Opinión

El peso del tiempo y la utopía de estar vivos

Adultos Mayores (Camila Ayala Benabib)

Hay una paradoja cruel en nuestro tiempo: durante siglos soñamos con vivir más y, ahora que lo hemos conseguido, no sabemos qué hacer con quienes lo logran. Joan Manuel Serrat acaba de poner el dedo en esa herida. A sus ochenta y dos años habla de la vejez sin pedir compasión, sin nostalgia y sin disfrazar el desgaste inevitable de los días. Dice algo bastante más incómodo: hemos construido una sociedad capaz de prolongar la vida y, al mismo tiempo, dispuesta a apartar a quienes envejecen. No porque hayan perdido necesariamente su inteligencia, su talento o su capacidad de crear, sino porque disminuye algo que nuestro tiempo ha convertido en una medida brutal del valor humano: su capacidad de consumir.

Vivimos bajo el imperio de lo nuevo. Compramos, usamos y sustituimos. Cambiamos teléfonos, automóviles, modas y objetos con una velocidad desconocida para otras generaciones. El problema comienza cuando esa misma lógica termina contaminando nuestra manera de mirar a las personas. Lo viejo deja de ser experiencia y comienza a parecernos obsolescencia. Entonces ocurre algo terrible: la sociedad empieza a confundir vejez con inutilidad. Pascal Bruckner llama a esta etapa de la existencia “el veranillo de la vida”. Un tiempo que nuestros antepasados rara vez conocieron y que la medicina moderna nos ha entregado casi como una inesperada herencia.

Pero toda herencia plantea una pregunta: ¿qué vamos a hacer con ella? Bruckner advierte algo provocador. La ciencia no ha prolongado propiamente la juventud: ha prolongado la vejez. Podemos retrasar sus signos, engañar durante algún tiempo al espejo y mantener actividades que antes parecían reservadas a edades más tempranas. Pero finalmente la biología presenta sus cuentas. La medicina añade años y, con frecuencia, convierte la salud en el extraño arte de transitar ordenadamente de una dolencia a otra. Y, sin embargo, seguimos aquí. Deseando. Creando. Amando. Haciendo planes. Quizá ahí comienza la verdadera rebelión contra el tiempo.

Porque los mayores de hoy ya no aceptan con facilidad el antiguo libreto que les asignaba un papel secundario: retirarse, cuidar a los nietos y esperar. Viajan, estudian, se enamoran, trabajan, emprenden proyectos, escriben libros, aprenden idiomas y descubren que todavía quedan territorios por recorrer. Y eso ha producido una tensión nueva. Millones de jóvenes enfrentan empleos precarios, salarios insuficientes y enormes dificultades para construir un patrimonio. Al mismo tiempo, contemplan generaciones mayores que reciben pensiones, viajan o prolongan durante décadas una vida activa. Resulta tentador convertir esa contradicción en una guerra entre edades. Sería un error. El conflicto no es entre jóvenes y viejos. El verdadero problema comienza cuando una sociedad convence a una generación de que la otra es una carga. El joven mira al viejo y teme estar financiando su pasado. El viejo mira al joven y teme convertirse en un estorbo para su futuro. Ambos pierden. Porque ninguna civilización puede sostenerse cuando sus generaciones empiezan a mirarse como competidoras.

Hay algo todavía más extraño en nuestra relación con la vejez. La observamos como si fuera un país extranjero. Hablamos de “los viejos”, “los mayores”, “la tercera edad”, como si describiéramos a habitantes de un territorio remoto al que nosotros nunca entraremos. Pero hacia allí caminamos todos. Envejecer es viajar hacia un país cuya frontera cruzamos sin darnos cuenta. Primero cambia el rostro. Después, el cuerpo. Luego, la velocidad. Un día descubrimos que los jóvenes comienzan a tratarnos de usted. Otro día alguien nos ofrece el asiento. Y comprendemos, quizá con sorpresa, que hemos llegado a aquel territorio que durante tantos años creímos habitado por otros.

La gran pregunta de la longevidad ya no consiste entonces en averiguar solamente cuántos años podremos vivir. La pregunta es para qué queremos esos años. Bruckner propone contemplarlos como quien recibe una fortuna inesperada. No guardarla debajo del colchón ni encerrarse a esperar el desenlace, sino gastarla en aquello que todavía pueda producir deseo, curiosidad, afecto y sentido. Porque mientras exista un proyecto pendiente, el futuro continúa abierto.

Una sociedad inteligente debería comprenderlo. Prescindir de sus hombres y mujeres mayores no significa solamente abandonar personas. Significa destruir archivos vivientes: experiencias, errores, historias, conocimientos, derrotas y recuerdos que ninguna computadora puede reconstruir completamente. Serrat lo dice de una manera brutal y hermosa: apartarlos es como quemar los libros. Quizá por eso la gran utopía de nuestro siglo no sea la inmortalidad. Tal vez sea algo mucho más difícil.

Construir una sociedad donde los jóvenes puedan imaginar el futuro sin resentir a quienes llegaron antes; donde los mayores puedan vivir sin pedir disculpas por seguir aquí; donde la productividad no determine la dignidad y donde cumplir años no signifique desaparecer lentamente de la mirada de los demás. Durante milenios buscamos prolongar la existencia. Lo conseguimos. Ahora viene la parte más difícil: aprender a merecer el tiempo que hemos ganado.

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