Opinión

Los equipos que buscan ascender invierten, forman jugadores, centros de entrenamiento y desarrollan aficiones.

El ascenso también es negocio

Regreso del Atlante CIUDAD DE MÉXICO, 24JULIO2026.- Los potros del Atlante se enfrentaron ante las águilas del América en partido correspondiente a la jornada 2 del Torneo Apertura 2026 de la Liga MX llevado a cabo en el Estadio Banorte. En la imagen, Isaías Violante (América) y Eduardo Tercero (Atlante). FOTO: CORTESÍA CLUB ATLANTE/CUARTOSCURO.COM (Fotografía Cortesía)

Desde la llegada de Mikel Arriola a la Liga MX y, posteriormente, a la Federación Mexicana de Futbol, se ha defendido una idea: para construir clubes sólidos y una liga económicamente viable es necesario proteger a los inversionistas de los riesgos asociados al descenso. Si los propietarios tienen mayor certidumbre sobre sus ingresos futuros, tendrán mejores condiciones para invertir en infraestructura, plantillas y proyectos de largo plazo.

El argumento tiene una base real. El descenso puede provocar pérdidas abruptas de ingresos y dejar a los clubes con gastos difíciles de sostener en una categoría inferior. También puede incentivar inversiones excesivas para evitar perder la categoría. Una liga cerrada reduce esos riesgos. La pregunta, sin embargo, es si cerrar la competencia constituye la mejor estrategia para hacer crecer el negocio.

La MLS parece demostrarlo. En poco más de una década, el valor promedio de sus equipos se multiplicó y la liga atrajo inversiones importantes. La ausencia de descenso ofrece, al parecer, una ventaja evidente: una mala temporada no pone en riesgo el lugar del propietario dentro del principal mercado futbolístico estadounidense.

No obstante, en 2025, 19 de los 30 clubes de la MLS registraron pérdidas operativas, según estimaciones de Forbes. Al mismo tiempo, el valor promedio de las franquicias aumentó 6 por ciento y alcanzó los 731 millones de dólares. La diferencia es importante: una cosa es que una franquicia aumente de valor y otra que el negocio produzca cada vez más ingresos y utilidades. El sistema cerrado favorece lo primero porque convierte el acceso a la liga en un bien escaso y protegido; pero, para los propietarios, el reto consiste en transformar ese valor patrimonial en mayores ingresos y rentabilidad.

Una liga abierta ofrece otra posibilidad de crecimiento. El ascenso permite que la expectativa de llegar a Primera atraiga inversión hacia toda la estructura. Un propietario tiene razones para invertir en un club de segunda división si puede llevarlo a la máxima categoría. Un inversionista puede comprar un equipo pequeño, desarrollarlo y multiplicar su valor. Una ciudad puede construir una afición y convertirse en un nuevo mercado. El éxito deportivo abre oportunidades económicas.

Eso también puede beneficiar a los clubes que ya están en Primera. Una segunda división competitiva puede vender derechos de transmisión, conseguir patrocinadores e inversionistas, y atraer audiencias. Los equipos que buscan ascender invierten, forman jugadores, centros de entrenamiento y desarrollan aficiones. Cuando llegan a Primera incorporan nuevos consumidores y mercados al circuito principal. Abrir la competencia no necesariamente reparte el mismo pastel entre más participantes: puede hacer más grande el pastel.

Por eso el ascenso no debería plantearse como un sacrificio económico que los propietarios deben aceptar en nombre del mérito deportivo. También puede ser un negocio. La elección no es entre proteger la inversión o permitir la competencia, sino entre dos estrategias: aumentar el valor mediante la escasez de franquicias o hacerlo mediante el crecimiento del mercado.

México ha optado por la primera. El caso del Atlante lo muestra con claridad. El club ganó campeonatos en la Liga de Expansión, pero ninguno le permitió regresar a Primera. Para conseguirlo, desistió de la demanda presentada ante el TAS para recuperar el ascenso y después Emilio Escalante compró la franquicia del Mazatlán con autorización de la Asamblea de Dueños.

La paradoja es notable: existía un propietario dispuesto a invertir para llevar al Atlante a Primera, pero el sistema no le permitía hacerlo mediante el crecimiento deportivo de su club. Tuvo que comprar el derecho de entrada a quien ya lo poseía. Para un modelo que se justifica en nombre del mercado, resulta curiosamente poco competitivo: quienes ya participan deciden también quién puede entrar.

Lo anterior se puede cambiar sin que eso signifique abandonar la estabilidad financiera y desproteger el negocio. Se puede recuperar el ascenso con límites de endeudamiento y controles presupuestarios. También se puede plantear que quien ascienda esté obligado a demostrar solvencia, infraestructura y capacidad institucional para competir en Primera. Los equipos que desciendan pueden recibir apoyos temporales para ajustar sus gastos a los nuevos ingresos. Se puede conservar el riesgo deportivo sin convertirlo en una amenaza para la supervivencia financiera.

Una estructura así también puede mejorar el futbol. El ascenso y descenso no garantiza mejores jugadores ni mejores resultados de la selección, pero amplía los incentivos para producirlos. Un equipo que puede llegar a Primera tiene razones para fortalecer sus fuerzas básicas y profesionalizarse; uno que puede descender enfrenta consecuencias cuando deja de competir. Una segunda división con clubes que realmente aspiran a crecer ofrece más oportunidades para futbolistas, entrenadores, directivos y dueños que una categoría cuyo éxito tiene un límite establecido de antemano.

Lo económico y lo deportivo pueden reforzarse. Una mejor competencia produce un producto más atractivo; un producto atractivo puede generar mayores audiencias, patrocinios e ingresos; y una industria con mayores recursos puede sostener mejores clubes y jugadores. El ascenso y descenso no resuelve por sí mismo ese proceso, pero puede ser uno de sus motores.

Quizá ésa sea la discusión que falta entre los dueños del futbol mexicano. No sólo cuánto vale hoy su franquicia, sino cuánto podría producir mañana dentro de una industria más grande. Proteger la escasez puede aumentar el precio de un activo. Ampliar el mercado puede aumentar el tamaño del negocio.

Mikel Arriola ha dedicado buena parte de su gestión a lo primero. Tal vez sea momento de pensar en lo segundo. Abrir la competencia, con reglas financieras serias, no significa poner en riesgo las inversiones de los propietarios. Puede significar darles algo mejor que una franquicia protegida: un negocio con mayores posibilidades de crecer.

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