
Desde tiempos pasados estos animales han sido aprovechados por el humano como alimento, sus pieles han sido utilizadas para la elaboración de ropa, así como sus huesos fueron usados como herramientas y ornamentos. En la actualidad su carne se sigue consumiendo y sus pieles continúan siendo explotadas; además, son criados para ser mascotas o bien para ser utilizados en el campo de la investigación médica para el desarrollo de fármacos.
La cercanía que hemos tenido con los conejos y liebres ha sido plasmada en pinturas, esculturas, canciones, cuentos, caricaturas y películas. Así como forman parte de la cultura de algunas sociedades como la china, en la que representan a algunos de sus dioses, por lo que son considerados como organismos portadores de buenaventura y fertilidad. Además, existen leyendas entorno a ellos como la del conejo en la Luna, la cual tiene tanto orígenes asiáticos como americanos y la del conejo de Pascua con raíces europeas. Incluso han sido integrados en refranes populares como “hasta al mejor cazador, se le va la liebre”, el cual refleja la agilidad de este animal y se utiliza para indicar que también las personas más hábiles pueden cometer errores o dejar escapar oportunidades. Por otro lado, el refrán “que no te den gato por liebre”, alerta sobre la posibilidad de un engaño, por lo que se exhorta a tener cuidado para no recibir algo de menor calidad que se hace pasar por algo más valioso.
A pesar de la familiaridad y presencia constante de estos animales en la cultura popular y en la vida cotidiana, es frecuente que los conejos y las liebres sean identificados como si fueran el mismo organismo. Esta mala identificación puede deberse a que comparten características morfológicas, alimentarias y de distribución geográfica que los clasifica en el orden de los lagomorfos (grupo de mamíferos integrado por las liebres, conejos y pikas) y en la familia de los lepóridos. A diferencia de los roedores con quienes también suelen ser confundidos, los lepóridos presentan una hendidura en la mitad del labio superior, la cual le brinda el nombre al grupo (Leporidae); además presentan un par de incisivos inferiores y uno de superiores grandes y acanalados, detrás de los cuales se alberga otro par de incisivos auxiliares mucho más pequeños. A lo largo de su vida, los incisivos frontales se mantendrán en continuo crecimiento, por lo que necesitan de un desgaste constante para mantener un funcionamiento adecuado. Otras características que comparten son sus grandes ojos adaptados para las actividades crepusculares y nocturnas; sus largas orejas presentan un amplio grado de movimiento que les permite tener un sentido del oído bien desarrollado y que les ayuda a regular la temperatura corporal; además poseen un gran sentido del olfato. Sus patas traseras son 20 % más largas que las delanteras y están adaptadas para correr a grandes velocidades y largas distancias.
A pesar de las similitudes entre los conejos y liebres, también poseen características únicas que pueden ser utilizadas para diferenciarlos entre sí. Por ejemplo, las liebres son de mayor tamaño y peso que los conejos, así como tienen orejas y patas traseras más largas. Además, tienen un período de gestación que puede alcanzar los 55 días y tienen entre una a tres crías. Éstas o también llamadas lebratos, son precoces, es decir nacen con los ojos abiertos, cubiertos de pelo y son capaces de correr a los pocos minutos de haber nacido; generalmente permanecen resguardados en nidos someros sobre el suelo. En contraste, los conejos tienen un tiempo de gestación más corto, el cual puede llegar a los 39 días. Sus camadas son más numerosas, pudiendo ser de hasta nueve crías. Los gazapos como mejor se les conoce a las crías de los conejos, son altriciales, es decir nacen con los ojos cerrados, desprovistos de pelo y son totalmente indefensos, por lo que dependen completamente de los cuidados maternos para su sobrevivencia. Usualmente la madre los cuida dentro de madrigueras subterráneas o bien, los oculta entre rocas y troncos para protegerlos de la intemperie y de posibles depredadores.

Por otro lado, las liebres tienen mayor resistencia y velocidad en largas distancias, pudiendo alcanzar velocidades de hasta 70 km/hr. Además, suelen alterarse con gran facilidad, por lo que no suelen resistir el cautiverio, ya que éste les genera altos niveles de estrés que pueden llegar a provocarles lesiones o la muerte. En cambio, los conejos suelen ser dóciles y pasivos, lo que permite que su crianza o también conocida como cunicultura sea menos compleja que con liebres.
Los conejos y liebres tienen alta importancia ecológica en los ecosistemas que habitan, ya que, al alimentarse principalmente de hierbas y pastos, promueven un paisaje con vegetación corta, la cual favorece al hábitat de otros organismos como los roedores y aves que anidan en el suelo. También, fomentan el establecimiento de nuevas plantas a través de la dispersión de semillas por medio de sus heces. Además, son fuente de alimento para diversos depredadores como aves rapaces, serpientes y otros mamíferos como linces, pumas, comadrejas y coyotes.
A pesar de que México destaca por su diversidad de lepóridos, es frecuente que su sociedad reconozca al conejo doméstico (Oryctolagus cuniculus) como la especie más familiar. No obstante, ésta es una especie introducida al continente americano por los colonizadores españoles. México presenta 17 especies nativas de lepóridos, de las cuales 11 son conejos y 6 son liebres. Dentro del primer grupo se tienen al conejo de Omiltemi (Sylvilagus insonus), al conejo matorralero de la Isla de San José (S. mansuetus; considerado también como la subespecie S. bachmani mansuetus), al conejo de las Islas Marías (S. graysoni), al conejo robusto (S. holzneri), al conejo mexicano (S. cunicularius), al conejo matorralero (S. bachmani), al conejo del desierto (S. audubonii), al conejo castellano (S. floridanus), al conejo tropical (S. gabbi), al conejo yucateco (S. yucatanicus) y al zacatuche o teporingo (Romerolagus diazi). El grupo de las liebres está conformado por la liebre de Tehuantepec (Lepus flavigularis), la liebre negra (L. insularis), la liebre torda (L. callotis), la liebre de cola negra (L. californicus), la liebre de Altamira (L. altamirae) y la liebre antílope (L. alleni). Estas especies habitan en diversos ecosistemas del país como las selvas secas y húmedas, los bosques, los pastizales y matorrales de las zonas áridas. En general, los lepóridos prefieren ambientes abiertos con parches de vegetación que les brinden refugio.
No obstante, el conejo de Omiltemi, el conejo matorralero de la Isla de San José, el conejo de las Islas Marías, el conejo yucateco, el zacatuche, la liebre de Tehuantepec, la liebre negra y la liebre de Altamira tienen una distribución restringida y requerimientos específicos de hábitat, lo que los hace susceptibles a presentar poblaciones naturalmente bajas. Sin embargo, estas especies enfrentan serias amenazas debido a las actividades humanas, ya que la deforestación para el desarrollo urbano y agropecuario ha reducido y fragmentado sus hábitats; además la conversión de la vegetación nativa en áreas agrícolas ha alterado sus ambientes naturales y las carreteras representan un riesgo constante de atropellamiento. A esto se suma la depredación por parte de perros y gatos ferales que, junto con la caza furtiva han incrementado la presión sobre sus poblaciones. Debido a las constantes amenazas, estas especies se encuentran protegidas legalmente por la Norma Oficial Mexicana 059 (NOM-059-SEMARNAT-2010), bajo la categoría de “en peligro de extinción”. No obstante, la liebre negra se encuentra “bajo protección especial”, mientras que la liebre de Altamira y el conejo yucateco carecen de protección debido a la falta de información acerca de su ecología y hábitat.
Ante este complejo panorama, persisten grandes retos para lograr la conservación de los conejos y liebres endémicos de México. Uno de los principales desafíos es la falta de conocimiento de la sociedad acerca de su valor ecológico, su papel dentro de los ecosistemas y las diferencias biológicas entre ellos. Por esto, la divulgación acerca de estos organismos es clave, ya que podría fomentar la consciencia social en favor de su conservación. Además, el lograr entender sus características biológicas, patrones de distribución y necesidades ecológicas es crucial para implementar estrategias de conservación eficaces. Agruparlos como si se tratara de un sólo tipo de organismo es incorrecto y podría derivar en decisiones erróneas en los programas de conservación.
Conocer e identificar las diferencias entre los conejos y las liebres es el primer paso para lograr su conservación, ya que son grupos de organismos con una importante función ecológica y un gran valor cultural, que actualmente enfrentan serias amenazas debido a las actividades humanas.
Sandra H. Montero-Bagatella* y Fernando A. Cervantes
Colección Nacional de Mamíferos. Pabellón Nacional de la Biodiversidad. Departamento de Zoología. Instituto de Biología, Universidad Nacional Autónoma de México. Ciudad de México. Ciudad de México. México. helena.bagatella@gmail.com (SHM-B), fac@ib.unam.mx (FAC)
*Autor de correspondencia
Therya ixmana 4(3):203-205