
Una estrategia política visible en distintos países es la instrumentalización del antisemitismo para deslegitimar o silenciar cualquier crítica al Estado de Israel. Si todo cuestionamiento es etiquetado como antisemita el concepto termina perdiendo precisión y dificulta identificar el antisemitismo genuino. Por ello, las manifestaciones pro-Palestina y contra el genocidio en Gaza, realizadas recientemente en Ciudad de México -en Polanco y otras zonas de Lomas de Chapultepec donde radica parte de la comunidad judía -, han generado malestar y críticas por parte de ciertos grupos asimilados a los valores del sionismo, de los partidos de la derecha institucionalizada, así como de una izquierda endulzada, “buena onda” y francamente decadente, que apoya acríticamente al genocida Benjamín Netanyahu.
A ellos se les recuerda que cuestionar al gobierno israelí no significa odiar a los judíos, que condenar la destrucción de Gaza no significa negar el derecho de Israel a existir y que denunciar a los violentos colonos en Cisjordania así como la expansión de sus asentamientos ilegales, la violencia contra civiles o el desarrollo de políticas de exterminio, tampoco equivalen a antisemitismo. Quienes defienden a Israel se confunden cuando homologan el antisemitismo con el antisionismo. Conviene recordarles que el antisemitismo es una forma histórica de prejuicio y hostilidad contra los judíos como pueblo, mientras que el antisionismo se refiere a una posición política contra el sionismo, es decir, aquel movimiento político que sostiene el derecho de los judíos a la autodeterminación nacional en tierra histórica de Palestina.
Theodor Herzl es el principal símbolo del sionismo y el padre del Estado de Israel. Su sionismo encarna el antiguo mito del retorno a la “tierra prometida” con un programa de acción política. El Mesías no sería una persona, sino un esfuerzo para organizarse y abandonar la tierra del exilio. Al interior del sionismo existen distintas posiciones: desde quienes pugnan por el fortalecimiento de la conciencia judía y la defensa del Estado, hasta un sionismo ortodoxo y fundamentalista que ve en el “gran Israel” el inicio del tiempo mesiánico.
En su obra “El Suicidio de Israel” la destacada historiadora, Anna Foa, -una de las voces académicas más importantes en lo relativo a la historia del pueblo judío y el antisemitismo- afirma que el dolor por las víctimas israelíes no debe impedir reconocer el sufrimiento y las muertes palestinas producidas durante la guerra de Gaza. Su obra es una advertencia política que identifica varios peligros que afectan a Israel: debilitamiento democrático, crecimiento del nacionalismo extremo,
fortalecimiento de sectores ultraderechistas y ortodoxos, expansión del poder colonial, ausencia de una solución política para los palestinos y transformación de la seguridad en una lógica de guerra permanente.
Parte de la estrategia mencionada es también el negacionismo del sufrimiento y de la dimensión genocida de la tragedia palestina. Negar, minimizar o invisibilizar sistemáticamente muertes masivas, destrucción de viviendas e infraestructuras, desplazamientos forzados y uso de inteligencia artificial generativa para seleccionar objetivos, constituyen formas de ceguera moral que impiden discutir seriamente las responsabilidades políticas y jurídicas derivadas del conflicto. Así como se rechaza el negacionismo de la Shoá, también se rechaza el negacionismo del sufrimiento palestino. El uso político de la memoria de las víctimas del Holocausto no debe utilizarse para justificar la subordinación o sufrimiento de otras víctimas.
Criticar al gobierno de Israel, su ejército y sus políticas hacia los palestinos no es antisemitismo. Tampoco lo es defender la creación de un Estado Palestino, cuestionar el genocidio o exigir respeto al derecho internacional. La actual política israelí es objeto legítimo de intensos cuestionamientos políticos y jurídicos. Los palestinos tienen exactamente el mismo derecho a la vida, libertad, dignidad, autodeterminación y a un futuro político que los judíos. El verdadero peligro consiste en aceptar que solamente unas de esas vidas merecen protección, mientras que otras pueden desaparecer