
Me tocó vivir el terremoto de Colombia, entrañable país de gente linda que se hace querer, y descubrí la veracidad del dicho de que nadie experimenta en cabeza ajena, porque hay una diferencia abismal en la cultura sísmica entre México y Colombia.
El terremoto nos agarró temprano en el hotel de Bogotá. Mi esposa sintió la sacudida y me despertó. Estábamos en el piso 16 y los movimientos se sentían muy fuerte. No había signos para una ruta de evacuación. Lo primero que hicimos fue dirigirnos a lo que consideramos (y efectivamente era) la zona de repliegue: unos muros de carga cerca del elevador. Luego arreamos hacia allá a unos huéspedes colombianos que habían salido al pasillo. Especialmente tuvimos que dirigir a José Gregorio, que estaba como ido, caminando de un lado al otro por el pasillo del hotel, mientras la esposa, desesperada, con su bebé en brazos, ya en la zona de repliegue, gritaba: “¡Tráiganmelo, que estoy sola!”. Para entonces, mi hija y su novio, que estaban en nuestro piso, habían subido al siguiente, donde hay un helipuerto (ellos sí tenían zapatos).
A pesar de la fuerza del sismo, no hubo evacuación, ni cuadrilla que revisara el estado del hotel -apareció una grieta en nuestro piso, vertical, por fortuna- y, al parecer, los elevadores funcionaron como si nada, porque a los 15 minutos del terremoto ya estaba la camarista ofreciendo limpiar los cuartos.
Nosotros nos cambiamos y nos asomamos por la ventana. La zona es de edificios altos, la mayoría de ellos, de oficinas. Desde arriba no vimos ningún grupo organizado en una amplia plaza, sino gente que se movía como miembros de un hormiguero recién pisoteado. Bajamos a desayunar y vimos desmayarse a un huésped -brasileño, por el idioma- al que se le bajó la presión. Ahí sí hubo reacción rápida y lo atendieron unos paramédicos. En la calle, vimos a algunos ciudadanos comunicándose por celular con sus familiares y a algunos otros como si nada, dirigiéndose al trabajo o al café y hablando de futbol. Nada que pareciera fuera de lo normal. No se percibían helicópteros monitoreando posibles daños.
Me quedó la impresión de que la reacción general había sido muy similar a la que hubo México en 1985, con la salvedad de que Bogotá no tuvo daños de consideración. Las ciudades cercanas al epicentro, en cambio, sí que los tuvieron, con consecuencias fatales: los fallecidos se cuentan por centenares. Los videos que han surcado el internet dan cuenta de que las reacciones más comunes estaban dominadas por el miedo y el no saber qué hacer: gente sentándose en la mitad del cuarto, acercándose a la cocina o atenida al rezo. Sólo quienes sentían que efectivamente la casa se les venía encima pudieron huir a tiempo del derrumbe.
Otra similitud con aquel México es que la primera reacción del gobierno fue la de intentar minimizar la tragedia y de negar, en principio, toda ayuda internacional, en la típica lógica de país orgulloso, pero inseguro de sí mismo.
Hay dos diferencias, sin embargo. Una es que Miguel de la Madrid tuvo que desdecirse y aceptar ayuda para el rescate de sobrevivientes, mientras que el nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella decidió condicionarla políticamente y aceptar sólo la de los países que él considera aliados ideológicos: Estados Unidos, Israel, El Salvador y Ecuador.
Los argumentos del mandatario colombiano son especiosos. Pidió una certificación de la ONU, en un mecanismo donde México es de los países certificantes, mientras que las brigadas de El Salvador no tienen la certificación. Igualmente desatendió las ofertas de Chile y de China, con otros argumentos.
La segunda diferencia es que la inacción del gobierno mexicano en los terremotos de 1985 provocó un desarrollo de organizaciones de la sociedad civil, que derivó en un cambio político y social. Del primero, lo más notable es que el PRI perdió para siempre la Ciudad de México. En Colombia, la respuesta ha sido el toque de queda.
Colombia es un país sísmicamente muy activo, si bien no tanto como México. Ha registrado terremotos hasta de 8.8 de magnitud, aunque el de agosto de 2026, que fue de 7.4, es el más fuerte en 45 años. También ahí volverá a temblar. México aprendió a golpes a generar una cultura sísmica básica, en la que la población normalmente sabe qué hacer durante un sismo, ayudada por las a propósito molestas alarmas. Existen protocolos de protección civil, señalamientos, simulacros, etcétera. Tuvo que haber una catástrofe mayúscula para que eso ocurriera. Y tuvo que haber un recordatorio, también con costo de vidas humanas, para que no se nos olvidaran las lecciones. ¿Tendría que pasar una tragedia gigantesca para que otras naciones, como Colombia, aprendan? Nadie experimenta en cabeza ajena.
Al sismo natural, los colombianos tienen ahora que agregar el sismo político que representa ese presidente que se comporta de manera insensible ante el drama que vive su pueblo. De la Espriella hizo dos anuncios, horas después del terremoto, sobre las cosas que en realidad le importan: reconoció los Altos del Golán como parte integral de Israel y autorizó operativos militares conjuntos del ejercito de Estados Unidos en suelo colombiano.
Además de reír y tirar besos en sus informes sobre las labores de rescate, durante su visita de inspección a Buenaventura y Quibdó, ciudades gravemente afectadas por el sismo, el presidente fue captado en video lanzando balones de futbol desde una camioneta a las personas damnificadas. Las pelotas entregadas llevan impresa la inscripción “Defensores de la Patria”, la frase insignia y el nombre del movimiento político del mandatario.
De la Espriella, como showman, ha tardado menos de una semana en dejar chiquito al argentino Milei. La fortuna para los colombianos es que no tiene una clara mayoría en el Congreso (lo que nos recuerda la importancia de los contrapesos constitucionales), y este al menos podría poner freno a algunos de sus excesos.
En cualquier caso, Colombia necesita desarrollar una cultura sísmica, pero también acotar a su presidente populista de extrema derecha.
Twitter: @franciscobaezr