Opinión

El muchacho que salió de Rosario a los trece y cargó durante buena parte de su carrera con la sospecha de no ser suficientemente argentino era ahora el capitán de los campeones del mundo.

Messi, el héroe trágico

Lionel Messi

Lionel Messi ganó todo lo que un futbolista puede ganar. Ligas, copas, Champions, Balones de Oro y la Copa América. Durante años, sin embargo, pareció que nada de eso bastaba mientras no fuera campeón del mundo con Argentina. Lo consiguió en Qatar y obtuvo algo que le había resultado más difícil que cualquier campeonato: volver a casa.

Tenía 35 años y Argentina, al fin, lo quería sin reservas. El muchacho que salió de Rosario a los trece y cargó durante buena parte de su carrera con la sospecha de no ser suficientemente argentino era ahora el capitán de los campeones del mundo. Ya no era solamente el futbolista extraordinario que resolvía partidos; era el hombre alrededor del cual una selección había construido su identidad.

La historia pudo terminar ahí. Pero cuatro años después volvió al Mundial con 39 años.

El tiempo ya había hecho su trabajo. Había perdido velocidad, resistencia y aquella capacidad absurda para arrancar desde mitad de cancha y dejar a los rivales tirados. Caminaba más, esperaba más, escogía mejor sus intervenciones y, aun así, peleaba cada jugada como si fuera la última.

Argentina también había envejecido y dependía, paradójicamente, todavía más de él. Era un equipo menos sólido que el de Qatar, menos capaz de imponerse desde el juego y más confiado en aquello que no aparece en una pizarra: la mística, el carácter, la experiencia y la posibilidad de que el 10 todavía inventara algo.

Y lo hizo durante casi todo el torneo. Argentina volvió a llegar a la final, incluso después de eliminar a Inglaterra, pero no pudo más. Messi quedó otra vez al final del camino, entre lágrimas, mientras alguien más levantaba la Copa del Mundo.

Durante la justa hubo polémicas, críticas, reclamos y acusaciones que suelen acompañar al futbol cuando deja de ser solamente un juego y se convierte en una forma elemental de identidad colectiva. Sólo después supimos que, mientras ocurría todo aquello, Messi atravesaba otra historia: su padre estaba enfermo.

Jorge Messi había acompañado al niño que salió de Rosario cuando su vida era apenas una apuesta. Cuando parte de la familia regresó a Argentina, él permaneció junto a Leo y por los siguientes años fue padre, representante, consejero y compañero. Cuando su hijo ya había ganado todo, fue también quien lo animó a jugar un Mundial más. Messi no pudo llevarle otra Copa. Poco después murió su padre y él dejó la selección.

Hay algo profundamente moderno en nuestra incapacidad para aceptar que las grandes historias puedan terminar en una derrota. Queremos que el héroe gane, bese a su familia y que los créditos aparezcan justo ahí, cuando todo parece resuelto. Los griegos desconfiaban de esos finales. Sus héroes llegaban tan lejos como podían hasta encontrarse con aquello que no podían vencer: Aquiles podía derrotar a cualquier hombre, pero no escapar de su destino; Orfeo podía conmover a los dioses y aun así perder a Eurídice. La tragedia comenzaba precisamente donde terminaba el poder humano del héroe.

Habrá quien piense que Messi jugó un Mundial de más. Que debió marcharse cuando todavía podía escoger un final perfecto y ahorrarse la imagen de la derrota y toda la polémica del torneo. Quizá sea cierto si lo que importa es conservar intacta una última escena. Su regreso, sin embargo, permitió ver algo que la victoria no podía mostrar: Messi perdió y Argentina lo abrazó como una leyenda.

A lo largo de su carrera había ocurrido lo contrario. Cada derrota abría un juicio sobre él: si sentía la camiseta, si cantaba el himno, si tenía carácter, si era demasiado catalán o si podía compararse con Maradona. Ser el mejor futbolista del mundo no bastaba porque su pertenencia estaba siempre sometida a examen. Para ser uno de los suyos parecía obligado a intentarlo una y otra vez hasta vencer.

Esta vez no hizo falta. Nadie necesitó defenderlo con una lista de títulos ni explicar su argentinidad. La derrota ya no puso en duda su lugar entre los argentinos. Al contrario, permitió comprobar que algo había cambiado definitivamente: podían verlo perder y seguir reconociéndose en él.

Ahí está quizá lo que el final perfecto habría dejado pendiente. Su último Mundial fue trágico y por ello eterno: el héroe llegó hasta donde pudo, encontró aquello que ya no podía cambiar y, precisamente entonces, descubrió que su gente seguía con él.

Argentina ya es suya y Messi, que pertenece al mundo, será siempre de ahí.

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