Opinión

Antes de encender la mecha

Pablo Andrei Zamudio Díaz
Pablo Andrei Zamudio Díaz Cortesía

Hay sonidos que significan cosas distintas según quién los escuche.

En muchos pueblos de México, un cohete al amanecer anuncia la fiesta. Truena sobre los techos y la gente sabe que habrá misa, procesión y baile. Para la mayoría, ese estruendo es alegría.

Para una niña de un municipio de Veracruz era otra cosa. Vive con autismo. Según relató su madre, además tiene hiperacusia, una sensibilidad extrema al sonido, y el uso desmedido de cohetes le provocaba pánico, ansiedad, dolor en los oídos y un malestar que podía durarle el día entero o más.

Pienso en esa escena desde los dos lados de la calle. De un lado, alguien enciende la mecha y mira al cielo, sin ninguna mala intención. Del otro, detrás de una pared, alguien recibe ese mismo sonido como una agresión. Ninguno ve al otro. Muchas injusticias cotidianas empiezan así. Nadie quiso dañar a nadie. Nadie pensó en quien estaba del otro lado.

En 2022, la madre pidió al ayuntamiento que fijara unas horas sin cohetes y que buscara reducir su uso. El ayuntamiento acordó recomendar a la población el horario que la ley ya permitía, de las seis de la mañana a las once de la noche. Diecisiete horas. Acordó también citar a la madre para que explicara el caso de su hija ante las autoridades del municipio y los comités de las calles.

A quien cargaba con el daño se le pidió que fuera a explicarlo. Pocas cosas cansan tanto como tener que demostrar, una y otra vez, ante quienes no lo sienten, que un dolor existe. Lo saben muchas familias de personas con discapacidad.

La madre promovió un amparo, y el 28 de octubre la Suprema Corte resolvió el caso. No prohibió los cohetes en general, y la ley de Veracruz sigue vigente. Pero la mantuvo con una condición: antes de dar un permiso, la autoridad tiene que preguntarse si ese ruido puede dañar a las personas con autismo, en especial a niñas y niños. Si puede dañarlas y no hay forma de evitarlo, el permiso no se da.

En la sesión en que se resolvió se habló del llamado modelo social de la discapacidad, que cambia la manera de mirar: la discapacidad no está solo en la persona, sino que aparece cuando su condición se encuentra con un mundo que no la toma en cuenta. A la niña no se le puede pedir que oiga de otra manera. Al mundo sí se le puede pedir que haga menos ruido.

Nada de esto va contra las fiestas, que guardan la memoria de los pueblos. La costumbre merece respeto; también lo merece la niña que no puede soportarla.

Casi todo lo que hacemos en común está pensado para la mayoría, que es la que llena la plaza. La justicia empieza cuando alguien se pregunta por quien no está en ella, por quien se quedó en casa porque la plaza le dolía.

Entre la petición de aquella madre y la respuesta de la Corte pasaron más de cuatro años, buena parte de una infancia. La respuesta llega a tiempo para las fiestas que vienen.

Un cohete tarda unos segundos en subir. Antes de encenderlo cabe una pregunta muy simple: ¿quién está cerca?

Mientras alguien tenga que esconderse para soportarla, una fiesta todavía no es de todo el pueblo.

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