Opinión

Las mujeres tomaron las aulas

Clases en la UNAM
Clases en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México)

En 1968, los jóvenes tomaron las calles para exigir libertades democráticas y denunciar la represión. Al cumplirse 58 años de Tlatelolco, una investigación del National Security Archive, difundida recientemente, documenta cómo la CIA financió agrupaciones estudiantiles de extrema derecha y buscó influir en las universidades mexicanas antes de la matanza. La disputa por las aulas también atravesaba la soberanía del país: organizarse, debatir y pensar con libertad incomodaba a poderes que actuaban dentro y fuera de México.

Hoy, el Panorama de la Educación 2026 de la OCDE ofrece datos valiosos para comparar el acceso a la educación y al empleo. Su lectura exige considerar la orientación económica del organismo, cuestionada desde el pensamiento crítico latinoamericano por acercar la educación a las exigencias empresariales. Esa perspectiva deja aspectos fundamentales fuera del encuadre: una joven que cuida a sus hijos o a un familiar puede aparecer entre quienes no estudian ni trabajan, aunque su jornada sostenga la vida de otros. Con ese contexto debemos reconocer el avance de las mujeres en las aulas y las dificultades que todavía enfrentan para permanecer en ellas.

El informe muestra que México redujo de 23% a 19% la proporción de jóvenes de 18 a 24 años fuera de las aulas y del empleo entre 2015 y 2025. Triunfo que tiene una firma inequívocamente femenina, pues en los hombres este indicador creció 1%, pero en las mujeres mejoró, pasando de 37% a 29%. Toda la mejora del país en una década la empujaron las mujeres jóvenes.

Es la segunda vuelta del 68. Aquella generación exigió libertad de cátedra, democracia y el fin de los cotos de élite y de poder. Esta generación no pidió permiso, simplemente entró.

Los datos generales indican que 42% de los jóvenes de 18 a 24 años trabaja, 29% estudia de tiempo completo y 10% hace ambas cosas. Uno de cada cinco permanece fuera de ambos circuitos, aunque una parte busca empleo activamente. Sin embargo, al analizar la década, el estancamiento es puramente masculino, la proporción de hombres estudiando se mantuvo en 37% y la de hombres trabajando en 53%.

En las mujeres, en contraste, cambió todo. La presencia femenina en las aulas pasó de 35% a 41%, superando a los hombres. En el empleo, aumentó de 28% a 30%. Seis puntos más en la escuela y dos más en el trabajo, a contracorriente de un sistema que históricamente había ofrecido lo mínimo.

El movimiento del 68 exigió educación pública y gratuita, y la consiguió en el papel. En el presupuesto, no. México arrastra la inversión por estudiante más baja de toda la OCDE, menos de 3 mil dólares por alumno de tiempo completo, frente a los casi 35 mil de Luxemburgo. Además, el país registra las aulas de secundaria más saturadas del organismo, con 31 alumnos por docente. La reducción en primaria de 27 a 23 alumnos responde más a la transición demográfica que a una política deliberada.

En 1968, los estudiantes del Politécnico y la UNAM denunciaron que el técnico era visto como mano de obra barata. En 2026, casi lo desaparecimos. Entre los adultos de 55 a 64 años, el 6% tiene como máximo nivel un bachillerato técnico; entre los jóvenes de 25 a 34, apenas el 1%. Destruimos la vía que el 68 defendía —el técnico digno y bien pagado— por el fetiche del título universitario que no conecta con el mercado laboral.

Aquí se cierra el círculo, la generación del 68 luchó por entrar a la universidad. Las jóvenes de 2026 entraron, pero el país sigue con el reto del siguiente paso. Aunque la escolaridad subió, la tasa de fecundidad se desplomó a 1.2 en mujeres de 15 a 45 años (y a 0.9 en la Ciudad de México).

Como señala el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA por sus siglas en inglés), 21% de las personas siente que no podrá tener los hijos que desea por falta de dinero, vivienda y sistemas de cuidado. Por eso mantenemos la tercera proporción más alta de mujeres jóvenes fuera de la escuela y del empleo en la OCDE, solo detrás de Turquía (43%) y Colombia (34%). No se trata de desinterés; se trata de sobrecarga de cuidados.

En 1968, los jóvenes gritaron: “¡No queremos Olimpiadas, queremos revolución!”. En 2026, las jóvenes no gritan, entran, se sientan y, con 3 mil dólares por persona, logran lo que el Estado no hizo en casi seis décadas, mover al país.

El horizonte de México debe construirse desde las necesidades de sus juventudes. Acercarnos al promedio de la OCDE puede orientar una comparación; garantizar el derecho a la educación exige inversión suficiente, formación técnica de calidad y un sistema de cuidados que permita a las mujeres permanecer en las aulas e incorporarse al trabajo en condiciones dignas. La memoria del 68 nos compromete con las libertades democráticas y con una educación pública capaz de ampliar las oportunidades de cada generación. Las mujeres han abierto camino. Nos corresponde sostener ese avance con decisiones públicas.

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