Opinión

Se recuerda el sacrificio de los cadetes del Colegio Militar, pero se omite mencionar que este hecho se debió, en gran parte, a la omisión y negligencia de los mandos del Ejército nacional

Septiembre, mes patrio

Septiembre, mes patrio

En muchos países hay un mes que se identifica con la patria. En la mayoría de los casos, se trata de un parteaguas en el devenir de la nación, como el estallido de una revolución, la independencia u otro acontecimiento de particular significación. En México, ese mes es septiembre. En su decurso ocurrieron muchos eventos trascendentes, por citar los más relevantes: el inicio de la lucha por la independencia nacional, las batallas de Molino del Rey y de Chapultepec, y la consumación de la emancipación política. Con esos basta y sobra.

Los mexicanos ritualizamos el Grito libertario en la noche del 15, y desde Palacio Nacional, en los palacios de los Estados y en los edificios municipales, se vitorea a los héroes y, hoy también, a las heroínas que “nos dieron patria”.

La trágica fecha del 13 de septiembre es objeto de una conmemoración cívico-militar. Se recuerda el sacrificio de los cadetes del Colegio Militar, pero se omite mencionar que este hecho se debió, en gran parte, a la omisión y negligencia de los mandos del Ejército nacional.

¿Qué sucede con el 27 de septiembre, fecha en la cual el Ejército Trigarante hizo su entrada triunfal en la Ciudad de México, con lo cual se daba por terminada la conflagración para alcanzar la independencia política de España? Pues ocurre lo mismo que con el texto del Himno Nacional, escrito por Francisco González Bocanegra en 1854. El caudillo de las Tres Garantías, el rebelde de Iguala, el Libertador, a quien se dedicaba una estrofa en esta composición épica, dejó de ser digno de remembranza por sus errores políticos. Hoy nadie canta la palabra “Iturbide” en las ceremonias oficiales. Se suprimió toda referencia a este personaje histórico que protagonizó grandes obras, concitó voluntades e intereses y también incurrió en graves yerros. Y todo se debe a una lectura lineal de la historia, a una visión de héroes y villanos, dejando de considerar que los grandes personajes de la historia tienen una figura que presenta claroscuros. Pareciera que solamente erigimos como modelo de culto cívico a aquellos personajes que no flaquearon nunca, que son iconos de perfección y de conductas irreprochables. En otros casos, se tiende a borrar los rasgos negativos, para depurar a los ungidos con la estatua y el pedestal.

Poco divulgada es la ejecución de soldados desertores del Batallón de San Patricio los días 10, 11 y 13 de septiembre por los norteamericanos. Eran irlandeses católicos enlistados en las tropas de Winfield Scott. México conmemora su gesta el 12 de septiembre; su nombre figura, además, en letras doradas en el recinto de la Cámara de Diputados y se colocó una placa alusiva en la plaza de San Jacinto, en San Ángel.

La historia es obra de humanos falibles, capaces de repetir los mismos errores del pasado o los propios. Pero los libros de historia y los calendarios cívicos deben elaborarse sin adjetivaciones innecesarias, sin cargas ideológicas y sin aspavientos.

Ojalá que nos demos la oportunidad de revalorar nuestra visión del pasado, que tengamos la valentía de hablar de hombres y mujeres con méritos y defectos. Pero, sobre todo, que no analicemos el pretérito exclusivamente a través de las categorías y valores de la mentalidad contemporánea.

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