Las urnas de Sajonia-Anhalt dejaron este domingo una imagen incómoda para Alemania y quizá una advertencia para todas las democracias: Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo 43.8 por ciento de los votos (al momento de la redacción de este artículo) y 39 de los 83 escaños del parlamento regional. Le faltaron apenas 3 para alcanzar la mayoría absoluta. No llegó mediante una insurrección ni rompió las puertas del Parlamento. Llegó con votos. Ahí comienza el verdadero problema.
La organización estatal de AfD está clasificada por la Oficina para la Protección de la Constitución de Sajonia-Anhalt como una fuerza de extrema derecha confirmada, por considerar que parte de su actuación política se dirige contra principios esenciales del orden democrático, particularmente la dignidad humana. Y, sin embargo, casi 44 de cada cien electores votaron por ella.
Los principales partidos alemanes han mantenido frente a AfD una Brandmauer, literalmente una “muralla contra incendios”: un compromiso político —no una prohibición legal— para no formar gobiernos ni construir mayorías con la ultraderecha. AfD conserva sus escaños, participa en el Parlamento y representa a sus electores, pero sus adversarios se niegan a proporcionarle la mayoría que las urnas no le dieron. En un régimen parlamentario, esto es perfectamente democrático. Ganar más votos que cada uno de los adversarios no concede automáticamente el gobierno. Para gobernar, hay que construir una mayoría parlamentaria.
El cordón sanitario puede terminar produciendo una sensación profundamente peligrosa: que millones de votos sirven para ocupar asientos, pero no para orientar el poder. Cuando una fuerza política queda convertida de antemano en un socio imposible, sus electores pueden llegar a creer que existe una ciudadanía políticamente aceptable y otra condenada a mirar desde fuera.
Sin embargo, derribar esa muralla encierra el peligro contrario. Porque democracia no significa solamente contar votos. Significa también preservar la dignidad humana, las libertades, la igualdad ante la ley, la división de poderes y el derecho de las minorías a continuar siendo libres incluso cuando una mayoría quisiera restringir sus derechos.
Alemania aprendió esa diferencia de la manera más dolorosa. Los nazis nunca consiguieron una mayoría absoluta en unas elecciones libres. En julio de 1932, la NSDAP obtuvo 37.3 por ciento de los votos y se convirtió en la primera fuerza del Reichstag. En noviembre perdió votos. Hitler no llegó a la Cancillería como consecuencia automática de una mayoría electoral: fue nombrado canciller por el presidente Paul von Hindenburg el 30 de enero de 1933, en medio de una República de Weimar debilitada y de los cálculos de unas élites conservadoras que creyeron que podrían controlarlo. Se equivocaron. Una vez dentro del poder, Hitler destruyó progresivamente las condiciones que hacían posible disputárselo. Recordarlo no significa afirmar que AfD sea una repetición del nazismo. Las analogías fáciles suelen impedir entender tanto el presente como el pasado. Significa comprender por qué, después de aquella catástrofe, la Ley Fundamental alemana de 1949 puso la dignidad humana en su primer artículo y construyó el concepto de una democracia defensiva: una democracia que no tiene la obligación de proporcionar las herramientas para su propia destrucción.
La democracia puede equivocarse porque los ciudadanos podemos equivocarnos. Votamos bajo el miedo, creemos promesas imposibles y algunas veces castigamos al presente sin calcular el precio que pagará el futuro. Por eso la democracia no es el mejor sistema porque produzca siempre decisiones sabias. Lo es porque permite corregirlas sin sangre, limita al vencedor, protege al derrotado y conserva abierta la posibilidad de cambiar de rumbo. Su grandeza no está en ser infalible, está en permitir la rectificación.
Porque una muralla puede impedir que alguien entre al gobierno. Lo que ninguna muralla puede hacer es recuperar la confianza de quien ya se fue. Alemania necesita límites firmes frente a cualquier proyecto que degrade derechos, pero también puertas abiertas hacia quienes se sienten abandonados. Ese es el desafío que dejaron las urnas de Sajonia-Anhalt: proteger la democracia sin dejar de escuchar a los ciudadanos. Cuando una democracia deja de convencer, tarde o temprano aparece alguien dispuesto a vencer.