en primera persona, limito el adverbio a mis 56 años de experiencia como observador y a veces relator cotidiano de la realidad.
Sacudida hasta el cimiento la nación estuvo encendida, fervorosa, esperanzada, ilusionada hasta la irracionalidad durante todo el día; antes, durante y después de un simple juego de futbol o debería decir del único partido sin simpleza alguna porque se estaba jugando el arribo a una etapa hasta entonces casi desconocida: rebasar los límites de la medianía en la tabla y llegar al umbral donde juegan los grandes, los verdaderamente poderosos. Rebasar el quinto juego, como si ya con eso laváramos años y años de tristezas acumuladas.
Pero como dice “Bola de nieve”: no se puede tener conciencia y corazón...
El enloquecimiento colectivo le dio paso a la enorme desilusión siempre compensada con la relatividad de la frustración, nuestra compañera inseparable. Dos puñaladas consecutivas de Bellingham, a pesar del descuento genial de Quiñones no fueron suficientes. Y así llegó el medio tiempo con la inconcebible frustración de Raúl Jiménez quien sufre el robo de dos goles por la magia elástica de Pickford, arquero genial con brazos como aspas y reflejos de gato.
Bueno, pero llegamos hasta donde nunca pensamos dirán los siempre equivocados “expertos”, como la legión de los falsos optimistas a quienes por razones laborales les convenía inflarlo todo y cuya severidad analítica fue sustituida por los pensamientos deseosos (wishful thinking, dicen los británicos).
Los ingleses, la pérfida Albión, la Reina de los Mares, la madre de los piratas, la cruel colonialista, la creadora de la Revolución Industrial y el capitalismo depredador; inventora de la penicilina y la música de los Beatles y el conejo de Alicia, nos llevó a morder el pasto.
Derrotados en un juego, con todo y el tiro penal de Jiménez, pero no vencidos en nuestra inconmensurable costumbre de decirnos grandes, sea como sea y venga como venga la vida, los mexicanos llegamos a una orilla en un recodo del gran río de la victoria; nos quedamos atascados en el meandro de la frustración preguntando como Don Fernando Marcos, ¿por qué siempre nos tiene que pasar a nosotros?
¿Por qué estamos hermanados con la desgracia? ¿Por qué no podemos disfrutarlo todo, el campeonato completo sin caídas en el décimo round, por qué chingaos la gloria se nos niega como si otra vez se viniera abajo en el sismo de nuestra historia el dorado Ángel a cuyos pies bailamos, bebemos, cantamos y nos apachurramos hasta la muerte?
Pues la respuesta es simple: no nos pasa nada más a nosotros. Los brasileños cargan su “maracanazo” y los siete goles en contra de Germania, los alemanes perdieron antes en medio de un espantoso ridículo frente al Paraguay. Y no por eso se enmudecieron las sinfonías de Beethoven. La diferencia se marca cuando tu país no tiene un Beethoven y se queda con la nostálgica bossa nova del siglo pasado cuando Brasil camina a la descalificación. Fuera.
Si Napoleón perdió -como Hitler- en la invasión a Rusia por las heladas legiones del General Invierno, nosotros le habíamos apostado a la Comandante Altura, esa silenciosa y sofocante presencia de la cima de nuestro valle rodeado de volcanes cuyo sutil oxígeno desinfló los pulmones británicos hasta el punto de necesitar pausas de oxigenación, más que de hidratación porque jugaban bajo un cielo plomizo como el de Manchester, Bristol o Liverpool, con la misma cantidad de smog, palabra por cierto inglesa para describir la perniciosa contaminación del aire con su mezcla de humo y niebla.
Quizá la lluvia los haya reconciliado con un paisaje en otro horario sofocante y tórrido. Pero no fue así.
El fútbol, como todos sabemos, llega a la alta calidad con la capacidad atlética de los jugadores. Aquellos cuya potencia, como la del mítico Pedro Nájera les valen por “siete pulmones”. Pero la respiración sin oxígeno como como los balones sin aire. Y eso pasa con la altura.
Si un jugador de ataque corre hasta 12 kilómetros en un partido, sus grandes piques pueden llegar a 35 kilómetros por hora.
Con eso no le gana a una motocicleta, pero en el segundo tiempo pierde frente a una bicicleta, como Harry Kane, quien todavía maravillado por el “territorio Puma” de la Cantera (it´s wonderful, amazing, le dijo a Luis Raúl González), fue superado cuando sin necesidad de cuidar el bofe en un sprint disparaba como spitfire en el Canal de la Mancha un penalti contra el Tala Rangel en los intentos de sprint, cuando los ingleses ya jugaban con diez.
La energía consumida --como todos sabemos-- aumenta con el cuadrado de la velocidad, según nos enseña la física. Basta leer “El fútbol bajo el microscopio” de Raúl Rojas para comprobarlo. Por eso el juego de ayer tuvo muchos componentes en paralelo al dominio deportivo. No se ganó por la altura, se perdió con todo y la altura.
Ya vendrán otras golondrinas oscuras a formar el nido de las ilusiones en los aleros de la federación de futbol. Volvimos a jugar como nunca; volvimos a perder como siempre.
Ahora vendrán análisis y premios nacionales del Deporte. Si en ocasión similar Bora Milutinovic se llevó a su vitrina el Águila Azteca (jamás se llamará Águila Banorte) , hoy al vasco le podrán dar el consulado en Bilbao. Podéis ir en paz , el sueño ha terminado.
¿Y si no?