
Ya se vía venir, había señales. Desde la primera gestión de la presidencia de D. J. Trump se habían mostrado intenciones de controlar más allá de lo que le corresponde como presidente de los Estados Unidos. Make America Great Again, El Golfo de “América”, y otras ideas que ha expresado no son simples ocurrencias o slogans de campaña. Trump de verdad cree que América (al menos solo América por ahora) le pertenece, incluida Groenlandia.
La doctrina Monroe “América para los americanos” hoy hace eco en el gobierno trumpista. América completa, con toda la riqueza de recursos naturales y potencial energético. La intervención en Venezuela es solo su primer objetivo, según dejan ver sus nuevas amenazas contra México, Colombia, Cuba, Groenlandia y, de paso, Irán por si acaso. Toma como pretextos la democracia y el narcotráfico y, como buen justiciero, dará ayuda, aunque nadie se la pida.
Se asemeja a una historia de ficción, que parecía que estaba superada. El gran problema es que es real. ¿Qué se hace en estos casos? Se pensaría que existen estrategias bien claras para cumplir los acuerdos internacionales de respeto a la soberanía de los pueblos a través de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Nada más lejos de ello. En estos casos la ONU depende del Consejo de Seguridad conformado por 15 miembros de los 193 países adheridos. Diez miembros son rotatorios y cinco son permanentes con poder de veto. Los países permanentes son Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido (los países victoriosos de la Segunda Guerra Mundial).
El Consejo de Seguridad tiene como funciones autorizar operaciones militares y misiones de paz, imponer sanciones internacionales, determinar amenazas a la paz, autorizar el uso de la fuerza, establecer tribunales internacionales y supervisar conflictos armados y procesos de paz. Para tomar cualquier decisión relacionada con conflictos bélicos es necesario contar con nueve votos del Consejo y ningún veto de los miembros permanentes. Como es claro, cualquier interés de alguno de estos cinco países miembros permanentes puede invalidar acciones de pacificación.
Así es que Estados Unidos ha vetado resoluciones relacionadas con el conflicto Israel-Palestina y Rusia hace lo propio con el conflicto con Ucrania, razón por la cual no hay cómo alcanzar la paz en estas regiones sin que se involucren otros países y se escale a niveles regionales o mundiales. De esta forma, la injerencia de la ONU queda anulada y permanece como un observador más al que no queda otra que rechazar las ofensivas sin más. Es claro que la ONU debe renovarse o morir; su papel en ayuda humanitaria y promoción de marcos legales y acuerdos para la paz mundial es relevante, pero en casos como los mencionados o la reciente intervención en Venezuela, nada que hacer.
Así las cosas, cada vez más países han condenado la incursión armada de Estados Unidos en Venezuela para capturar (o secuestrar) al dictador Nicolás Maduro y su esposa, acusado (por Estados Unidos) de tráfico de drogas y actividades delincuenciales. Juez y parte, aplicando la consigna maquiavélica de “el fin justifica los medios” y señalando a su próximo objetivo. El gobierno de Estados Unidos actúa unilateralmente, saltándose todos los procedimientos legales de su país y los internacionales porque no hay mecanismos para detenerlo. Simplemente porque puede y porque quiere.