
A principios del año 2001, cuando otra clase de ignorancia (inocua frente a la actual; menos alevosa y hasta campirana) comenzaba uno de los más ramplones gobiernos en la historia de este país tan fiel a su eterna opereta o tarde de carnaval, Carlos Fuentes --aprovechado de su imbatible personalidad y encanto—sedujo a la pareja presidencial Fox-Sahagún con su erudita sonrisa y les hizo creer en la necesidad de crear en México una biblioteca nacional.
Martita se sentía Hipatia, claro, después de recibir la explicación de quién fue esa lejana persona desollada por el cruel Cirilo en la Alejandría de los antiguos.
Fuentes les había vendido la idea de crear (como en Francia, les dijo) una napoleónica Biblioteca Nacional.
Nadie le rebatió porque en aquellos años de sacralidad bovina, ni el Buey Apis o cualquier otra vaca sagrada habrían tenido tanta aceptación, veneración y respeto como él, excepto cuando un texto memorable del dandy guerrillero publicado (no escrito) por Octavio Paz contra quien fuera en otra época su cómplice y amigo, exhibió su implacable frivolidad política.
No olvidemos su disyuntiva con Fernando Benítez: Echeverría o el fascismo. En fin.
Pero sí hubo una voz discordante en el coro oportunista: Vicente Quirarte.
--Pero si ya tenemos la Biblioteca Nacional, decía sin estridencia.
Yo recordaba algunos datos fundamentales: En 1833, José María Luis Mora y Valentín Gómez Farías propusieron la creación de una biblioteca nacional como parte de un proyecto cultural más amplio. Muchas cosas ocurrieron después, pero en 1867, Benito Juárez estableció por decreto la Biblioteca Nacional y le otorgó alojamiento en el templo de San Agustín, en las actuales calles de Uruguay e Isabel la Católica.
Ahí precisamente en la esquina donde Alexander Von Humboldt vigila el acceso convertido en solitario mármol meditabundo. En 1914, la biblioteca pasó a dominio de la universidad y ahí estuvo hasta su traslado a varias instalaciones de la Ciudad Universitaria.
De ese capricho de Fuentes nació la actual Biblioteca Vasconcelos, de Buenavista, en el mejor de los casos complementaria de la México ubicada en la ciudadela junto con otras colecciones privadas (García Terres, Monsivais, Chumacero y Martínez), adquiridas por la gestión de Consuelo Sáizar.
Pero lo importante ahora es evocar a Quirarte.
Tras una visita a sus oficinas en C.U., publiqué un reportaje sobre la capciosa propuesta de Fuentes y la facilidad como los inexpertos panistas habían caído en el engaño. Mi intención era doble: exhibir su ignorancia y exaltar el trabajo universitario.
Quirarte me llevó al sancta sanctorum de los libros y con cuidado infinito –sin posibilidad de olvidar el paraíso de Borges en la especie de una biblioteca--, me mostró pergaminos, incunables y tesoros protegidos de la manera más delicada posible. El guante de tela se apropió del tacto convertido en respetuosa aproximación.
Hablamos mucho rato y caminamos juntos. La plática derivó en una de las obsesiones literarias de Vicente: la figura del héroe, del hombre extraordinario. No solamente a la manera de Emerson, para quien la historia es la suma de los hechos de hombres extraordinarios o como en el mundo mitológico (el mundo en sí mismo es una mitología), habitado por las necesarias excepciones cuyo esfuerzo equilibra y protege la mediocridad general, la medianía del hombre común.
Y junto con eso los pequeños héroes de papel, los hombres mágicos, los personajes de historieta (Hemeroteca) cuyo contenido también forma parte de la historia.
En esto reparábamos porque los héroes del “comic” americano eran aliados de las fuerzas militares en contra del avance alemán durante la II Guerra Mundial. Si no, jamás entenderíamos al Capitán América o al Halcón Negro, ni a la Wonder Woman con los colores de la bandera de los Estados Unidos. Hasta Superman, la obra inmortal de Jerry Siegel.
Pero en esas estábamos cuando llegamos a un clásico de la imaginación: Stan Lee, creador de “El sorprendente Hombre Araña”, una mezcla de soledad, amores desastrados y ficción científica con laboratorios de alta complejidad.
A los pocos días, en una tienda ya desaparecida de soldados de plomo; encontré una hermosa figura del arácnido maravilloso en posición de asalto. La compré, la envolví en papel de china y la deje días después en su escritorio con una tarjeta firmada por Peter Parker y el dibujo de una telaraña.
A cambio Quirarte me envió un libro memorable. Después nos veíamos muy de vez en cuando, porque la casualidad mal manejaba la agenda.
Lo volví a ver por última vez en la entrega de los premios CRÓNICA hace ya tiempo y a pesar de sus problemas físicos lo hallé lúcido, entero, cortés e inteligente como toda la vida. Recuerdo su traje gris perla y su elegante sencillez mundana. También recuerdo a María Helena.
De sus letras extraigo estas.
Junto con la oración de Alfonso Reyes a su padre, el general Bernardo y quizá, los versos de Jaime al mayor Sabines, son lo más importante en las letras mexicanas en la memoria, tributo o construcción literaria de un hijo hacia su padre:
“...Uno de los últimos días de su vida lo vislumbré en un café cercano a Insurgentes al que solía ir en compañía de sus alumnos y donde compensaba sus prolongadas estancias con espléndidas propinas. Desde la calle lo descubrí solo, acodado en una mesa, en una inmovilidad desoladora.
“Su rostro ya no estaba en este mundo y una mirada ceniza invocaba con urgencia la piedad de la muerte.
“Me seguí de largo, con la inmediata mandíbula del remordimiento afianzada en la carne del alma. Mi instinto vital me alejaba de quien se hundía con el barco, pero que dentro de su personal maremoto todo lo preparaba para que el resto de la tripulación no se perdiera...”
Y Reyes decía:
“...De repente sobrevino la tremenda sacudida nerviosa, tanto mayor cuanto que la muerte de mi padre fue un accidente, un choque contra un obstáculo físico, una violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico.
“Esto dio a su muerte no sé qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contra las intenciones de la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber sobrevenido aquella muerte en medio de circunstancias singularmente patéticas y sangrientas, que no sólo interesaban a una familia, sino a todo un pueblo. Su muerte era la culminación del cuadro de horror que ofrecía entonces toda la ciudad.
“Con la desaparición de mi padre, muchos, entre amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria.
“Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas...”
Y Sabines:
estoy esperando la muerte de mi padre. Desde hace tres meses, esperando. En el trabajo y en la borrachera, en la cama sin nadie y en el cuarto de niños, en su dolor tan lleno y derramado, su no dormir, su queja y su protesta, en el tanque de oxígeno y las muelas del día que amanece, buscando la esperanza. “Mirando su cadáver en los huesos que es ahora mi padre, e introduciendo agujas en las escasas venas, tratando de meterle la vida, de soplarle en la boca el aire...”
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