Opinión

Política de la indignación

Protestas Protestas por los ataques israelíes contra Gaza.

Vivimos una época en la que nos encontramos permanentemente indignados, pero irónicamente como sociedad civil cada vez somos menos capaces de transformar esa indignación en acción política. Esta paradoja resulta fascinante porque nunca antes habíamos tenido tantos motivos para indignarnos y quizá nunca habíamos estado tan predispuestos a la indignación. La manera tan pasiva como reaccionamos ante la injusticia, la violencia y el sufrimiento, lleva directamente a la pregunta de si todavía la indignación social tiene alguna capacidad de producir acción política. Uno de los ejemplos más claros de esta insensibilidad se encuentra representado por el genocidio en Gaza, donde pese a la persistencia de una crisis humanitaria extrema con desplazamientos forzados y destrucción de las condiciones de vida que hacen posible la reproducción de un pueblo, la atención internacional parece competir con una multitud de otras noticias.

La indignación es una reacción moral y política de rechazo ante una situación que se percibe como injusta, abusiva, humillante o intolerable. Las redes sociales y los medios de comunicación masiva difunden una sucesión vertiginosa de tragedias: guerras encarnizadas, asesinatos y exterminios colectivos, desapariciones, aumento incesante de feminicidios, despojos de territorio, desahumanización de pueblos enteros, crecientes actos de discriminación persistente, discursos de odio, abusos policíacos y diversos escándalos políticos. Cada acontecimiento provoca indignación durante unas horas para después ser desplazado por otros hechos noticiosos. La pregunta entonces, deja de ser: ¿por qué nos indignamos?, para pasar a ser formulada como: ¿qué hacemos con nuestra indignación?

Recordemos que la indignación es un sentimiento democrático que no debe desperdiciarse. Es una reacción moral frente a la injusticia. Desde Aristóteles hasta Martha Nussbaum, existe una larga tradición filosófica que entiende las emociones como parte de la vida política. Sin embargo, las redes han convertido la indignación en una mercancía política. Se comparte, se condena y se olvida. La indignación se vuelve performativa porque importa más demostrar públicamente que estamos indignados, que modificar aquello que indigna. Cuando todo es escándalo nada termina siendo verdaderamente escandaloso. La exposición permanente al sufrimiento de los otros puede producir en la sociedad una forma de anestesia moral. Mirar repetidamente el dolor ajeno no garantiza comprenderlo ni actuar contra sus causas.

La indignación ocupa un lugar fundamental en la vida democrática porque nace de una experiencia elemental de justicia en base a la percepción de que algo no

debería estar sucediendo. La democracia no se construye solamente con instituciones, leyes, elecciones y procedimientos, también necesita de ciudadanos capaces de reconocer la injusticia y reaccionar frente a ella. La banalización del mal reproduce las condiciones que permiten que la maldad se vuelva cotidiana. La indignación no es simplemente enojo porque éste puede surgir de una frustración personal, mientras que la indignación implica un juicio moral sobre aquello que consideramos injusto y que por ello, contiene una exigencia de reparación o transformación.

En términos políticos la indignación es una emoción moral que surge cuando reconocemos una injusticia y consideramos que algo debe cambiar. Por eso, la indignación tiene una doble dimensión de un lado, es sentimiento pero también juicio, mientras que del otro, es rechazo pero potencialmente también acción. El problema no es acabar con la indignación sino organizarla. Una indignación democrática debe convertirse en conciencia, organización, deliberación, movilización y transformación. Aquí aparece la diferencia entre indignación digital y la acción política. En consecuencia, el desafío que surge y reclama acción es: ¿cómo convertir el sentimiento moral ante la injusticia en un poder democrático capaz de cambiar las condiciones que producen esa injusticia?

Un problema contemporáneo es que la indignación puede quedarse solamente en una expresión emocional, especialmente en las redes sociales, sin convertirse en organización, deliberación o transformación política. Es aquí que aparece la distinción entre indignarse ante la injusticia y luchar contra ella.

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