Opinión

La moral del hombre derrotado

La justicia estadounidense condenó a cadena perpetua a Ismael "El Mayo" Zambada

Vencido, quebrado por dentro y por fuera, vacío; reducido al pellejo vestido de naranja, sin un centavo ni nada para adquirir aunque como parte de su sentencia le exijan 15 mil millones de dólares; maltrecho y enfermo, solitario, confinado al rigor de los muros y los hierros, lejos de la omnipotencia y el control perdidos para siempre –su perpetuidad encadenada se reduce a unos pocos años por delante--; con los ojos rancios, la voz cansada, la cabeza entrepelada, Don Ismael Zambada, “El mayo”; cuya sola mención fue alguna vez mandato y advertencia, ya no aspira a nada en esta vida, ni siquiera a los malos ejemplos.

Ahora se ve obligado a dar buenos consejos en un tono casi pastoral y nada más le falta añadir a su resignada misiva de obligatorio arrepentimiento la frase eterna del amor de los unos para los otros.

Hasta el comprensible orgullo de haberse burlado de todos; de haber corrompido a tantos, de haber generado y aprovechado durante muchos años la complicidad de un sistema ahora vuelto en su contra, a pesar de la incalculable fortuna de su negocio, ha desaparecido.

“La violencia debe acabar en México y en cualquier otro lugar. Se pierden demasiadas vidas, se destruyen demasiadas familias y demasiados jóvenes quedan atrapados en un ciclo que sólo conduce a la cárcel o a la muerte. Nadie gana en este tipo de guerras. A la próxima generación le digo: elijan un camino diferente”,

Pues tampoco eso no es cierto. No todos pierden.

El juez le contesta con la dura fórmula del derecho anglosajón: permanecerás en la prisión hasta el término natural de tu vida (o antes, si no lo suicidan como a Epstein).

Una prisión del tipo estadunidense en estos tiempos y por estos delitos cuyo castigo roza la propaganda política y va más allá del derecho, no solo extingue la libertad. Con esposas y cadenas todo el día, con las luces encendidas en una mañana interminable mata la capacidad de pensar y soportar. Todo lo distorsiona, el tiempo, su transcurso, el hastío, la ubicación. Acaba con todo y empuja a veces a actitudes indignas, a auto humillaciones feroces. Quiebra defensas y destruye la dimensión del mundo: la confusión reina, el arrepentimiento dicta, pero lo hace falsamente.

La conciencia final, la retractación, no viene del encuentro con la ética, porque la moral nunca existió. Por eso fueron posibles el primer asesinato, las primeras órdenes de aniquilación del adversario; las venganzas iniciales, los crímenes en la memoria y hasta los ya olvidados. Ahora la aparente mesura bondadosa, la sabiduría previsora, vienen del miedo, el pavor causado por lo ya ocurrido, no tanto por lo que pueda pasar en el oscuro y breve porvenir.

El fervorín ofrecido por Zambada no es una confesión; es una abjuración como si aún existiera (y existe) el Santo Oficio, cuyo texto vale la pena diseccionar:

“Asumo plenamente la responsabilidad por mis actos. Sé que causaron daño grave y no hay justificación para lo que hice. Hoy enfrento las consecuencias con respeto a la ley y a las instituciones que me juzgaron ( y de las cuales me burlé y me serví exitosamente durante medio siglo).

“No busco privilegios ni trato especial (mentira, pidió una prisión de seguridad intermedia y servicio médicos disponible a cambio de la declaración de plena culpabilidad). Acepto el castigo que corresponde (las sentencias no se aceptan cuando hay declaración previa de culpabilidad) y entiendo que será permanente (no es una aceptación, es una resignación). Mi responsabilidad no termina con una sentencia, sino con reconocer el daño y aceptar las consecuencias de por vida.

“Soy ciudadano mexicano. Reconozco que mi país también tiene un interés legítimo en que personas como yo enfrenten (aunque sea en otra parte) las consecuencias de sus actos bajo sus propias instituciones.

“México tiene la autoridad, la personalidad legítima y la responsabilidad de demostrar que nadie está por encima de la ley (excepto aquellos a quienes la ley no captura ni castiga y deben terminar, como él y su compadre “Chapo”, en Estados Unidos, nuestra verdadera Corte Suprema)”.

Obviamente ese nacionalista párrafo le fue endilgado para suavizar el frustrado enojo mexicano por la intervención punitiva del FBI aquí con todo y el avión como trofeo.

Sigue Zambada

“…Durante muchos años, la violencia y el crimen han sido presentados como un camino de poder o éxito (nomás un rato). Eso es una mentira. Mi vida es prueba de que ese camino termina en destrucción, cárcel o muerte.

“Si algo puede salir de esto, es que los jóvenes vean la realidad: no hay honor ni futuro en este negocio del crimen (¿Y quien busca honor o futuro?).

“Acepto mi destino con responsabilidad. y si en algún momento las autoridades mexicanas consideran que debo continuar cumpliendo mi castigo en México (asunto imposible) , me someteré con respeto a lo que determinen, sin condiciones y sin expectativas (eso es una solicitud, no una conformidad)”.

Esta no es la primera ocasión en la cual Zambada predica.

Cuando lo secuestraron sus ahijados coludidos con la FBI también lanzó una excitativa de pacifismo digna de Gandhi:

“…Tambien hago un llamado a los sinaloenses a la mesura y a mantener la paz en nuestro estado. Nada se resuelve con la violencia.Ya hemos recorrido ese camino en el que todos perdemos.”

Nadie lo atendió en su proclama. Han muerto en dos años, más de tres mil personas, han quebrado incontables negocios legales; se han robado cientos de vehículos; ha habido incendios, saqueos, secuestros y desapariciones. Y el narcotráfico sigue alimentando a veinte o treinta millones de adictos en los Estados Unidos, además de otras partes. Por eso al sistema le conviene la (inútil) imagen del buen arrepentido.

Cuando Zambada aún era una persona poderosa, intocable e inaccesible, habló con Julio Scherer en lo que fue la mayor hazaña del veterano periodista. Para él fue el momento cimero de su carrera. Para Zambada una inexplicable muestra de descuido. A partir de esa ocasión comenzó su declive. La vanidad mediática lo sedujo.

¿Qué necesidad tiene un narcotraficante de hablar con un periodista? ¿Con qué utilidad? Ninguna, nunca. Se le manda decir las cosas si se quieren mensajes a través de los medios.

En fin. En esa ocasión, sin cuidado alguno le dijo a Julio:

–¿Teme que lo agarren?

–Tengo pánico de que me encierren.

–Si lo agarraran, ¿terminaría con su vida?

–No sé si tuviera los arrestos para matarme. Quiero pensar que sí, que me mataría… (pues no tuvo ni los arrestos ni la oportunidad)

–…Un día –dijo también-- decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.

-¿Nada, caído el capo?

–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.”

Si algunas palabras de Zambada nos deben quedar fijas en la verdadera memoria, no en el romántico sacudimiento del criminal arrepentido, son esas porque fueron dichas cuando controlaba sus dichos con entera libertad y sin falsa humildad, actitud tan frecuente cuando se habla desde el miedo.

La derrota es tan evidente como insobornable. Hasta el éxito se puede disfrazar, pero la derrota jamás.

La palabra del victorioso contra el lamento del vencido.

Pero la historia ya se ha escrito. El guiño a la justicia de aquí le fue dictado a Zambada para darle un poco por su lado al mohín de los mexicanos burlados desde la captura y la posterior falta de atención a sus peticiones aclaratorias. No tiene caso aclarar lo transparente.

Como el negocio de las drogas, los capos son suyos.

Por eso en sabia actitud la presidenta dijo ayer: no tengo ninguna opinión personal, pero si del numerario requerido por la justicia americana nos pudieran compartir un tanto –siquiera un tantito, lo que sea su voluntad--, para las siempre hambrientas arcas nacionales, pues mucho se los tomaríamos a bien. Ya saben.

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