
La máxima cínica “¡cuán largo me lo fiais!” ejemplifica la arrogancia del transgresor convencido de poseer un crédito temporal interminable frente a la justicia, lo mismo en Sevilla como en Sinaloa. También ilustra el término de la impunidad desvergonzada cuando el convidado de piedra se lleva a Don Juan al infierno.
En la obra de Tirso de Molina, El burlador de Sevilla y convidado de piedra, Don Juan Tenorio no niega la inevitabilidad del castigo divino, simplemente lo posterga asumiendo una permanente extensión para delinquir impunemente.
Mecanismo psicológico similar operado en la accidentada bitácora sinaloense, transformando el palacio de gobierno en escenario de una farsa oportunista. El efímero intento de Rubén Rocha Moya por recuperar la gubernatura de Sinaloa, luego de 112 días de su primera licencia tras acusaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos por vínculos con el crimen organizado, representó el paroxismo de esta perversidad.
“La investigación no ha siquiera terminado”, comenta la titular de la Fiscalía General de la República, Ernestina Godoy, tres horas antes del repliegue del gobernador colocado ahí por la convergencia de fuerzas reales, las públicas y las ocultas. Al emitir un tuit unilateral anunciando su reincorporación, el mandatario expresó su “¡cuán largo me lo fiais!” frente al pacto ético de su propio movimiento, asumiendo erróneamente debilidad institucional del Estado.
El despliegue de soberbia de Don Juan Tenorio ocurre en cuatro estaciones trágicas. En el primer acto, el aristócrata se mofa de su criado Catalinón, asimilando la advertencia moral como un chiste marginal; posteriormente, el burlador repite su estribillo ante Tisbea, consumando la burla hacia los sectores vulnerables.
En un tercer momento confronta a su propio padre desafiando el principio de autoridad familiar —Rocha normalizó su retorno sin mediar consenso con el ejecutivo federal— y la última modulación de la frase acontece ante la estatua de Don Gonzalo de Ulloa, cuando la altivez pasa a desesperación fatal y el tiempo del crédito expira fulminantemente.
La respuesta ante al retorno anunciado en redes llevó a la Presidenta Claudia Sheinbaum a fijar límites definitivos. Mensajes puntuales: 1) “la ambición desnuda del poder por el poder”, 2) “el poder sin principios se vuelve arrogancia”, 3) “los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad ante la Nación es eterna”, y 4) “el Pueblo no está para alimentar ambiciones personales”. Indiscutible el posicionamiento perfecto de Omar García Harfuch, ayer, en el mismo sentido.
Vigencia del estándar de control ético en contra de liderazgos tóxicos. La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, respaldó la postura de deslinde, evidenciando unidad de la izquierda gobernante. Gobernadores de Morena y la dirigencia nacional contribuyeron al desplome del nuevo intento de Rocha y, por supuesto, su falta de determinación estratégica porque, en última instancia, “no hay evidencia en contra de él”, según se dijo sobradamente.
Los liderazgos de Sheinbaum y Brugada marcan la transición en el obradorismo. A la vista, agenda común sustentada en una izquierda institucional próxima al informe presidencial y en el año previo a una elección clave. El desenlace retórico se consumó en un escenario cargado de simbolismo metropolitano. Al supervisar las obras de la Línea 4 del Cablebús, acompañada por la mandataria local, la Presidenta cerró el capítulo tras la retirada del gobernador: “es lo mejor para Sinaloa”.
El paralelismo con Tirso de Molina resulta fundado por el vencimiento temporal: la ilusión de una prórroga perpetua se desvanece cuando el orden central retira el crédito político. Expiró sepultando dinámicas patrimonialistas bajo el rigor de la presión política y clausuró definitivamente cualquier libreto de El burlador de Sinaloa. El narco permanece, verdadero convidado de piedra de esta obra.