
Caminar por la Potsdamer Platz en esta Berlinale 2026 es, ante todo, un ejercicio de observación clínica sobre las fracturas de nuestra modernidad. Me detengo frente al Palast y no puedo evitar masticar las palabras de Wim Wenders; ese postulado casi ascético donde afirma que el cine es lo contrario de la política porque debe habitar el refugio de la compasión humana.
Escucho a Wenders y percibo una nostalgia por la pureza del arte, una suerte de humanismo romántico que intenta blindar la pantalla frente a la toxicidad del discurso público.
Sin embargo, como antropólogos de lo visual, sabemos que no existe el vacío absoluto: el cine, incluso cuando intenta mirar hacia otro lado, está radiografiando las ausencias de una sociedad.
La contradicción estalla en la cara del espectador cuando las luces se apagan. Mientras el presidente del jurado aboga por un cine “contrapeso” que no pretenda cambiar leyes, la selección oficial le propina una cachetada con guante blanco a través de una potencia política que no necesita consignas para ser devastadora.
Lo vemos en esa soledad sistémica que atraviesa a las nuevas generaciones, una orfandad de pertenencia que ya diseccionamos en este vacío existencial de los nacidos en los 90.
¿Acaso no es político retratar a una juventud que busca su lugar en un mundo que ya ha sido repartido y agotado por sus antecesores? Esa alienación no es un accidente biológico, es el resultado de un diseño socioeconómico que el cine expone con una crudeza que Wenders prefiere llamar “empatía”, pero que nosotros entendemos como denuncia.
Esta tensión entre la mirada del autor y la realidad del contexto es donde reside el verdadero cine actual. La Berlinale 2026 no es un festival de abstracciones; es un campo de batalla donde la estética se estrella contra la ética.
Al negar el carácter político del cine, se corre el riesgo de convertir la compasión en una vitrina inofensiva, en un analgésico que nos permite ver el sufrimiento ajeno sin cuestionar las estructuras que lo provocan. Pero el cine de este año se niega a ser anestesia. Cada plano que explora la censura en Oriente, cada secuencia que documenta la erosión de las democracias europeas o el desamparo de quienes habitan las periferias del sistema, es un acto de resistencia. Al final del día, la política no es solo el ejercicio del poder, sino la forma en que decidimos convivir; y mientras el cine siga cuestionando nuestra forma de estar en el mundo, seguirá siendo la herramienta política más peligrosa y necesaria que tenemos, le pese a quien le pese.